PROSAS · 2 MIN DE LECTURA
Mi ten-tai
Mi ten-tai, me dijo, y la miré con la serpiente que tenía dentro de ojo y le hice un siseo porque no le creí; desde que Lua se fue de casa la ropa grita adentro del lavarropas, que la revuelca con su fuerza centrifuga, y no se deja lavar, los platos lloran cuando les pongo la comida encima y los vasos de vidrio se rompen cuando trato de hecharles agua. La casa se volvió inutil, las sillas se quiebran al sentarse, las escaleras se inclinan y te tiran hacia abajo separando los pisos de la casa; lo de la escalera estoy convencido de que es porque me intenta proteger, porque en el piso de arriba estaba ella y ahora no está; y es por eso que la mayor parte del tiempo quiero llorar limón para que me ardan los ojos y subir segundo piso, entrar al balcón y bailar un ratito desnudo antes de tirarme y reventarme contra el piso del patio, que también sería reventarme contra lo que quedó de vos, en esta casa; Lua, mi ten-tai, semilla de un gran suspiro, cafécito de la mañana, pedacito de avena, con tu mundo mi discurso se era sonido y ruido y ahora el silencio pela las paredes de la casa que se ocultan para llorar porque tienen miedo de ponerme más triste de lo que estoy. Es desde que fuiste la casa me tiene miedo y le tengo un poco de miedo a la casa, y también a mi, no te voy a mentir, si bailar desnudo y suicidarse son las ideas que últimamente me dan vuelta por la cabeza mientras tomo la leche con grumos que quedó en la taza marrón que vos usabas para desayunar; mi ten-tai; la mas bella poesía, la más bella flor, frente a un plato vacío, lloroso, con una milanesa húmeda encima, te pienso, antes de tratar de subir, de nuevo, por la escalera.