Portada de Ensayo sobre el caos, Pablo Maxit

01 / NOVELA

Ensayo
sobre el caos

PABLO MAXIT

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NOVELA · 93 MIN DE LECTURA

Ensayo sobre el caos

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malisiaeditorial@gmail.com Diagonal 78 #506 | La Plata Dirección de arte y diseño Agustina Magallanes Primera Edición octubre de 2017 Impreso en Argentina / Printed in Argentina Título Ensayo sobre el caos Autora Pablo Maxit Maxit, Pablo Ensayo sobre el caos / Pablo Maxit. - 1a ed. - La Plata : Malisia, 2017 . 94 p. ; 20 x 14 cm. ISBN 978-987-3972-40-9 1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Ciencia Ficción. I. Título. CDD A863

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Dedicado a los que se divierten…

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9 La resistencia Primero los vio Elena, una niña, con su inocencia de taza de té. Después los observó el resto del mundo con sus ansias de control imperante. Todos divisaron los departamentos, pero ninguno pudo alcanzarlos. Elena miró por la ventana, y sus pupilas de porce- lana, alineadas con la sonrisa lumínica del sol, vieron un nuevo y pequeño mundo al otro lado, un poco más allá de lo posible, en el conjunto total de las direc- ciones incorrectas; en donde el Caos nació como una estructura arrancada del vacío que fue orientada al abismo de lo real, con la creación espontánea que di- lata el espectro de lo posible. Dos días después del suceso todo el mundo miró con sus ojos recubiertos de gracia platinada hacia ese lugar, ubicado sobre cuatro edificios en el centro de un país, en una capital, a la que nadie nombró pero todos observaron. El Caos son cuatro edificios que se manifestaron, desde la inexistencia absoluta a la existencia insolu - ble, sobre otros cuatro edificios comunes construidos por los hombres. Simplemente aparecieron donde an-

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10 11 tes no había nada. De un disparatado segundo a otro hubo cuatro edificios más que se alzaron sobre las terrazas de los cuatro anteriores. La primera en verlos fue Elena porque estaba en uno de los ángulos ¡Sí! Los conocidos ángulos, uno de los lugares en donde los ciudadanos pueden pararse para ver los cuatro edificios del Caos. Porque a simple vista no es posible verlos, solo se ve cielo y horizonte; para llegar a verlos, es necesario estar parado en uno de los ángulos desde los que el Caos se vuelve visible, como es el caso de la ventana del cuarto de Elena. En el primer día de su nacimiento el Caos tuvo un solo espectador, la pequeña Elena, que desde su ven- tana enfocó su mirada en los edificios erguidos. Le fue fácil diferenciar los edificios del Caos de los edi- ficios viejos que estaban debajo, porque las paredes de las edificaciones del Caos eran de colores fuertes en contraste con los antiguos edificios descoloridos; los colores de sus paredes eran cuatro: bordó, azul, amarillo y verde. Esa mañana Elena vio los colores de los edificios por primera vez y se detuvo en el tono fogoso de la pared bordó que le hizo recordar un antiguo suceso de su infancia: Una vez, cuando era pequeña, había confundido un buzón de cartas que estaba en la vereda con un conejo azul; y cuando terminó de recordar y volvió en sí, al mirar el edificio bordó del Caos con atención vio un hombre encerrado en una burbuja azul, etérea, traslúcida, con una máquina de escribir,

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acurrucado como un conejo que escribe una carta para entregar en buzón azul. En ese momento el Caos se volvió un emblema para Elena, y al recuerdo del hombre escribiendo dentro de la burbuja lo guardó en sus recuerdos. La “Repercusión del infante” fue el nombre que un experto en psicología Lacaniana de la universidad de Pandora le dio al efecto provocado por el Caos en los espectadores, que al observarlo por primera vez, rela- cionaban lo que veían con un suceso aparentemente aleatorio de su infancia. El psicólogo de la universi - dad de Pandora explicó en una conferencia en la ca- pital, que el encuentro con el Caos generaba una rup- tura en las estructuras de asociación cotidianas de la razón consciente, por lo que en el momento en que el espectador observaba por primera vez a alguna ven- tana de los cuatro edificios topándose con los sucesos absurdos del Caos, la conciencia, impotente, derivaba su función al inconsciente que haciendo malabares para salvar el proceso de percepción cognitiva provo- caba una asociación imprevisible con un recuerdo del espectador que se arraigaba en el con la fuerza de un emblema. Los nombres de los edificios del Caos surgieron como un rumor, de la misma forma que las cuatro torres se desprendieron de un vacío inexistente, de un momento a otro, emergió en la mente de los ciu- dadanos de la capital que habían observado el Caos,

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12 13 un deja vu masivo en el que todos supieron repenti- namente los nombres de las torres: Rapsodia, Bululú, Mimesis ,y Mathesis; lo curioso es que aunque todos supieron que esos eran los nombres de las torres, por- que una voz derramada en su interior lo susurró, a ninguno le fue posible decir que nombre pertenecía a que torre. La ausencia de un anclaje de caracterís- ticas que señale qué nombre pertenecía a qué torre generó un campo del devenir incierto, en el que se daban las discusiones más disparatadas y reinaba la justificación puramente subjetiva, emocional. Porque si un observador del Caos afirmaba saber qué nombre pertenecía a qué torre, en realidad, la única justifica- ción que poseía para afirmarlo era que así lo sentía. En torno a los nombres de las torres, se formaron diferentes grupos, por un lado los que afirmaban que una combinación era la correcta, por otro los que ase- veraban que esto no era comprobable a ciencia cierta, y por último, los que aseguraban que esta discusión no era importante; al último grupo, aunque no era consciente de esto, pertenecía Elena. El Caos era visible, pero nadie podía entrar en él o alcanzarlo en ninguna otra forma; cuando una persona se ubicaba en el ángulo correcto, sus pupilas, desérticas, enfocaban las cuatro torres, pero era imposible adentrarse en él. El Caos se libraba a la percepción visual, pero juguetón, se ocultaba de todas las demás. Las autoridades intentaron reiteradamente acercarse al Caos con diferentes

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medios, aviones, helicópteros, cámaras que iban del infrarrojo al ultravioleta para verlo desde ángulos normales pero no fue posible, nadie podía acceder al Caos mediante otro medio que no sea mediante la unión de sus ojos con un ángulo. Un grupo de científicos pertenecientes al Centro Geológico de Baudalio Fortisimo, intentaron durante semanas averiguar por qué el Caos era solo visible desde un ángulo y no de otro. En un lugar en el que el Caos era visible hicieron mediciones de radiación, excavaciones, y diversas pruebas científicas pero no lograron obtener ninguna respuesta; la única conclu- sión a la que arribaron es que, si el Caos era visible solo desde un terminado lugar y ángulo, no era por un hecho terrestre sino por su estructura ignota y universal. No es el ángulo el que permite ver a los cuatro edificios, sino los cuatro edificios los que per- miten al mundo verlos a través del ángulo. Claudia Epicurea, la madre de Elena, despidió a los últimos turistas, que unos minutos antes habían estado en el cuarto de su niña observando el Caos. La madre de Elena había armado un circuito turísti- co por el que cobraba para observar a Rapsodia, Ma- thesis, Bululú, y Mimesis… <¿Má podemos mirar un ratito el Caos antes de ir a dormir?> Preguntó Elena, y Epicurea asintió; las dos se sentaron en la cama de Elena, inclinaron unos grados sus cabezas, y frente a ellas, los cuatro edificios aparecieron opacados por la

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14 15 oscuridad creciente pero con la misma intensidad de todos los días. En el borde de la terraza, un hombre, sentado en una mesa con una máquina de coser, tra- bajaba arduamente para hilar bolsillos de color oro en el pecho de una camisa; cada tanto el costurero dejaba de coser y se paraba en la mesa aplaudiendo o aullando eufóricamente; a Epicurea le temblaba el mentón cuando observaba al hombre que sin temor a caerse bailaba y aullaba sobre la mesa enclenque, en cambio, Elena se divertía viendo al costurero enlo- quecer sin razón alguna, simplemente porque sí. Por sus costumbres extravagantes los hombres y mujeres del Caos rápidamente fueron apodados por los diarios como los habitantes del Caos; en los dia- rios, las crónicas, relatos, y otros ecos de lo que suce- día dentro de los edificios, aparecían en las noticias de todos los días. En los diarios algunos columnistas solo se ocupaban de cubrir el día a día del Caos desde alguno de los ángulos. Pero las crónicas e historias nunca coincidían entre sí, porque aunque refirieran al edificio del mismo color, el amarillo o el verde, las anécdotas eran siempre diferentes; y aunque la ex- periencia masiva afirmaba que desde los diferentes ángulos la vista del Caos era la misma para todos, diariamente, las crónicas de los diarios demostraban lo contrario; Bululú, Rapsodia, Mathesis, y Mimesis continuaban revelándose ante el intento de las perso- nas de atrapar su realidad.

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Los especialistas obsesivos del Caos y sus torres, intentaron desde el primer día establecer regulari- dades en lo que pasaba dentro de los cuatro edificios; desde la identificación de inquilinos hasta buscar pa- trones en sus acciones. Pero esto fue en vano, porque los inquilinos iban cambiando esporádicamente, de manera puramente imprevisible, y los patrones que buscaban no eran más que un líquido que se les escu- rría por las manos. Tanto en Bululú como en los otros tres edificios se repetía el mismo patrón, en todos había un pequeño agujero negro en alguna de sus paredes; en la torre verde estaba en el cuarto piso, en las otras estaba dis- tribuido entre el sexto y el octavo. Repetido como la huella de un deseo negativo en cada uno de los edifi- cios, el agujero imposibilitaba la narración, la charla, la mínima caricia de la lengua. No absorbía el sonido, sino las palabras; los hombres, las mujeres, podían gritar, expresar sonidos o modulaciones sin sentido, pero si alguno intentaba pronunciar una palabra el agujero la succionaba antes de que el sonido articula- do por la garganta del locutor suene; y cada vez que algún sonido destinado a convertirse en palabra era tragado, el agujero negro se agrandaba un poco más, ocupando más espacio. Por esto la comunicación de los habitantes se limitaba al uso de sonidos extraños, amorfos, que eran pronunciados con el fanatismo pri- mitivo de las emociones genuinas, que arden en la persona que las siente como si fuera un paraguas de hueso incinerado por un rayo.

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16 17 Elena estaba acostada en su cama, mirando hacia al Caos. En la terraza de una de las torres, un hom- bre con una remera rota construía una cuerda con luz ¿Cómo explicarlo? Se preguntó Elena, porque en esos días, cuando ella llegaba a la escuela todos se acercaban para oír las historias del Caos. El hombre estiraba el brazo y del sol arrancaba pedazos de luz, después los apoyaba en el suelo, y con un martillo los golpeaba hasta unirlos en una cuerda brillosa. Cuan- do el hombre terminó hizo una seña hacia la terraza y Rapsodia y lanzó una punta de la cuerda hacia el otro lado; una mujer la recibió y ató la cuerda a un poste de hierro, y una vez que el hombre de la remera rajada hizo lo mismo, la dama se encaminó a cruzar haciendo equilibrio por la cuerda de un amarillo so- focante, y el hombre la imitó y se encontraron a mi- tad de camino en un abrazo trapecista, y sin beso, el amor de los dos se serenó matutino en las pupilas de Elena, que observando la escena, recordó las épocas en que iba al circo y sonrió. En un cuarto con una cúpula de vidrio cristalino en el techo, un grupo de astrólogos y científicos debatían sobre las suposiciones formuladas alrededor de los cuatro edificios del Caos. Un astrologo afirmó que los edificios comparten características con las estrellas, como los astros, son visibles, pero no alcanzables, y esto se debe a que en realidad están a una distancia mayor de la que aparentan: <Si los vemos cerca, es porque lo que capturan nuestras pupilas es el haz de

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una enorme cantidad de energía que lleva viajando millones de años, y se condensa día a día, en la fi- gura de los cuatro edificios del Caos> dijo el hombre acomodándose el pelo blanco. Pero los científicos no concordaban y continuaban debatiendo sobre las di- mensiones y el posicionamiento abstracto en la física cuántica. En un momento de descanso en que los hombres merendaban, un hombre tímido que se encargaba de servir el café comentó: La materia ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, por lo tanto, en otra parte de este universo mucho antes de ser encontra- do, Bululú, Rapsodia, Mimesis, y Mathesis, existían. El hombre de pelo blanco lo miró con perspicacia y le pidió una taza de café que destruyó contra el piso alfombrado y dijo: Tal vez es así, pero no nos importa lo que eran, nos importa lo que son; no nos importa el café, lo que nos importa ahora, es la mancha. En uno de los diarios más prestigiosos el oftalmó- logo e ingeniero neural Isac Jeraco escribió una nota extensa en la que aseguró que no existía ninguna for- ma de registrar visualmente el Caos. En la nota que publicó, Jeraco, retomó y desarrolló punto por punto los diferentes intentos fallidos que vivió al intentar registrar el Caos tanto con cámaras fotográficas di- gitales de alta gama, como con las antiguas cámaras analógicas y polaroid y el uso de lentes especiales; además contó que el intento fallido de la misión enca- bezada por el Estado, que tenía como fin fotografiar

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18 19 el Caos a través del satélite Reilt 3, desembocó en el mismo resultado. La única conclusión que Jeraco pudo extraer de la investigación fue que la estruc- tura del Caos no podía ser captada por ningún lente artificial sino sólo por el ojo humano, por lo que un espectro de luz así era desconocido hasta el momento; una vez más, el Caos, reposaba en la incertidumbre. El mitólogo Davigo Zerach escribió una nota para el diario donde evidenciaba que el Caos fue anuncia- do por los Egipcios, por los Griegos, por los Roma- nos; que son Zeus y Anubis los dioses que sostienen las cuatro torres y que, la persona que sea capaz de descifrar el acertijo de los nombres de alguna forma verá la unicidad total de la existencia; un neurólogo desarrolló una tesis sobre los posibles efectos de ob- servar el Caos en las zonas del cerebro destinadas a la percepción; los mecanismos de las ciencias se pu- sieron en marcha, mientras Elena, en algún hueco de su cuarto, se divertía pintando lo que veía en una de las ventanas de Bululú. Una teoría nació descolocada de la mente de un jo- ven lingüista que afirmó lo siguiente en una columna del diario principal de la capital: “En tanto no existe una forma compartida de asignar un nombre a cada edificio, el Caos sólo puede captarse de forma subjeti- va, por lo que los observadores no deberían entrar en conflicto porque en realidad no existe una forma co- rrecta. Por esto propongo abandonar esta discusión,

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porque todos tenemos razón, estar en desacuerdo no implica estar equivocado. Desafió a los intelectuales a relevar estadísticas sobre la cantidad de adeptos que tienen los diferentes grupos, tanto los que afir- man que Bululú es azul, Rapsodia es bordó, Mathesis amarillo y Mimesis verde, como todas las demás for- maciones posibles; estoy seguro de que si relevan da- tos se encontraran con que ninguna formación tiene una cantidad de adeptos más grande que otra, esto no es más que un sentimiento, pero lo creo así porque si un grupo tuviera más integrantes que otro, esto podría ser usado como método de objetivación para afirmar que un tipo de formación de nombres es más importante que otra, generando una jerarquización, un orden, lo que iría contra el primer principio de todo Caos”. Los intelectuales aceptaron el desafío del periodis- ta y subsidiados por la unidad de investigación de la capital, realizaron un censo para relevar los da- tos de los diversos grupos que optaban por diferen- tes formaciones de nombres de los edificios. Todos los sociólogos y matemáticos que se unieron para llevar adelante el censo, concordaron en que la imposibili- dad de censar a toda la capital, haría imposible com- probar a ciencia cierta la teoría del periodista de que todos los grupos tendrían la misma cantidad de adep- tos. Debido a que el resultado no sería sobre el total de los ciudadanos de la capital, era probable que el resultado fuera desparejo. Se tomó una muestra de

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20 21 la población y los encargados del censo se desplega- ron por los barrios e irrumpieron como hormigas por una cantidad inmensa de calles del territorio; tarda- ron tres meses en procesar los diferentes grupos se- gún las formaciones de nombres propuestas: Bululú amarillo, Rapsodia azul, Mathesis bordó y Mimesis ver… Rapsodia verde, Mathesis amarillo, Mimesis bordó y Bululú azul… entre otras tantas variantes. Cuando terminaron de procesar todos los datos, los intelectuales observaron atónitos que la cantidad era la misma para cada grupo. Con el financiamiento acabado, los sociólogos y matemáticos que habían lle- vado adelante el proyecto se quedaron sin los medios para repetirlo, por lo que en el comunicado que emi- tieron propusieron dos conclusiones posibles: Acaba de ocurrir una casualidad por lo que todos los gru- pos dieron iguales, o de alguna forma desconocida el Caos es capaz de afectar el orden en nuestra vida. Los habitantes corrían escaleras arriba y escaleras abajo. Dentro del edificio el bullicio desbordaba por los huecos de las cerraduras de las puertas. En una habitación un hombre dentro de una burbuja azul, traslúcida, etérea, escribía en una antigua máquina de escribir con ruido mecánico dentro de un cuarto del quinto piso. Sentada en el ángulo de su habita- ción Elena lo observaba. Una dama vestida con un largo vestido amarillo mezclado con un par de alpargatas negras entró al cuarto del quinto piso, iba acompañada por un

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hombre con nariz de gato y un par de ojos retraídos hacia la oscuridad; Elena se inquietó al ver sus figuras. La dama esbelta cargaba con un pelo oscuro que parecía poder convertirse en un violento pájaro negro, y sus cejas, dormitaban como dos semblantes nocturnos acurrucados en su piel de luna ¿Cómo pueden existir cosas así? Se preguntó la pequeña Elena. Dentro del cuarto el hombre que acompañaba a la dama señaló al escritor dentro de la burbuja azul e hizo gestos variados con las manos intentando dar explicaciones, la dama observó el intento vano de su compañero y se echó a reír tapándose los labios con la palma de la mano, y su compañero, en un esfuerzo por hacerse comprender, empezó a emitir ruidos con la boca para hacerse entender, pero al no lograrlo, enojado, pateó la burbuja azul. La bola amortiguó el golpe pero rodó unos metros y rebotó contra la pared, por lo que el escritor se revolcó dentro de la burbuja con la máquina de escribir. Pero un segundo después, imperturbable, como si nada hubiera pasado y tuviera un sólo motivo por el cual existir, el narrador se incorporó y continuó escribiendo sin prestar atención al hombre y la mujer que reían por fuera de su esfera azul. La mujer sonrió al ver la reacción inmutable del hombre y enseguida, divertida, volvió a patear la burbuja hacia su compañero con nariz de gato, que entrando en el juego, la devolvió, y ambos jugaron a pasar la esfera de lado a lado mientras el escritor volvía a incorporarse y seguía con su trabajo; al mismo tiempo que Elena sonreía, al comprender

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22 23 un extraño sentimiento de familiaridad con el juego de la dama, su compañero, y el escritor. La primera galería sobre el Caos se inauguró en el museo de arte contemporáneo de la capital a car- go de Mandibolu Ripsodu; su pincel, devastador, una gota de arcoíris desafiante, revelaba a lo largo de la muestra las formas de vivir en la cotidianeidad de los habitantes. En un cuadro un habitante indistin- guible en su sexo caminaba por una cuerda brillan- te, amarillenta, de un edificio a otro, atravesando el vértigo de la altura sin siquiera mirar hacia el fondo del precipicio, con la liviandad con la que una mirada enamorada recorre los cuerpos cotidianos de los des- conocidos. En otra pintura, enmarcada por un bor- de opaco, una mujer despeinada, parada sobre una mesa, escupía un silencio de fuego por la boca. En un lienzo ubicado al final de la galería una pequeña niña vestida de blanco, con la cara censurada por un borrón opaco de color naranja, observaba a través de una ventana uno de los edificios del Caos envuelto por una gran burbuja de color azul y traslúcida. Si un escultor busca recrear la potencia artística del Caos en una escultura, el único camino a transi- tar posible es el del fracaso aseguró en un programa de televisión el crítico de arte Maristo Patianelli del grupo Búho’s de Art. Su argumento se centraba en torno al movimiento invariable del Caos: según su explicación, la variable

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regular del Caos es su misma invariabilidad; en otras palabras, la regularidad del Caos es permanecer constantemente como el Caos en sí; pero esta afirma- ción no hace más que afirmar la resistencia del Caos al intento humano de indagar en su origen: El único dato posible de extraer es que lo que vemos es lo que es, mientras su profundidad originaria continua in- cognoscible e ignota. Pero el interés de Patianelli por el Caos no es el de su origen, sino el de un artista que expresa un principio básico que ha de ser utilizado para retratar un fenómeno: Si la única variable del Caos es que no es variable sino que siempre perma- nece en su movimiento irrecuperable e imprevisible, la única forma de captar su esencia es a través de una técnica artística caótica. Basándose en este principio el crítico expresó: La potencia originaria de la escultura, de la acción de esculpir, es rígida en su creación, por otro lado la del pincel que embadurna el lienzo, al igual que el Caos, es rítmica e imprevisible; por esto la técnica predi- lecta para retratar el desorden de Bululú, Rapsodia, Mimesis, y Mathesis es la pintura. <¿Qué es lo que revela el alma imberbe del dia- blo?> Relató una voz en el fondo de una catedral con la misma fuerza de todos los domingos. El cura alzó el brazo y vociferó <La idea de la de una vida des- pués de la muerte en las torres del más allá no ha de perseverar en los horizontes del creyente, sólo existe un cielo para los que rezan, y está en el altar de Cris-

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24 25 to>; los oyentes escucharon con atención mientras el discurso del cura buscaba atrapar el espíritu de los creyentes. Ante las mitológicas imágenes que ofrecía el Caos día a día a todos los ciudadanos que se acercaban a un ángulo, el libro de la biblia no era más que un anticuado discurso amarillento que necesitaba de la imaginación para perdurar en los creyentes. Por lo que en los recovecos de la capital en donde operaban las congregaciones, ante la pérdida de fieles católicos, rápidamente, dentro de las iglesias los dioses empe- zaron a cambiar de forma y aparecieron estatuas con formas de edificios; se escribieron nuevas historias y en las congregaciones los curas empezaron a expre- sar la posibilidad de trascender hacia las cuatro to- rres después de la muerte. Pero el gran problema era que las anécdotas ex- traídas del Caos no poseían ningún tipo de sentido moral o de valores religiosos estrictos; por lo que los pastores tuvieron discusiones violentas y las congre- gaciones que terminaron por quebrarse y diversifi- carse. Por lo que gran parte de los grupos religiosos, en un tiempo excepcionalmente corto, devinieron en su extinción momentánea; porque ante la inutilidad que demostró el Caos para sus fines, las congrega- ciones volvieron a sus antiguos dioses, y acusaron a Bululú, Mimesis, Rapsodia y Mathesis, de ser, las guaridas del diablo.

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Al menos una vez en cada día que pasa los habi- tantes del Caos sienten un leve temblor en las pro- fundidades de las estructuras de los cuatro edificios, que de algún modo, reacomoda la corporeidad viva de las torres, causando, un efecto diferente en los habi- tantes que de cierta manera forman parte del mismo trance de Mathesis, Rapsodia, Mimesis, y Bululú. Los temblores solo los conocen los que viven dentro de las torres y poco saben al respecto del fenómeno, lo que cuentan los habitantes haciendo señas y pan- tomimas unos a otros, es que los temblores provienen del palpitar del origen del Caos, que late, en una pe- culiar frecuencia, a través de un nexo que lo une con los intersticios del vacío. En la capital un grupo de cineastas debatían en un bar sobre el lugar que ocupaba el Caos en las películas y en la vida cotidiana actual. En medio del debate, el conocido director Faco Paulino interrumpió la charla con un ademán tremendista para captar la mirada de todos los presentes y argumentó <El Caos lo está copando todo, lo está impregnando todo, la literatura, los guiones, las novelas, los grafitis, hasta los fondos de pantallas de las computadoras y las calcomanías que las familias pegan en la heladera ¿No ven cómo penetró en el ámbito de la vida privada? No queda un lugar en el que no se hable de Bululú o Rapsodia o de Mathesis o de Mimesis. Ni siquiera es necesario mirar desde un ángulo para ver el Caos, porque ahora su figura está presente hasta en el dorso de

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26 27 la cartuchera que compramos a nuestros niños como si fuera una marca más ¿Quién de ustedes vio la última película de Tom Clanzy? Está impregnada de surrealismo caótico, en este sentido claramente el Caos es una victoria para el cine surrealista, porque la gente quiere encontrar en la pantalla al menos una huella de lo que vive cotidianamente y lo que se vive día a día en la actualidad es una realidad caótica bordeada por fantasía. Basta pararse en un ángulo para acceder a un mundo inimaginable. El Caos es una gran película impresionista y sin contexto. Tom Clanzy supo leer el público capitalino actual. Comprendió que la cotidianeidad de la gente está rodeada de reflexiones extrañas entorno al Caos y con eso bañó el guion de su película. Lo que quiero decir con todo esto, es que el Caos está cambiando el gusto estético de los ciudadanos, de todos, de los que lo observan y los que no, porque aunque una persona no lo observe todos los días, igual se encuentra embrollada en conversaciones que exceden lo común ¿Por qué no se puede acceder al Caos? ¿Por qué en los edificios puede un hombre sacar un pájaro por la boca? ¿Dónde nació el Caos? ¿Qué es? ¿Por qué una mujer vierte luces por los ojos? Lo que digo amigos es que el Caos está cambiando las preguntas que diariamente se hace la gente y al mismo tiempo ha creado nuevas formas de relacionarse con la estética fantástica, surrealista, todos ven cosas imposibles por el solo hecho de pararse en el lugar indicado y su veracidad es increíblemente fatal comparado a lo que

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ofrece el cine. Una persona no puede aprender a sentir el arte sino se detiene en ella, pero en la actualidad todos se detienen en los ángulos a observar a Bululú, Mimesis, Mathesis, y Rapsodia, los exponentes del surrealismo actual>. No fue Elena sino su madre Epicurea quien se ena- moró de forma efímera de uno de los habitantes del Caos que parecía vivir en el edificio amarillo. Pasó tardes enteras observando las costumbres extrava - gantes de Mauro, como lo había llamado; él era im- previsible y difícil de encontrar, pero la mayoría de las veces lo halló en el edificio amarillento. Nunca le devolvió una mirada o interactuó con ella de algu- na forma, pero Epicurea mantuvo su amor hasta que después de unos pocos días, como el viento que bos- teza el en horizonte con la suavidad del atardecer, desapareció. Los habitantes del Caos no solo nunca devolvieron una mirada a la enamorada Epicurea, sino a ninguna de las personas que alguna vez miró el Caos; o al me- nos eso aseguraban las crónicas y especulaciones que se preguntaban por qué los habitantes de las torres parecían no avistar a los espectadores de los ángulos <¿Es que ellos no poseen ángulos desde el cual obser- varnos a nosotros?> Se preguntaba un periodista en uno de los primeros artículos que salieron en las pri- meras semanas de la aparición de los edificios. Pero nadie parecía tener una respuesta.

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28 29 Un grupo de investigadores de la universidad de Ciencias Exactas de la capital aprovecharon el fe- nómeno para intentar establecer una regla que afir- maba que los habitantes del Caos no percibían el exterior, pero sólo duró un corto periodo de tiempo, porque un hombre puso el principio en duda al dar un testimonio televisivo que aseguraba que una dama de Rapsodia lo había mirado a los ojos ¿Y cómo supo que era Rapsodia? Le preguntaron, y el hombre contestó que lo sintió así. Un día después el testimonio del hombre fue descartado por falta de evidencia, pero desató una serie de declaraciones de personas que aseguraban haber establecido contacto visual con los habitantes del Caos. Las espontáneas proclamas de avistamientos provocaron discusiones que fueron bo- rroneando la regla, que finalmente se perdió detrás del cristal opaco de las opiniones. Una vez más la ver- dad acerca del Caos fue la confusión y una pregunta quedó sin resolver <¿Es que ellos no poseen ángulos desde el cual observarnos a nosotros?> preguntaban en las calles de la capital. El primer día que la madre de Elena observó el Caos fue porque la pequeña niña insistió en haber visto por la ventana de su cuarto un hombre dentro de una burbuja azul. Epicurea empecinada en que no era más que una mentira se paró en el lugar indicado por Elena y así entró por primera vez en el ángulo, librando su mente a la estructura del Caos que destrozó los límites de su imaginación. Claudia

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Epicurea no vio a un hombre en una burbuja azul, sino a una dama que se quitó un bombín de color blanco y que al hundir la mano dentro sacó una paloma desde su interior. El sombrero blanquecino le recordó a un recuerdo de su infancia tan distante, que no supo entender por qué de un momento estaba saboreando esas memorias de su vida; en su recuerdo caminaba por la vereda de la mano de Martín y con apenas ocho años estaba a punto de declararle su amor para casarse de por vida, la boda iba a ser en el altar de la catedral de la capital que <¿Pero por qué recuerdo esto?> Se preguntó Epicurea, pero desistió de descubrirlo y volvió a concentrarse en el Caos al ver que la dama se estaba comiendo la paloma que había sacado del sombrero. Epicurea intentó mirar hacia otro lado, pero sus ojos se obstinaron en observar lo que estaba ocurriendo, replicando esa imagen en lo profundo de su memoria una y otra vez. Esa mañana las torres de Caos al sol parecieron ser rehenes de la luz; dentro de sus habitaciones ocurrió una situación que sucedía de manera irremediable cada diferentes periodos de tiempo indeterminados dentro de los edificios. En sus cuartos, las alfom- bras de franela, sin una razón aparente, empezaron a despegarse del piso abriendo aberturas de huecos negros, de ausencia, de vacío visible. Los habitantes preocupados, vibrando de la angustia, empezaron a correr por todos los pasillos anunciando con adema - nes que se aproximaba el fin de la misma forma que

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30 31 lo habían hecho las veces anteriores; pero cuando el desarme pasó y se recuperaron, fueron en busca de las planchas de carbón y las cargaron hasta hacerlas arder; cuando estuvieron listas las usaron para fre- gar las alfombras contra el vacío y volverlas a pegar. Este evento siempre sucedía de la misma forma, y ante la catarata de emociones que irrumpía con vio- lencia en los habitantes cuando esto sucedía todos ol- vidaban preguntarse qué eran aquellos huecos. Pero en los momentos que sucedía y algún habitante mi- raba las aberturas era posible observar que debajo de sus superficies lo único visible era la oscuridad. Como si hubiera un suelo inferior de puro vacío, en el que las estructuras de las cuatro torres estuvieran sos- tenidas, conformado por una materia no visible que retrocede ante el intento de la percepción de hacerla existir. Una tarde Elena tomó los crayones y con movi- mientos erráticos hizo resbalar sus manos sobre el papel sin pensarlo, mezclando, sus deseos con sus vi- siones. En una esquina de la hoja dibujó una puerta ondulada, en movimiento, como los espejos amorfos de los circos; la puerta era atravesada por una niña vestida de azul, y detrás del cuerpo de la pequeña, usando todos los colores, garabateó cuatro edificios en un beso mutuo. A simple vista no quedó claro si la niña estaba entrando por la puerta o saliendo, esca- pando o intentando volver, pero el punto del retrato de Elena no eran las figuras sino los colores, que se

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retorcían, se idolatraban, que vagaban los pasajes del papel pálido en un carnaval sin contexto que se revolcaba en el eco mismo de su fiesta. La pequeña logró comprender lo que casi todos los ciudadanos de la capital no pudieron: El Caos no posee una forma estacionaria, por lo que no puede ser percibido en di- mensiones, en distancia, en estadísticas, o en medi- ciones, sino meramente en la vivencia de su intensi- dad y potencia. Un relato se desprendió, vulnerable, de una voz que lo hizo resonar en el público, las palabras mur- muraron un cuento de horror en el que se narraba un asesinato dentro del Caos. Los espectadores del teatro temblaron como si estuvieran viendo el suce - so ocurrir en los edificios reales ¿Y por qué no reac- cionar de esa forma si los sucesos del Caos parecían suceder día a día como una ficción visible? ¿Qué los diferenciaba de una obra de teatro? ¿Acaso Rapsodia, Mimesis, Mathesis y Bululú no eran un gran escena- rio? La habilidad de los actores en el escenario era deslumbrante y la densidad del Caos parecía retum- bar viva en las pupilas de los espectadores, en los que coexistía los restos de una percepción emocional, momentánea, desarrollada por los efectos residuales de la observación de las torres, que provocaba, que el foco de su mirada se centre en los pequeños detalles de lo emotivo: Algunos lloraban por un pequeño ade- mán y otros reían por un parpadeo veloz, mientras los más afectados, sufrían aterrorizados por un par de labios húmedos.

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32 33Un silbido se filtró por la boca de Epicurea mien- tras tomaba un café y miraba a una familia observar el Caos dentro de la habitación de Elena; el sonido vocal se le escapó cuando vio al padre realizar una expresión de sorpresa tan genuina que la soprendió; este juego de ver a los que observan, le gustaba tanto que disfrutaba de pensar que controlar a los turistas que pagaban por observar el Caos desde la habita- ción de Elena era el mejor trabajo que alguna vez ha- bía tenido. En ese momento una pregunta estalló en la parte de atrás de su nuca ¿Cuánto durara el Caos? ¿Cuánto durara el negocio, y los avistamientos, y la cotidiana alegría de Elena? Y en ese momento Clau- dia intentó olvidar todo, pero un punto negro, como un hueco capaz de absorber todo, se posó en sus pen- samientos y tragó todas las distracciones librando hacia fuera una sola pregunta que repercutió en ella como si todo su cuerpo estuviera dentro de un tambor ¿Cuánto más durará el Caos? En soledad sopesó la duda, pero luego de un rato concluyó que no existía una respuesta. Una noticia repercutió en los canales televisivos y diarios de toda la capital, tres niños, Domingo, Daira y Filia, habían desaparecido el día anterior. El mi- nistro de economía sollozó ante las cámaras y dio un comunicado para hallar datos sobre el paradero de su hijo Domingo Juan Reutaiman junto a los padres de Daira y Filia, un carpintero y un técnico encargado de reparar ascensores. Durante los primeros días no

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los hallaron, hasta que finalmente, un contador que trabajaba en una oficina en la que había un ángu- lo por el que observaba el Caos, labró una teoría y la presentó en los medios. En una entrevista en te- levisión el oficinista explicó que durante las noches se quedaba a llenar los papeles pendientes y cuando necesitaba descansar observaba los edificios; así fue que entre la medianoche y la madrugada había visto tres niños jugar con una mujer en la terraza del Caos. Cuando el presentador le preguntó si los niños eran Domingo, Daira y Filia, respondió que no podía afir- marlo porque los chicos eran diferentes, pero como eran dos niñas y un niño, había llegado a la siguiente conclusión: ¿Qué pasaría si el Caos pudiera absorber a la gente, pero no como ellos sino como otros? ¿Acaso no era demasiado raro que aparezcan dos niñas y un niño cerca de la misma fecha? ¿Podrían ser aquellos Domingo, Daira y Fillia? Ante lo improbable e inde- mostrable de su teoría los científicos dijeron que no existía ninguna prueba fehaciente sobre eso, por lo que afirmarlo era dar falsa esperanza a los padres, o peor aún, aniquilarla del todo, porque aunque los niños estuvieran allí, nadie conocía una forma de ac- ceder al Caos. El ministro de economía se paró detrás de la ven- tana de la habitación de Elena y no se movió durante tres días seguidos, en los que estuvo observando el Caos sin reparo alguno; pagó una alta suma de di- nero a Epicurea que alegremente aceptó vigilándolo

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34 35 durante los tres días como era de costumbre con los clientes. Durante esos tres días Elena durmió en el cuarto de su madre, porque su pieza estaba siendo ocupada por Domingo Maurelio Reutaiman, el padre de Domingo Juan Reutaiman. Una mañana, antes que el ministro de economía Reutaiman abandona- ra la casa, Elena se acercó a él, entró en el ángulo y señaló una habitación levantando su dedo a la altu- ra del horizonte. Domingo miró en el sentido de su meñique y encontró, con su vista, un hombre dentro de una burbuja azul que parecía estar escribiendo sin cesar <¿Quién es él?> preguntó el ministro, y Elena, tras suspirar, respondió <Él es todos, él, de algún modo, es su hijo>; Domingo Maurelio Reutai- man afinó la vista en un intento de convertirla en un telescopio para acercarse a la figura del hombre que escribía dentro de la esfera azul; no en un intento de ver su rostro, sino en un intento de saber lo que aquel hombre aparentaba conocer, entre otras cosas, el paradero de su hijo. La mañana asomó su rostro de un naranja soso por el horizonte, en la ciudad sólo había unas pocas personas en los ángulos, los ciudadanos, estaban preparándose para el trabajo. Pero los pocos que amanecieron y observaron el Caos, fueron testigos. En las terrazas de los cuatro edificios aparecieron los habitantes de los cuartos exaltados, con la emoción tallada en los ojos, dando gritos y señales que se desarmaban en euforia como si estuvieran anunciando

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un festejo; en sus manos cargaban baldes de pintura de cuatro colores, bordó, amarillo, verde y azul. Los habitantes del Caos desparramaron la pintura desde la terraza, un color para cada edificio; tardaron tres días en pintarlos por completo, algunas veces, usaron las cuerdas como arnés para pintar colgados sobre el vacío. Cuando terminaron de pintar las torres del Caos, en la capital, nadie logró volver a ponerse de acuerdo sobre cuál torre había sido pintada de cuál color; por alguna razón desconocida, el Caos, parecía intentar ocultarse todavía más. El día en que las gotas de pintura mancharon las torres hasta tapar el último de los vacíos, los observa- dores de la capital, que vieron lo ocurrido, amanecie- ron confundidos. Al circular el rumor del excéntrico suceso artístico en el Caos, todos discutieron en base a qué torre fue pintada de qué color. Algunos afirma- ron que la que fue bordó ahora era azul, pero otros decían que del mismo tono había sido pintada la que antes era amarilla ¿Cómo podían haber sido pintadas diferentes torres del mismo color, si ahora cada una tenía un color propio? Una era azul, otra era verde, otra bordó y otra amarilla; una era Mimesis, otra era Rapsodia, otra era Mathesis y otra Bululú; y aunque nadie podía estar seguro, cuál era cuál, la capital in- sistía en descubrirlo. El padre de Daira al enterarse de la posibilidad de que su hija estuviera en los edificios, no dudo

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36 37 en entrar a un ángulo para averiguarlo. Cuando se ubicó en el lugar, miró hacia las torres y vio un deseo en el estómago de una dama desnuda en un cuarto de Rapsodia <¿Pero cómo sé que aquello que brilla es un deseo?> se preguntó Mancuso, pero enseguida se respondió <Solo sé que lo siento así> y detrás de sus pupilas, en el cajón de su memoria, se despertó un recuerdo que había quedado olvidado décadas atrás: Él estaba sentado en la cima del tobogán, temiendo dejarse caer. Sus padres, lo instaban a que se tire, pero él se sentía pequeño. Aterrado, para no mirar hacia abajo, miró hacia arriba, y al elevar su vista al cielo el sol lo encandiló. Cegado por la acogedora lumbre que sentía como un manto materno que le tapaba los ojos para que no vea el vacío, tomó valor y se tiró por el tobogán hasta llegar al suelo, y al descubrir el afecto de sus padres que lo abrazaron por haberlo logrado, desea hacerlo una vez más. Durante la noche, en el Caos, resonó un susurro escapista, pero de un momento a otro se escondió en el silencio. Un soplo de viento repentino sobre la te- rraza, capturó y arrastró la risa de tres infantes que se divertían en el techo de Bululú. La ráfaga encon - tró su fin y el sonido bifurcó su movimiento hacia el horizonte oscuro, buscó ser oído, y llegó al ángulo en el cuarto de Elena, en el que ella, todavía despierta en su cama, lo escuchó.

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La mirada de Elena se centró en el padre de Do- mingo que llevaba tres días sin comer, con la vista clavada en el horizonte del Caos, en espera, de al- gún suceso extraño. Elena pensó en lo que no había dicho al padre del niño desaparecido <Escuché una risa, tres risas, creo que eran las de los pequeños per- didos> pero simplemente sintió que no era su deber decirlo, que comunicar aquello, interrumpiría algo que ella quería que ocurra <¿Pero qué?> se preguntó Elena, y sin tener la respuesta, simplemente se limi- tó a cercenar la culpa sirviendo al padre de Domingo una taza de café con facturas. El Ministro de economía abandonó el ángulo y la habitación de Elena vencido por el cansancio pero también por la desesperanza. Esa noche Elena concu- rrió a su cuarto vacío y se sentó a observar el Caos. Lo primero que sintió al ubicarse en el ángulo y sentarse en su cama, fue una ráfaga de viento que acercó a ella una noticia desde las terrazas del Caos, en la azotea los niños salían a jugar. Desde la ventana pudo ver a los pequeños divirtiéndose con el hombre que pasaba su tiempo escribiendo dentro de la burbuja azul; el escritor permanecía encerrado y escribiendo, pero a su alrededor los niños jugaban a patear la bola azul por toda la terraza. Al verlos jugar, Elena sintió por primera vez ganas de estar del lado del Caos jugando en el mundo de Rapsodia, Mimesis, Mathesis, y Bu- lulú. Por un momento estiró los brazos en un intento de poder alcanzar las figuras de los edificios y de los

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38 39 niños, pero sus manos solo encontraron vacío. La in- tuición que sintió previamente se rindió vencida por un halo de desaliento, y observando a los niños jugar, se acostó en su cama como todas las otras noches. Banlo Saulapac y Baule de Far, dueños de la ga- lería La Refine de Bandoka, expusieron una polémi- ca escultura a la que llamaron la Resurrección de la voluminosa inmolación, a solo un mes de la desapa - rición de los infantes. El mismo día que la muestra abrió por primera vez y fue transmitida por los me- dios de comunicación, el padre de Domingo contactó a los padres de Daira y Filia y realizó una denuncia formal en el juzgado; dos días después clausuraron la muestra. Un periodista que visitó la galería antes del cierre realizó una breve descripción de la obra: En el centro de la escultura reposa una gran flor a medio abrirse, tallada en mármol blanco. La flor está rodeada por cuatro edificios de dos metros de altura, que permanecen quietos, intactos, manteniendo sus formas onduladas y rectas. Uno está inclinado hacia la izquierda; la estructura del otro empieza encorvada hacia la derecha pero después sigue una curva que contradice su primer sentido. Las otras dos torres, rectas, apuntan hacia lo alto. Y frente a los edificios, tres figuras de mármol inesperadas irrumpen en el espacio con una intención disruptiva; a sólo un metro de distancia las

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estatuillas de tres infantes reposan dando la espalda a la escultura del Caos, mirando en sentido opuesto, ubicados en un ángulo desde el que no es visible más que el vacío blanco de la pared del museo. Elena entró al aula. En el banco de ella, iluminado por la lumbre de sol, había una nota con la siguien - te inscripción <Sabemos tu secreto>. María apareció por detrás y le tocó la espalda, Elena se dio vuelta en un sobresalto. La pequeña amiga miró el papel en el banco <Fue Juan y Diego> dijo <Se lo están dejando a todos para hacerles creer esa mentira>. La pequeña Elena tomó el papel y lo miró detenidamente <¿Qué es lo que escondo?> se preguntó sintiendo el profun- do conflicto que había ocurrido en su interior en el momento en que encontró el papel. El mismo conflic- to que había sentido cuando no le contó al padre de Domingo las risas que había escuchado en el Caos, y que ahora, se mecían como una intuición oculta en su interior. El ministro de economía desapareció durante dos días. Lo encontraron deambulando por una ruta a doscientos cincuenta kilómetros de la capital. Esa misma semana lo obligaron a tomarse vacaciones del trabajo. Nueve días después llamó a Epicurea para preguntarle si podía pasar la noche en el ángulo de su departamento, Epicurea aceptó. Esa noche llegó a la casa de Elena con el cuerpo cansado y portando

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40 41 un semblante de barrilete roto; saludó a Epicurea y se sentó en la cama del cuarto a ver el Caos, unos segundos después, se durmió. Soñó. En un estado de somnolencia, escuchó la risa de Domingo arrastrada por el viento rosar con debilidad los fragmentos de su oído, suspirar con alegría; en sus sueños intentó sentir la dirección del viento para saber de dónde provenía la voz de su hijo, pero la dirección de la rá- faga que sentía era tan caótica como el sentimiento de abandono al que lo libró la desaparición de su pe- queño. Elena lo despertó. El Ministro de economía abrió sus parpados y vio la figura de Elena, parada delante de la ventana se interponía entre su visión y el Caos; afuera aún estaba oscuro, era de madrugada. El hom- bre se sentó en la cama y Elena le preguntó <¿Usted sabe mi secreto?>; el hombre, cansado, apenas des- pierto, todavía pensando en su sueño y en Domingo, negó con la cabeza y dijo frotándose la frente <Pero podrías contármelo>. La pequeña lo miró sin perder el alineamiento del centro de sus pupilas y volvió a hacer otra pregunta <¿Quiere que le diga algo a él?>; <¿A quien?> preguntó el hombre; <A los niños que ríen en los techos, a su hijo>; <¿Vos los has visto?> se sobresaltó; <Los he escuchado y alguna vez creo que lo vi> dijo Elena; <¿Era él?> preguntó poniendo una foto de su hijo Domingo en la mano de Elena; <No, no era ese niño> respondió Elena con una angustia rara en su interior, sintiendo, que había algo que no

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terminaba de comprender y entendiendo que esa in- comprensión era su secreto. Epicurea abrazó a Elena un rato mientras miraba el Caos, pasado una hora, cansada, partió a dormir. Una hora más tarde, imbuida en el velo de la noche, Elena desapareció de su habitación. Su madre no lo supo hasta la mañana siguiente, cuando abrió los ojos y caminó hasta el cuarto de la pequeña en el que sólo encontró un gran vacío. La noche que Elena transitó al Caos no le preocupó abandonar a su madre. Para Elena partir al Caos no era un acto de abandono hacia su madre, sino parte de su destino, un suceso de trascendencia que nece- sariamente implicaba el destierro de su cuerpo del refugio materno, para inmiscuirlo en la presencia de las cuatro torres. Para Elena el suceso fue inesperado, sucedió un momento después de que su madre abandonara la habitación para acostarse a dormir. La madre de Elena cerró la puerta del cuarto y se fue. El ruido despertó a la pequeña que decidió le- vantarse para observar el Caos; Elena se sentó en la cama y posó su mirada en Bululú. Una figura desco- nocida la sorprendió, estaba parada en la terraza de Bululú; una pequeña niña, erguida e inmóvil, como practicando un bello estatuismo, la observaba desde la azotea. Elena tembló, el miedo le presionó el estó-

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42 43 mago como si tuviera el pico de una lechuza negra. En ese estado, se preguntó si realmente era posible que la estuviera mirando un habitante del Caos por- que todos sabían que eso nunca sucedía. Pero como filtrado a través de las pupilas de la pequeña figu- ra de Bululú, el Caos le reveló el secreto que hasta el momento le había resultado incomprensible: Ella había sido elegida para transitar hacia el Caos, y el nexo para su transición, era la pequeña niña que la miraba desde Bululú. Elena detuvo el pulso de su mirada en las pupilas de la pequeña de Bululú y sintió el nexo de la transi- ción ocular construirse como un puente invisible en- tre el Caos y su conciencia. Durante el suceso se mantuvo tranquila. Su cuerpo se fue desvaneciendo y se involucró con lentitud en el Caos. Lo vivió como una pausa ambivalente, o también como una rectificación inacabada de la desazón del tiempo ambiguo que primero se mostró resistente, pero finalmente, se entregó a la frecuencia caótica impuesta por el palpitar del origen del Caos. Las imágenes que veía del Caos se volvieron eté- reas y se traspusieron con las que la pequeña parada en la terraza de Bululú veía del cuarto de Elena. Por un momento, en el cruce de imágenes, vio su cuerpo vacío, incorpóreo. Finalmente trascendió.

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El Caos la recibió en la terraza de Bululú y en el momento en que la transición acabó Elena abrió los ojos, y los ojos, abrieron a Elena. En ese momento supo que su nombre había des- aparecido detrás de la forma de su cuerpo; así como su cuerpo había perdido su origen en el cambio de forma: La niña no era Elena, Elena no era la niña. No era más Elena. Era una habitante del Caos. Era Bululú, Rapsodia, Mimesis, y Mathesis. Un último pensamiento retumbó en su mente: Lo mismo les había pasado a los niños desaparecidos de la capital. La habitante del Caos, sonrió.

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44 45 La clausura Una habitación oscura, sin puertas, sin ventanas, permanece sostenida en el centro de un espacio negro por un globo rojo que flota: Dentro de ella, nacen dos hombres. Los hombres viven durante más de treinta años en la oscuridad de la habitación. Desconocen si fuera existe un mundo, por lo tanto, la habitación es la totalidad de su mundo. Un día un hombre desaparece. El hombre que que- da dentro busca desesperado dentro del cuarto a su compañero pero no lo encuentra; sin su compañero ha quedado solo, nadie puede brindarle reconocimiento. Desesperado cae en el rincón sollozando, pero en un momento, iluminado por una idea se tranquiliza y reflexiona <¿Si mi compañero ha desaparecido del cuarto, es porque fue a otro lugar? ¿Eso significa que fuera de este cuarto existe más mundo?>; durante un momento permanece tragado por la profundidad de la pregunta, pero rápidamente se para con energía y embiste la pared del cuarto con el peso de todo su cuerpo en un intento de pasar al otro lado, pero la pared no se rompe; no llega a ningún lado, no parece haber otro mundo. Tirado en el suelo el hombre llora. El único consuelo que le queda, es la oscuridad.

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Para Epicurea, el mundo es una habitación oscura sostenida por un globo rojo. Epicurea cree poder encontrar a Elena en el Caos, pero el problema es que no puede entrar en los edifi- cios para buscarla y por eso se siente atascada dentro del mundo; para Epicurea el mundo se convirtió en una habitación destinada a la clausura. Pero el mun- do no quedó solo clausurado, sino que además quedó a oscuras en el momento en que Epicurea quedó su- mida en el color negro del duelo, porque al perder a su hija, las pupilas de Elena, para Epicurea, se extin- guieron. Pero en el mundo de Epicurea la oscuridad todavía no es total: Gramos de luz se filtran por las ventanas del departamento ofreciendo un cálido con- suelo; los rayos, aletargados, se desprenden del sol que flota en lo profundo del cosmos como un gran glo- bo rojo. Pero Epicurea no confía en el sol, teme, por- que sabe que cuando llegue la noche el sol la abando- nará como lo hizo Elena; en cambio, Epicurea sabe que la oscuridad la acompañara siempre con el solo hecho de mantenerse aislada del sol; aislada como el hombre que quedó olvidado dentro de la habitación oscura de la misma forma en que Epicurea fue olvi- dada dentro del mundo: Esa esfera que flota, en el vacío oscuro.

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46 47 La transición El intendente de la capital Mauricio Maugulio de- cidió hacer su campaña para la relección centrando su potencial en el Caos, por lo que se ocupó de desviar toda duda de la posible implicancia de los cuatro edi- ficios en la desaparición de los infantes. Parado sobre un escenario de madera en la calle principal de la capital exclamó durante su discurso una frase pura e insulsa: “Es una tragedia la desaparición incierta de cuatro infantes, pero continuaremos abocando todos nuestros recursos disponibles para castigar a los per- petradores de la desaparición”. La propuesta política que más interesó a los ciu- dadanos fue la de crear un ministerio que se ocupe del Caos y se encargue de administrar los ángulos ubicados en lugares públicos para que todos puedan acceder a la visión de Rapsodia, Mathesis, Bululú, y Mimesis. El ministro de economía se levantó de la cama, había perdido la cuenta del tiempo que llevaba ob- servando el Caos. Era de tarde, en el cielo un sol na- ranja radiante embotaba su color en los rostros de los peatones de la capital. Esa misma tarde el rostro del padre de Domingo quedo aplastado contra la vereda

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con la forma de un zapallo incendiario tras tirarse del quinto piso desde el departamento de Epicurea. El mismo día del suicidio las noticias especularon sobre la muerte del ministro de economía Domingo Maurelio Reutaiman, y anunciaron, la existencia de un posible amorío entre el ministro muerto y Epicu- rea, que según explicaron los presentadores de la te- levisión, era la madre de Elena, la niña que había desaparecido dos días atrás. La polémica continuó. La madre de Elena se acercó a la habitación derra- mando el llanto en un goteo abismal que brotó por las orillas de sus pupilas; llevaba las últimas veinti- cuatro horas llorando y la policía acababa de irse tras investigar el cuarto de Elena debido al suicidio del ministro Reutaiman. Desesperada por las secuencias de un amargo duelo impuesto por la muerte de su niña, Epicurea levantó el acolchado de la cama de Elena y con el corazón arremetiendo con la violencia de una bala de plata contra su tórax, golpeó su rostro contra el colchón hasta la fatiga. En el último golpe, violentada, refregó su cara con furia y asco contra el triste colchón envuelto en el aroma de la piel de Ele- na; pero al rozar su nariz, sintió algo, un relieve, tiró de la sabana y debajo encontró una carta escrita en el cuaderno escolar de Elena:

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48 49 Mamá: Hoy parto. Desaparezco. Me hundo para revivir en un hueco impoluto de amor; un amor diferente, ambiguo. Un amor tan antiguo como el primer exquisito gramo de luz. Decido desexistir en el nexo de los intersticios para ambular la reconstrucción fractal de mi cuerpo. ¡Má! ¡Má! Me desarmo. Lo hago en un suceso de desvanecimiento. Má, trasciendo. Má, me desligo para ir a jugar. Estaré en el resto del reloj sin manecillas, en el suceso sin conteo, en las cuatro formas de la involuntaria e incognoscible retracción de la realidad. Epicurea terminó de leer la carta escrita por Elena y sollozó, pero no por tristeza, tampoco por alegría, no por una oposición simplista de las emociones, sino por una confusión fútil que derivó en una sola pre- gunta: ¿Pudo Elena haber escrito esa carta tan extra- ña, o en realidad fue el Caos involucrándose a través del cuerpo de la pequeña? Epicurea despertó penando con la furia del que sabe haber perdido la posibilidad de escapar del do- lor, por lo que decidió bloquearlo; salió de la casa, caminó hasta la pinturería y compró pintura negra

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<La más negra que tenga> exigió al hombre parado detrás del mostrador. Y con el balde de pintura col- gando de su mano volvió a su casa y entró al cuarto de Elena, lo destapó, hundió las manos en la negrura líquida y con un movimiento sádico movió sus manos sobre el cristal y comenzó a pintarlo de negro; cuando terminó de pintarlo, acompañada por el llanto calien- te del alma, Epicurea se sentó sobre la cama en el lu- gar del ángulo y admiró durante el resto de las horas el vidrio vestido de color negro como la parca. ¿Qué es el vidrio del cuarto de Elena sino un medio hacia la transparencia? O mejor aún, una mediación inmediatamente integrada en lo que es visible a tra- vés de su transparencia ¿Y qué es un vidrio negro, sino un medio integrado al vacío, una mediación a la clausura? Mediación que toma la forma de lo negro, de la misma ausencia de luz en la que se sitúa el ori- gen del mundo: Porque ante el caminar imberbe de los milenios, la oscuridad es la única dama que no envejece. Esa eternidad le otorga la forma del enig- ma, la oscuridad lo ha vivido todo. Es la muerte pero también el origen. Es la orfebre de lo ignoto, funda misterios impenetrables porque toda explicación si- tuada en su territorio totémico nace de lo incognosci- ble: En la materia oscura los enigmas se explican a sí mismos a partir de lo que no está o lo que falta, lo no comprobable; la definición de oscuridad es hipotética, sólo existe para la percepción del hombre en compa- ración con la luz: Si el primer hombre hubiera nacido

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50 51ciego, para él la oscuridad sería todo lo cognoscible y esa sería su visión. Los agujeros negros ubicados en las paredes de Mathesis, Mimesis, Rapsodia, y Bululú continuaron creciendo con cada palabra fugada por la boca de los antiguos habitantes despistados. Pero también por la boca de los habitantes nuevos que no estaban habi- tuados a la forma de comunicación que usaban den- tro del Caos. Cada tanto alguna palabra era tragada por los agujeros negros y los ciudadanos de la capi- tal, extrañados, pero no demasiado, observaban los grandes huecos de vacío crecer con la lentitud de una tortuga que camina hacia atrás sobre la arena.

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Irrupción del primer suspiro Del lado de afuera de la ventana del cuarto de Ele- na, el sol, se posa rendido tras el intento fallido de ahondar en el vidrio oscuro: Esa misma mañana, des- de sus departamentos, los vecinos son espectadores de la negritud del ventanal. El cuerpo de Epicurea permanece escondido de la curiosidad vecinal. Dentro del departamento, el vidrio negro del cuarto de Elena obtura todo lo que está fuera y que no pertenece al mundo del duelo: El cuarto pasa a ser el domo íntimo del conflicto. En el interior las paredes devienen cap- turadas por la exquisita nostalgia de una ausencia: La ausencia de Elena, fondo inseguro y corrupto en el corazón caliente de Epicurea. Por fuera, los vecinos, con curiosidad, se preguntan el porqué de la pintura negra en el vidrio de la habitación de Elena. Por den- tro, el aroma a ceniza de la ausencia de Elena, flota fecundo en el ambiente mientras Epicurea ahonda en las preguntas provocadas por toda esa falta ¿Es el Caos, esa figura al otro lado del vidrio, el lugar donde depositar la esperanza de recuperar a Elena? ¿O acaso depositar la esperanza en la incertidumbre del Caos, en su estructura impredecible, sólo conduce al mismo destino que encontró el ministro Domingo al sellar su suicidio por la misma ventana en la que

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52 53espero hallar a su niño? ¿Es el vidrio negro lo único que puede evitar la obsesiva observación del Caos en busca de Elena?

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Continuación de La transición Una tarde en la meditación de su penuria, Epicu- rea comprendió que la acción de pintar el vidrio de negro no era sólo una expresión de su pesar, sino un escudo, una protección figurada por alguna parte de su conciencia para evitar caer presa de la obsesión de observar el Caos para encontrar a Elena. Pensativa recordó que esa búsqueda desesperada había matado a Domingo tras haber pasado días enteros observan- do por la ventana en busca de su niño <Eso fue lo que lo mató> pensó Epicurea <La búsqueda desesperada de su niño en el Caos, al que nunca encontró, fue- ron ellos, Bululú, Mimesis, Mathesis, y Rapsodia, le quitaron la esperanza>. Por un momento sintió que debía arriesgar todo en la búsqueda de Elena, pero al mismo tiempo un sentimiento innegable, interno, le advertía que debía protegerse de la debilidad ocasio- nada por el duelo y el Caos <¿Pero la carta?> pensó Epicurea. La carta, era la traición y el salvataje, de algún modo, la tranquilizaba al mismo tiempo que agitaba sus emociones como un pájaro quebrado en picada <No debería haberla entregado a la policía> se reprochó Epicurea, pero de repente recordó la pun- ta de los dedos de Elena surcando su rostro y suspi- ró. El suspiro hundió sus pupilas en la oscuridad de

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54 55 sus pestañas y recordó a Elena balanceándose con el cuerpo tibio sobre su pecho; por unos segundos sin- tió que estaba sentada sobre un centenar de tortu- gas que se movían con lentitud cósmica a través del recuerdo, abordando el lento goce de rememorar el amor materno. Pero unos segundos más tarde las tor- tugas pararon de moverse y la viva memoria volvió a no ser más que una figura estaqueada en la distan- cia. Epicurea abrió los ojos dando un profundo suspi- ro y al otro lado de la habitación volvió a ver el vidrio pintado de negro. Para Epicurea el color negro no era sólo una ex- presión de su pesar, sino que funcionaba como una protección y un soporte para la certidumbre: En el proceso del duelo, los símbolos de la cultura transfie- ren su forma a lo incognoscible de la muerte para que podamos reconocerla, identificarla, y de esa manera tramitar el dolor de la pena; y así otorgando forma a la muerte nos protegen de obsesionarnos con la au- sencia de explicación, primer pedestal hacia la perdi- ción; al fin y al cabo lo negro, la parca, la oscuridad, son símbolos que permiten nombrar la muerte para poder expresarla, de ese modo, se habilita el proceso de duelo: Pintar la muerte, permite comprenderla, al menos emocionalmente. En la capital el duelo por el suicidio del ministro Reutaiman y la desaparición de Elena coptó la esce- na de la palabra por lo que durante cinco días en la

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capital solamente se habló del Caos en relación con la desaparición y el suicidio; cuando acabó la semana, el Caos había sido ligado a un nuevo simbolismo en el pensamiento de los ciudadanos de la capital, el de la muerte. El filósofo Jorge Decéfilo habló sobre el fe- nómeno en el programa de radio Mañana sin fondos y explicó: El simbolismo de la muerte tiene una particularidad cultural única y es su potencia para capturar el significado de las cosas o de las identidades: La muerte es un hecho tan grave, tan contundente, de dimensiones tan catastróficas para cualquier persona promedio que al suceder arrasa con cualquier otro significado que le antecedió; lo convierte todo en muerte. El símbolo de la muerte es totalitario, captura todo el significado del objeto y le provoca un cambio radical al transformarlo en un vasallo de su potencia; lo muerto, está muerto, la presencia de lo vivo perdura pero capturado por esa muerte: El recuerdo pasa a ser la invocación de lo que fue, se convierte en un principio de melancolía. El peso simbólico de la muerte es tan intenso que impregna todas las memorias hasta humedecerlas con su polen y convertirlas en una antítesis de la vida con la muerte; cuando recordamos a alguien muerto, no podemos hacerlo sin recordar que en algún momento estuvo vivo. Esta acción del símbolo

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56 57 de la muerte que provoca un cambio radical en la identidad humana, un cambio que también sucede en las cosas materiales. Una casa en la que ocurre un suceso ligado a la muerte como un asesinato múltiple, se vuelve víctima del esoterismo mortuorio al que pertenecen las historias populares de espíritus vengativos. Pero hasta tal punto es afectada la casa por la cultura espiritista que su precio real disminuye, baja, debido a que la gente no está dispuesta a comprar una casa con un historial de muertes violentas; esto es un ejemplo explícito de la potencia que el campo simbólico de la muerte ocupa en la cultura, suficientemente potente como para modificar el precio real de la materia, de los ladrillos, de la pintura y las aberturas de una casa, por el único hecho de haber ocurrido en su interior. En la capital al mismo tiempo que Epicurea pinta- ba su ventana de color negro, el resto de las personas asociaban de forma inconsciente el Caos al mismo co- lor; no porque estuvieran ligados de alguna forma a Epicurea, sino porque la sociedad estaba ligando el significado del Caos a la madre mítica de la muer- te: El símbolo de la parca. El mitólogo Devigo Zerach observó el fenómeno social y recordó un ensayo que había escrito hace unos años sobre el simbolismo de la muerte; resumió la idea principal en un pequeño

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artículo y lo envió para su publicación en la sección cartas de lectores del diario El Matutino: Si el Caos es asociado a la muerte, también lo será a lo negro. ¿Por qué la parca, símbolo de lo último, es de color negro? Porque en la escala de lo mítico, el color negro es el que, por excelencia, conjura todo enigma. Lo negro, inabarcable, es lo ignoto de la oscuridad, se funda en la ausencia de luminosidad. Esta frase es crucial <Lo negro… se funda en la ausencia de luminosidad>, se funda en una ausencia: Esto quiere decir que es el cuerpo de la inexistencia. La oscuridad nos ciega, como la parca. Lo negro vive en nuestro cuerpo basta cerrar los párpados para encontrarlo. Pero cerrar los ojos para abocarse a lo negro, también es un acto último, el de la muerte. Consideramos la oscuridad como una existencia externa, pero olvidamos que también es interna. El negro eterno que viste la Parca, se encuentra detrás del párpado. En cualquier momento de la existencia uno podría afirmar: Estoy muriendo, porque al fin y al cabo, lo que hacemos a lo largo de toda nuestra existencia es morir a través de los años, aseguró el poeta Jatelio Pompolo frente a un grupo de jóvenes en su taller de poesía, que tituló, La tumba. Pompolo respiró pro- fundo y posó el dorso de su mano derecha sobre su

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58 59 pecho y tras un breve silencio continuó hilando la di- sertación sobre la muerte y las palabras: En cada rincón de nuestra casa vamos liberando piel muerta en forma de polvo que se desprende de nuestro cuerpo como una garza volátil que abandona su nido. La vida no existe, lo único que existe es la muerte sucediendo a través del tiempo. Uno puede morir en unos pocos días o a lo largo de ochenta años, pero finalmente, aparte de todo lo que uno hace, existe una acción que nuestro cuerpo lleva adelante en forma constante, la de morir: De la misma forma que respiramos sin darnos cuenta, permanecemos toda nuestra existencia muriendo sin tenerlo presente cada día. El problema de la palabra vida es que censura ante la mirada del incauto, la relación entre la existencia y la muerte: Usamos la palabra vida como una falsa antítesis de la palabra muerte y negamos la profunda relación carnal entre ambas. La muerte sucede continuamente en nuestro cuerpo. Por eso estar vivo es el proceso incompleto de la acción de morir. Hasta en los momentos más alegres de la vida nos encontramos muriendo. Por eso deberíamos preguntarnos: ¿si es posible atravesar un montón de momentos felices mientras dentro nuestro va sucediendo la muerte, es realmente un suceso catastrófico? La muerte coexiste

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con nosotros y sin embargo al actuar por lo bajo, sin molestarnos, nos permite gozar de la incompletitud de su ciclo mortal. Un hombre permanecía en un ángulo observando el Caos ubicado en un oscuro terreno baldío de la ca- pital. Parecía inquieto. Sus pies inmóviles estaban hundidos en el césped húmedo que parecía cautivar el brillo de la luna. Concentrado miraba los cuatro edificios, se encontraban inmersos en una quietud impoluta que le recordaba al aroma de lo antiguo, al paso eclético de los años, al tiempo atascado y abu- rrido que sin nada que hacer juega a rememorar la totalidad de la historia humana. Con la mirada in- crustada en la profundidad de la figura del Caos, mo- vió su mano hacia la parte delantera de su pantalón y desenvainó una pistola color carbón; al sacarlo el caño, tan oscuro como el último trozo de la profun- didad del mar, emitió un suave alarido metálico al golpear contra la hebilla del cinto. Sin bajar su mira- da, el hombre puso la pistola en la sien y el gatillo se movió al mismo tiempo que el sonido, en un vaivén acompasado de amor catastrófico, de autocondolen- cias narcisistas, de sufrimiento por liberación, acom- pañado por una ilusión estúpida de querer alcanzar el Caos por medio de la muerte. Parmenio Forjelo se indignó al prender la tele y enterarse de lo irracional del pensamiento de las personas promedio ¿Cómo alguien puede creer que

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60 61 matarse es una forma de acceder a el Caos? En el in- terior de su casa caminó hasta la biblioteca y abrió la carpeta con los últimos archivos de la investigación, en su tapa llevaba la caratula <RR#3 Prueba 23: Pruebas virósicas negativas>. Husmeó los papeles de la carpeta en vano mientras tomaba café. A pesar de todos sus intentos en cuatro meses solo habían con- seguido resultados negativos. En el Centro químico de Roquinlan todavía no tenían ni un indicio para demostrar su hipótesis que sostenía que la causa de la visión del Caos era un virus que infectaba el sis- tema nervioso central. Parmenio se sentó en el sillón con la carpeta sobre las piernas y pensativo recordó la hipótesis propuesta en el inicio de la investigación. Postulaba que el Caos era una gran alucinación en masa estrictamente provocada por una infección ví- rica ubicada en el sistema nervioso y que había evo- lucionado hasta tener la capacidad de engañar a la razón humana y por eso se activaba solo en los luga- res específicos que la gente llamaba ángulos. Con la carpeta sobre las piernas dio un suspiro que lo des- infló como un fuelle antiguo que escupe todo el aire hacia el abismo. Desanimado por la falta de pruebas concretas recordó el momento en que presentó la hi- pótesis junto a sus colegas en la conferencia científica del instituto Revaniens del Morton y los presentes tildaron a todo el equipo de incongruente por no po- seer pruebas empíricas que sostengan la hipótesis. Sentado en el sillón de la sala, Parmenio recordó una frase crucial pronunciada por el Dr. Rimburgo que

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se acercó para hablar al terminar la conferencia <Es necesario aceptar lo inexplicable de la presencia del Caos> había afirmado Rimburgo. Una pregunta hur- gó con violencia en la mente de Parmenio ¿Cómo es posible que alguien renuncie a la razón en pos de la incertidumbre? Pero tras hacerse esa pregunta, en un momento que sucedió como un destello que atra- viesa la pupila hasta alcanzar la córnea de la mente, Parmenio lo comprendió todo: La incapacidad de la ciencia para explicar la existencia del Caos le había quitado veracidad a la palabra científica ante la mi- rada de la sociedad. Los ciudadanos huían de las in- ciertas hipótesis científicas porque los científicos no lograban demostrarlas como ciertas, por lo que ha- bían terminado por preferir volver a la verdad del mito porque prometía la certidumbre que otorga la fé. Y debido a que la ciencia no podía probar ninguna hipótesis como cierta, para los científicos solo queda- ba una decisión razonable por tomar, y era, aceptar lo inexplicable de la existencia del Caos como la úni- ca certidumbre. Las palabras del Dr. Rimburgo resonaron en la mente de Parmenio... <Es necesario aceptar lo inex- plicable de la existencia del Caos>. La noche rendía culto a la lluvia en el momento que levantaron la primera carpa en un terreno aban- donado ubicado en el margen de la ciudad, pero a pe- sar de la fuerte tormenta solo tardaron unas horas en terminar de montar el campamento, y la mitad de

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62 63 los gitanos apenas durmió, porque siguieron de fiesta hasta el amanecer. Durante el mediodía la matrona Zaskuriga inau- guró la carpa de adivinación armada sobre un ángu- lo para poder observar el Caos. La gente se acercó cuando llegó la tarde, al mismo tiempo que el sol se hundía en el fondo del horizonte; con el sol fundido en la distancia, la sombra de la carpa, que servía de manto para la cola de personas que esperaban para entrar a ver a la sacerdotisa, menguó hasta desapa - recer. Dentro de la carpa la luminosidad de la tarde fue retirando su cuerpo hacia la negrura, por lo que Zaskuriga prendió una vela para iluminar la carpa. Respirando el aire liviano que de a poco era entibiado por el fuego de la vela, posó las palmas de su mano en la mesa y pidió que pase el siguiente. Un hombre bar- budo que llevaba puesto un par de anteojos negros entró a la carpa y se sentó en la silla que estaba libre frente a Zaskuriga. La sacerdotisa lo observó. Dos hendiduras moradas resaltaban debajo del cristal de los anteojos que el hombre llevaba puesto, Zaskuriga se detuvo en el detalle y pudo sentir que eran ojeras cavadas por el llanto bruto que sigue a la muerte de un ser cercano: Todavía despedían un fecundo olor a duelo y melancolía. El hombre miró a la sacerdotisa a los ojos y murmuró <Quiero saber como se encuen- tra Claudia Epicurea>; la sacerdotisa preguntó <¿Es usted un familiar?>; el hombre movió la cabeza en gesto afirmativo <Soy su padre, pero hace diez años que no la veo debido a un conflicto insuperable> al

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confesar su paternidad el nerviosismo le presionó los huesos. Tras un silencio breve Zaskuriga lo ins- peccionó con un firmamento sombrío en su mirada <¿Desea volver a verla después de tanto tiempo?> preguntó. El padre de Epicurea respondió con una negación terminante <Eso no es posible, solo quiero saber cómo se encuentra>. Zaskuriga se levantó de la silla y miró por el hueco hecho en la pared de la carpa que daba a los cuatro edificios; tras un silencio de un minuto comenzó a pronunciar una oración en árabe, al terminar miró al hombre y anunció <Lo siento, no tengo una respuesta para usted. No logro canalizar las energías. Todo lo que percibo está oscuro, un cris- tal negro se interpone en mi visión, la presencia de de su hija forma parte de lo oculto>. En el interior del departamento, Epicurea se limitó durante varios días a observar la ventana negra. Fi- nalmente decidió que era necesario hacer algo con su tiempo y se le ocurrió dedicar sus horas a hacer dife- rentes dibujos sobre lo que sentía al mirar la ventana negra. Esa misma tarde buscó un lápiz de color negro en la cartuchera de Elena, que desde su desaparición había quedado guardada dentro de la mochila escolar. Epicurea revolvió la mochila con paciencia, como in- tentando guardar respetó hacia el orden abandonado por la personalidad de su niña. Encontró la cartuche- ra, la abrió, saco el lápiz y siguió revolviendo la mo- chila hasta encontrar la carpeta. La sacó y la observó con nostalgia, pero sin dar lugar a la duda continuó con su propósito, sacó las hojas que estaban en blanco

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64 65 para usarlas y las puso sobre el escritorio del cuarto. Con impaciencia pasó las siguientes cinco horas ha- ciendo garabatos sin parar, dibujó desde simples edi- ficios sin ventanas hasta cuerpos femeninos que eran tragados por vacíos circulares y oscuros como el ojo hueco de una parca. Hasta que finalmente se cansó, pero no de dibujar, sino de permanecer concentrada durante tanto tiempo. Cansada, sin dar más vueltas, se acostó a dormir en la cama de su hija, en la cama de Elena. Con su cuerpo derramado sobre el colchón, desbordada por la somnolencia, el sueño arremolinó su mente con un movimiento estoico y la retrajo a un recuerdo de los primeros años de su infancia tan onírico como real; dormida, Epicurea se encontró en el patio de su casa inmersa en el cuerpo de su infan- cia, estaba sentada en una mesa en la que compartía el té con la poeta de la familia, su tía Moira. Las dos permanecían cubiertas por un toldo verde, mientras el viento de la mañana soplaba con una calma seca arrancada de los restos de los ríos evaporados y la lluvia caía con la suavidad con la que un sauce abu- rrido suelta sus hojas. Temblando por el frío Doña Moira estornudó y la pequeña Claudia le preguntó si estaba bien, en respuesta, su tía le acarició el cabello y rememoró <¿Te acordás cuando vivíamos en la casa de tu abuelo querida? Fue antes de que tu mamá de- cidiera venderla, en esa casa los días eran plácidos, fugaces, como tocados por la divinidad de un antiguo Dios griego>; para la pequeña Claudia las palabras de su tía Moira se sintieron como suaves algodones

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húmedos que acariciaban sus mejillas <Espero que llegue pronto la hora del funeral> suspiró Moira y continuó <Me acabo de vestir de luto, pero el proble- ma es que la angustia que trae este color es imposible removerla del cuerpo, tardo días en quitarla ¿Cómo te sentís en esas ropas tan oscuras Claudia? No sé si debería hablarte sobre lo que es el duelo pequeña, todavía sos una niña ¿Pero sabés? Por lo menos te voy a decir esto, el color del luto es un polen extraño, acuoso, uno que se pega a la piel como si fuera una tintura de pésima calidad. Pero la diferencia entre la tintura de pésima calidad y el color negro del luto, es que el segundo, es una mancha que no podemos lavar con los métodos corrientes. Podemos fregar la super- ficie de la piel durante horas, pero los restos de vestir luto no desaparecen. Porque cuando nos sacamos el vestido negro, el luto no queda en la superficie como la tintura, el luto se asienta en el fondo, debajo de la piel, ambula a hurtadillas en los espacios vacíos que quedan entre nuestros órganos y permea nuestras emociones> Moira suspiró con gravedad buscando expresar que acababa de salir de un trance poético y Epicurea la miró con curiosidad; en ese momento un soplo de viento furtivo empujó la lluvia debajo del toldo verde y las gotas de agua mojaron los rostros de la niña y su tía. Por un momento Moira estuvo a punto de secarse las mejillas húmedas con la manga del vestido, pero al ver el color negro, desistió, e im- paciente murmuró <Espero que llegue rápido la hora del funeral así podes despedir a tu madre y en un

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66 67 santiamén te saco ese vestido negro ¿Sabés Claudia? Todo va a estar bien cuando te saques ese vestido negro> y siguió murmurando las mismas palabras en un espiral onírico de recuerdos que se dilató en el sueño de Epicurea, hasta que la lluvia de la mañana cesó, y en la habitación de Elena, Claudia abrió los ojos. Epicurea recordó el sueño. Epicurea recordó la voz de su tía Moira. Epicurea recordó las palabras pronunciadas por su tía Moira y cada una de esas palabras le causó asco; somnolienta sintió repulsión por el monólogo de su tía que buscaba socavar el color que durante tanto tiempo le había brindado consuelo. Pero el sueño se esfumó de golpe cuando recordó una frase de su tía Moira y repitió mentalmente <Todo va a estar bien cuando te saques ese vestido negro> y el sentimiento de seguridad que antes había sentido firme, devino ambiguo; confundida Epicurea miró con repulsión el color negro adherido al vidrio de la ventana y su co- razón le golpeó el pecho con la fuerza de una pala que da una estocada a la tierra para empezar a cavar una tumba, y atrapada en el momento en lo único que pudo pensar fue en quitarse el vestido negro. En la noche, mientras dormía, Epicurea observó que en lo profundo de su conciencia se elevaba una pared negra; la pared demarcaba un límite, era una frontera oscura que no permitía que lo que existía de un lado pasara hacia el otro ¿Qué es lo que existe al

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otro lado de la pared negra? Fue la pregunta que re- botó como una duda en el sueño de Epicurea; pero no obtuvo respuesta, porque un ruido interrumpió cual- quier posibilidad de reflexión. Antes de que pudiera preguntarse qué era ese ruido su conciencia le habló: <El sonido que retumba es el golpe de un martillo, provocado por una mujer que intenta demoler la pa- red negra y con ella toda la oscuridad que abarca tu mente; esa mujer, está del otro lado>. El ruido con- tinuó repercutiendo con insistencia en el silencio ab- soluto del sueño, como un despertador averiado que no encuentra fin. Cada golpe era un eco metálico que quedaba ambulando solo por el vacío de la conciencia. Pero en lo que dura un breve suspiro, el sonido del martillo desapareció como una señal que anticipa un suceso a punto de ocurrir, el último golpe se hundió en el silencio y dejó a Epicurea sola, en la oscuridad. En un intento de orientación, Epicurea miró a su al- rededor buscando la pared para acercarse al origen de los golpes del martillo, pero no encontró nada. Lo único que pudo observar fue el color negro del vacío. Todo estaba oscuro. En ese momento Epicurea lo comprendió: En el espacio onírico de su mente todo se había vuelto negro, su conciencia estaba ciega. Pero no era cualquier oscuridad, Epicurea la reconoció. Era la misma oscuridad en la que había depositado su consuelo para transitar el duelo por la muerte de Elena. Pero ahora esa oscuridad tenía suficiente po- tencia para castigar a Epicurea cegando la profundi- dad de su conciencia ¿Pero qué era lo que habitaba al

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68 69 otro lado, que la oscuridad no quería que ella alcan- ce? Se preguntó Epicurea inmersa en la oscuridad, pero cuando quiso reflexionar sobre la respuesta un ruido interrumpió el silencio de la conciencia: Epicu- rea volvió a escuchar el golpe del martillo pero a una distancia inmensa, fue un golpe sin energía, como si anunciara que la mujer que estaba al otro lado de la pared había perdido la fuerza en su golpe. Epicurea despertó con su cuerpo posado en el piso frío del departamento; el mismo que la sostuvo du- rante las horas en que ella soñaba pesadillas ex- haustivas. Lo primero que recordó al despertar fue la oscuridad del sueño. Pero de pronto, al recuerdo, lo interrumpió un miedo que golpeó repentinamente el pecho de Epicurea. En ese instante se dio cuenta que desde el momento en que había despertado no había tenido el acto reflejo de abrir los ojos. Todavía seguían cerrados, inmersos en la oscuridad. Por un momento pensó que había perdido el control de sus músculos oculares o que la masa oscura del sueño la había cegado, que el precio a pagar por despertar, habían sido sus ojos. Epicurea respiró hondo para mantener la compostura y concentró su fuerza en los músculos oculares hasta que logró abrir los párpados con lentitud, y poco a poco, pudo ir reconociendo las siluetas familiares de los muebles habitando la densa oscuridad del departamento. Finalmente recobró las fuerzas y se levantó, con el cuerpo erguido permane- ció sumida en una inmovilidad absoluta como si se

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estuviera parada en el punto trágico de la quietud. Esperó unos segundos en esa posición pero por más que se concentró en lo profundo de su conciencia no pudo volver a escuchar el golpear del martillo contra la pared negra, el sonido había desaparecido. Epicu- rea caminó con paso lento, intentando recuperar el sentido consciente del espacio y el tiempo que habían quedado sumergidos en las fronteras del sueño. Con la mente agotada entró al cuarto de Elena en el que todavía quedaban papeles con dibujos desparrama - dos por el piso. Claudia se acostó boca arriba y ob- servó el color oscuro que habitaba en cada rincón del cuarto; de golpe sintió una sensación viscosa trepar por su espina dorsal, como si una infusión de té frío con miel negra respirara en los huesos de su espal- da. En ese momento la potencia de la oscuridad que abarcaba todos los cuartos del departamento le pare- ció insoportable. Pero de pronto el sentimiento hacia lo negro se volvió ambiguo y esa repulsión derivó en una emoción cómoda, en la que Epicurea se relajó. Inmersa en lo hondo del cuarto, observó con excita- ción la habilidad de la oscuridad para poseer cada rincón de los espacios del departamento; la oscuridad parecía poder engullir hasta el último gramo de luz existente y anularlo en la inmensidad de su vientre materno. Seducida por la oscuridad, Epicurea posó su mano sobre la parte baja de su vientre, e indagó bajo su ropa interior hasta tocar el punto tibio de la carne. Dando un suspiro efímero lo apretó con la pal- ma de su mano y deslizó uno de sus dedos en el hú-

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70 71 medo agujero negro, que tragó el placer como el goce de un fusil que dispara una bala aletargada hacia la fulminación; en ese momento Epicurea cerró los par- pados hundiendo sus pupilas bajo lo profundo de la presión sexual y dejo a la oscuridad coexistir dentro y fuera de su cuerpo, en la carne y en la habitación, consolarla hasta lo más profundo de sus huesos. En un café ubicado en la terraza de un edificio con un ángulo al Caos, la viuda de Reutaiman de- cidió consagrar la esperanza de encontrar su hijo a la observación de los cuatro edificios. Dilada Marvi- da Reutaiman pagó el valor de doscientos pocillos de café por lo que durante cinco días le permitieron usar la mesa con el ángulo a voluntad. Dilada observó el Caos durante cada mañana y tarde de los cinco días con esperanzas; pero Mathesis, Mimesis, Bululú, y Rapsodia, no parecían tomar en cuenta su presen- cia, no reaccionaban ante la búsqueda inminente que estaba decidida a llevar adelante para encontrar a su hijo. La mañana que se cumplieron los cinco días los dueños del café le pidieron a Dilada que se reti- re, pero Dilada por miedo a irse y encontrar la mis- ma soledad con la que había empezado su búsqueda sufrió un ataque de pánico tan grave que perdió el conocimiento. Cuando abrió los ojos a la mañana si- guiente todo lo que vio fueron cuatro paredes blancas y una sola cama. Durante los cuatro primeros días en el psiquiátrico Dilada no logró entender por qué no le permitían abandonar el lugar y con qué autoridad

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la habían internado. Pero el quinto día entró por la puerta de la habitación el secretario del intendente Mauricio Maugulio y mirándola con experticia mur- muró <Querida Dilada, no fue nuestra intención que termines acá pero sucedió. Estamos interesados en sacarte pronto. Pero para eso necesitamos que aban- dones la idea de encontrar a tu hijo en el Caos ¿Com- prendes? Necesitamos que entiendas que en época de elecciones no podemos tener una persona cercana a nuestro gobierno haciendo mala publicidad sobre el Caos, porque es la base de nuestra propuesta electo- ral ¿Nos entendemos? Esperemos que puedas acep- tar lo sucedido. Mi más profundo pésame, en unos días vas a salir de acá y esperamos que mantengas un comportamiento que no te traiga de nuevo a este horrible lugar>. El secretario del intendente Maugu- lio finalizó su explicación y antes que Dilada pueda decir algo, el hombre le dio la espalda y abandonó la sala. <La locura es el peor de los consuelos> pensó la viuda de Reutaiman.

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72 73 Irrupción del segundo suspiro En un cuarto ubicado dentro del subconsciente de Epicurea, una mujer, con amor, mece en brazos a una pequeña; su amor por la niña es tan blanco que en- tibia el cuarto. La mujer posa su mirada en el rostro de la pequeña y lo observa; en sus ojos, ve centellar el blanco impoluto, piensa que parece recobrado de los restos de una antigua excavación de estatuas grie- gas. En el centro de la córnea se detiene en el naranja otoñal del iris, que delinea con delicada maestría el punto negro de la pupila. La mujer observa el ojo de la pequeña como si estuviera frente a una obra de arte pintada por un picaflor devoto al realismo del siglo diecinueve, que por una inocente casualidad en- contró un pincel. Luego, no ocurre nada más. La mujer que cuida de la niña es Epicurea. La niña que se deja cuidar por la mujer es Claudia. Claudia Epicurea cuida de sí misma dentro de un cuarto de su subconsciente. Claudia Epicurea siempre fue Claudia Epicurea hasta que sufrió una ruptura crucial. En ese suceso inesperado maduró en un suspiro en Epicurea olvi- dando a Claudia detrás de la pared que edificó la fa- llida transición de la infancia. Pero a pesar del paso de los años, Epicurea nunca abandonó a Claudia: Con

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frecuencia en sueños, sin poder recordarlo al desper- tar, Epicurea visitaba a Claudia en el cuarto de su subconsciente para mecerla en sus brazos. Pero con la desaparición de Elena una segunda ruptura fata- lista se fundó en la existencia de Epicurea y provocó cambios drásticos en la existencia de Claudia; no solo cesaron las visitas de Epicurea sino que el color negro del luto invadió los cuartos de la subconsciente como un gran coagulo relleno de oscuridad: En ese momen- to, Claudia decidió que era hora de derribar la pared que las separaba o perecer.

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74 75 Continuación de La transición En la revista Rebelión peculiar, el poeta Jaxon Marleton escribió un escrito corto sobre el Caos que tituló Fecundación de la figura olvidada: Como poeta, tengo un solo deseo: Cazar un ángulo del Caos y enjaularlo dentro de un frasco de vidrio. Porque solo así, si en un futuro el Caos desaparece, mi hijo podrá ver a través del ángulo todo lo bello que he observado en el acto de arrojarme con pasión al beso visual de las cuatro maravillas. El deseo de enjaular un ángulo para mi hijo -que al ser escrito se volvió metáfora- surgió una mañana de la misma forma en que la cola inquieta de un felino despierta bajo el sol; surgió mientras tomaba un café con medialunas y observaba despreocupado los cuatro edificios: Bululú, Mathesis, Mimesis, y Rapsodia. Pero en ese momento -momento de surgimiento del deseo, como una inquieta cola felina manchada por el aroma a medialunas y café- me preocupé: La única conexión terrenal del Caos con los ciudadanos era gracias a los ángulos ¿Qué haríamos si los ángulos desaparecían de la misma forma en

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que habían aparecido, sin dar explicaciones? ¿Cómo atestiguaríamos ante las generaciones futuras que el Caos realmente existió si nunca pudimos registrarlo? Todo lo que tendríamos en ese futuro hipotético, es una serie inacabada de representaciones abstractas: textos, esculturas, pinturas, obras filosóficas, hipótesis científicas sin comprobar; ninguno de los modos de registro acumulados cumpliría con el requisito de las pruebas empíricas de la ciencia porque todo lo que hemos podido capturar son percepciones incomprobables. Pero entonces ¿Qué pasará dentro de doscientos años, las generaciones futuras creerán en la existencia del Caos o pensaran que durante una breve etapa la sociedad enloqueció y volvió a creer en la mitología antigua? ¿Sin pruebas científicas, acaso el Caos será interpretado dentro de doscientos o trescientos años como mitología? En la actualidad toda generación desconfía del pasado no científico, de lo no comprobable, de lo no visible, hasta que finalmente, se traiciona ¿Habremos traicionado a los griegos, a los egipcios, que durante años documentaron sus dioses? ¿Habrán existido Zeus y Ra de la misma forma que el Caos, cada uno como una entidad visible pero imposible de registrar? ¿Será posible que hayamos traicionado a nuestros antepasados al negar sus creencias y obstinarnos en el uso diligente de la razón?

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76 77 Finalmente, como poeta, solo he logrado dilucidar un hecho en este lío: Como no es posible cazar y en- jaular un ángulo, si el Caos desaparece no quedará ninguna prueba de su existencia; ante ese vacío, lo único que podemos esperar es no ser traicionados por el escepticismo de las generaciones futuras. Para Epicurea dormir no era algo común. Ahora era arriesgarse a revivir el sentimiento de una infan- cia que buscaba comunicarse con ella. En cada sue- ño existía la presencia de Claudia, leve, liviana, pero que la acercaba a la ambigüedad de las emociones con presión. Dormir se convirtió en despertar para dudar, para dudar de todo lo ocurrido: Del recuer - do de Elena, de la carta, de la ruptura con el Caos, de su infancia inmiscuida por la cercanía que había desarrollado hacia la oscuridad. El sueño se volvió peligroso, pero era inevitable, por lo que Epicurea fi- nalmente lo aceptó como el único destino posible para su transición. Esa noche, Epicurea, durmió. Dentro del despacho municipal, el intendente Mauricio Maugulio estaba terminando de prepararse para salir a dar un discurso en el escenario armado en el centro de la plaza Lafragüe Deffou. Con la mi- rada en el espejo del cuarto, respiraba en calma pen- sando en su discurso. Era un discurso crucial en su campaña, porque revindicaba el derecho de cada ciu-

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dadano de acceder libremente a los ángulos públicos sin tener que soportar restricciones por parte del Es- tado. El discurso estaba escrito con un solo objetivo: Posicionar a el intendente Maugulio como el defensor incuestionable de los derechos del pueblo en todos los temas relacionados con el Caos. Todas las condicio- nes políticas estaban listas para que esto sucediera sin dificultad. Pero en el momento en que Maugulio se dirigió a la puerta para irse, su secretaria Virgi- nia Mangalia entró apurada a darle un comunicado de último minuto. El semblante de Mauricio se rajó como un balde quebrado por el frío, como si detrás de su frente un hueso se hubiera partido a la mitad res- quebrajando todo su rostro; Maugulio no podía creer lo que estaba escuchando. Enseguida intentó recom- poner su postura pero sintió que el comunicado fa- talista entregado por su secretaria le presionaba las vértebras de la espalda hasta doblegarlo; confundido, sin más que hacer, Maugulio salió a dar el discurso. Epicurea intentó mantenerse despierta pero fue inútil, tirada en la cama de Elena, no pudo escapar al peso del sueño que quebrantó su estado de vigilia obligándola a caer dormida. Emigrando hacia un es- tado onírico Epicurea se entregó a la suculenta suc - ción del subconsciente. Se sumergió en lo irreversible del sueño, en ese subsuelo de la conciencia, que por hondo, se lo conoce como fatalista. Cuando Epicurea abrió los ojos en el subsuelo oscuro, su mirada encon- tró el cuerpo desnudo de Claudia, erguido, en el fondo del cuarto; inmersa en la negrura inútil del subsue-

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78 79 lo Claudia tenía la mirada de un pájaro condenado al encierro dentro de un cajón. Durante un segundo la mirada de Epicurea se encontró con la de Claudia en medio de la negrura. Epicurea miró el cuerpo de Claudia, la piel de Claudia estaba limpia, era la de un cuerpo originario y fecundo, era el cuerpo de un infante. Epicurea comprendió que era lo único puro que quedaba dentro de su ser, por lo que decidió ha- cerle una pregunta que la atormentaba desde la des- aparición de Elena <¿Elena está viva o está muer- ta?> preguntó Epicurea. Durante un momento Claudia guardó silencio, fi- nalmente, miró a Epicurea. - Epicurea, la única presencia indiscutible es la de la carne -dijo Claudia, y acompañada por el silencio del subsuelo, calló. En una habitación de Mimesis, un hombre pa- rado sobre un sillón comenzó a dar un discurso en el que argumentaba que el ser humano necesitaba ser, al menos, un poco más absurdo; pero mientras el habitante del Caos daba el discurso, en la mente de alguien situado en alguna parte del Caos, surgió una pregunta <¿Cómo es posible saber el tema del discurso del habitante de Mimesis, si el agujero ne- gro absorbe todas las palabras?> Pero la pregunta quedó sin respuesta mientras en Mimesis, el hombre seguía argumentando su discurso frente a un público inexistente, pronunciando palabras que desemboca-

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ban en el agujero negro que con cada una se agran- daba un poco más. En la mañana Epicurea despertó en la cama de Elena con la frase que había dicho Claudia en el sue- ño grabada en la superficie de sus pupilas: La única presencia indiscutible es la de la carne. Las palabras reverberaban como un pensamiento inamovible, es- culpido en el fundamento más profundo del globo ocular hasta volverse irrevocable. Epicurea intentó levantarse de la cama, pero su cuerpo se portó torpe. Sin lograr levantarse de la cama, la frase resonó otra vez en sus pensamientos acompañada por los restos de una imagen del subsuelo <La única presencia in- discutible es la de la carne> recordó con el cuerpo rendido sobre la cama, mientras, con su cabeza la- deada, miraba la pared blanca vacía de la habitación. Como tantos otros días, recostada, sintió la presencia del vidrio negro a sus espaldas, pero no tuvo ganas de mirarlo; tirada sobre el colchón se dejó llevar por la memoria onírica recordando el cuerpo desnudo de Claudia erguido sobre el piso frío del subsuelo, del que brotaron las palabras cruciales que le causaron una extraña sensación de comprensión absoluta en esa simple frase <La única presencia indiscutible es la de la carne>. Epicurea cerró los ojos y sin dete- nerse a pensarlo más enfundó toda su voluntad en un solo movimiento y logró salir de la cama. Erguida caminó hasta la cocina moviendo sus piernas a tra- vés de la oscuridad de la habitación y al llegar, con

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80 81 lentitud, preparó un té y lo bebió pensando en Elena: En Elena desfigurada por la ausencia. Pero cuando en el último sorbo el té caliente le tocó los labios fríos dejando la taza vacía, Epicurea comprendió con una rara satisfacción que aquel recuerdo no era más que una imagen de su hija, plana, sin dimensiones, sin carne, que Elena no estaba presente, porque la única presencia indiscutible es la de la carne. Maugulio entró a la habitación de la municipali- dad con el estrés golpeándole la parte de abajo del paladar como un latido perpetrado en tamborileos veloces. Posó sus manos sobre el escritorio de mármol antiguo y suspiró tres veces con los pómulos colora- dos; buscó una birome y en una hoja que estaba sobre el escritorio escribió una frase en latín que usó en un impulso espontaneo para expresar su desesperación <Taceant colloquia, effugiat risus. Hic locus est ubi morbs gaudet sucurrere vitae> garabeteó Maugulio y su pecho se desinfló en angustia. Epicurea soñó con el cuerpo de Elena, perdido, hundido en el Caos, con la carne de su hija perdida en la trascendencia inevitable hacia los cuatro edi- ficios y <La única presencia indiscutible es la de la carne> recordó en la elipsis del sueño y despertó y en una exhalación excitada comprendió que Elena había desaparecido, lo comprendió en su totalidad, perforó el concepto y lo atrapó con las manos, captu- ró el cuerpo de la inexistencia de Elena y lo saboreó con la lengua, sintió la verdad atravesar su estómago

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como si fuera un dolor causado por comida podrida. Pero al mismo tiempo desde lo profundo de un cuarto del subconsciente, una lumbre infantil, bajó por la columna vertebral y llegando al vientre entibió los órganos como si hubiera trascendido lo abstracto del mundo onírico para anidar en el cuerpo. La lumbre era la pequeña Claudia, con su impulso aniñado, con su inocencia infantil, con su compasión franca; por lo que Epicurea, entibiada por la lumbre de Claudia y al mismo tiempo frustrada por la rara satisfacción liberadora de comprender que Elena había desapare- cido, durmió un poco más. En la terraza de Bululú, una niña, pequeña, em- pujó una burbuja azul iluminada por el sol fogoso de la mañana y se echó a reír. Por alguna razón, aquella burbuja, le recordaba a un conejo que se parecía a un buzón de cartas; la burbuja giraba sin parar sobre el piso grisáceo, mientras, en su interior, un hombre escribía sin pausa en una máquina de escribir, sin apartar la vista de la hoja de papel. La pequeña, cu- riosa, se acercó para ver qué era lo que el hombre estaba escribiendo. Puso sus manos sobre la esfera azulada, apretó su nariz contra la superficie tibia y quedó encandilada por el reflejo del sol, y en el papel, solo pudo leer apenas algunas frases entrecortadas: ¿Existe algo después del vacío? (la niña no llega a leer lo que sigue por el reflejo del sol en sus pupilas)...

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82 83 Esa pregunta trazó la mente de los habitantes del Caos <¿Existe algo después del vacío?> pensó la niña in- tentando adivinar que sería lo que seguía a esa ora- ción oculta tras la lumbre del sol. Pero sin volver a meditarlo volvió a jugar con la burbuja azul con la despreocupación característica de los habitantes del Caos, pateándola por la terraza de Bululú, mientras en el interior el hombre seguía escribiendo. Epicurea saltó al vacío. Por la ventana del cuarto de Elena, Epicurea, saltó al vacío. Claudia Epicurea aceptó lo que dictó su cuerpo, la orden era simple, indiscutible: Era momento de re- nunciar al consuelo de lo negro. Por lo que sin du- darlo, siguió el franco impulso de la carne y abrió la ventana del cuarto de Elena corriendo el vidrio ne- gro hacia un costado y con las pupilas hundidas en el horizonte indistinto, descubrió que no había nada, el Caos había desaparecido. Pero Epicurea no sintió la necesidad de reaccionar ante el descubrimiento. Su cuerpo, permaneció hundido en un silencio de fecun - didad corporal; donde antes estaba el Caos, ahora el sol fundaba su existencia con una fulminante pasión matutina. Epicurea no se percató del sol hasta que, tras una milésima de segundo, una lámina de luz se derrumbó a través de la ventana sobre los ojos, so- bre su cuerpo, provocando que en su piel brote una combustión repentina y espontanea de calor, en la

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que reconoció, el mismo calor tibio de los abrazos de Elena. Entregada a la luminosidad, liviana, Claudia Epicurea comprendió que nunca volvería a vivir ese momento, por lo que sonriendo, saltó hacia al vacío, hacia la luz, hacia la muerte. ¿Qué sucedió con la pared? Para Claudia nunca fue posible derrumbar la pared, pero la pared simple- mente se deshizo en el reencuentro de ella con Epi- curea, en la reunión de las dos; antes de ese día, an- tes de la ventana, durante un sueño, en un golpe de conciencia nocturno, se reencontró Claudia Epicurea. Primero se enteraron unos pocos, Maugulio fue uno de los primeros en saberlo, como también lo fue Claudia por medio de su experiencia. La realidad, era innegable. El intendente Maugulio, angustiado hasta la médula debido a que su campaña construi - da sobre Bululú, Mathesis, Mimesis, y Rapsodia, se estaba resquebrajando por la desaparición de los án- gulos, le dijo a su jefe de campaña: <Perdimos, esta- mos ahogándonos pero con lentitud, el Caos se está extinguiendo con la expresión fatigada de un titán>.

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84 85 El reconocimiento La filósofa Juana Ditvago, reconocida escritora, profesora en la Universidad de la Figuración de lo Inestable, de la polémica materia Historia de los sis- temas de pensamientos, presentó un comentario bre- ve pero certero en un programa de radio matutino que invitó a reflexionar a todos los ciudadanos que tuvieron la suerte de escucharlo: El problema es que el Caos no sigue ningún patrón -comentó Ditvago-. Por eso no es posible establecer ninguna regularidad racional en el comportamiento de su estructura. El Caos es la gran rebelión de lo incognoscible, justamente, porque convierte en un bufón a la racionalidad humana. Es imposible comprender su estructura mediante el Santo Grial que fundó Descartes en sus Meditaciones metafísicas y Kant en Crítica a la razón pura. La experiencia de los últimos meses nos ha demostrado que el Caos, no puede ser comprendido mediante la racionalidad científico matemática. La única forma de comprender su estructura sería fundar un nuevo lenguaje, uno diferente que no sea el de los números ni el de las letras ¿Se imaginan

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eso? Sería un lenguaje del que todavía estamos a millones de años luz -dijo Ditvago emocionada con una leve sonrisa-. Todos los ciudadanos nos hacemos las mismas preguntas fundamentales: ¿Cuál es el origen del Caos? ¿Por qué el Caos se comporta de una forma y no de otra? La verdad es que no tenemos ni idea. No podemos responder ninguna pregunta porque todos los intentos de encontrar un principio racionalista en su estructura han fallado. Por eso lo que debemos hacer como sociedad, es abandonar el intento de explicar la estructura del Caos e invertir la mirada hacia nosotros, hacia nuestro conocimiento, para poder preguntarnos por qué todo el saber que hemos recopilado como sociedad no alcanza para comprender la estructura del Caos y repensar el futuro de nuestro conocimiento.

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86 87 El repliegue Como un golpe de revés no esperado, en el periodo de desaparición de los ángulos apareció en el Caos un símbolo de reivindicación de la inexistencia: En las terrazas de los cuatro edificios, un hombre acéfalo, permanecía parado con las manos cruzadas en pose fúnebre. El hombre, estaba desnudo. El hombre, no poseía sexo. El hombre, no era hombre, era solo el resto de una existencia en desvanecimiento. Los mecanismos del civismo político se pusieron en marcha y todos los ciudadanos de la capital se manifestaron en contra de la figura del hombre desnudo que habitaba las cuatro torres del Caos. Indignados, exigieron a la municipalidad que tome medidas al respecto argumentando que era una figura peligrosa e inmoral a la que podían quedar expuestos los niños que gustaban de observar el Caos. Por conveniencia política el intendente respondió el reclamo lo más rápido posible y aprobó un decreto que prohibía el acceso de cualquier ciudadano menor de dieciocho años a los ángulos públicos. Los ciudadanos festejaron la victoria de la civilización sobre la inmoralidad de los cuatro edificios. Pero por detrás del buen civismo de la ciudadanía, la imagen

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del hombre desnudo que habitaba el Caos ocupaba el mórbido deseo sexual de los capitalinos; deseo oculto del que recelaban en secreto, sometidos al buen silencio de la conducta civil. En cada una de las torres del Caos, al mismo tiem- po, apareció un grupo de cuatro habitantes. Todos lle- vaban puesto un traje negro con un sombrero oscuro. Los habitantes de traje negro, sin perder el tiempo, subieron a cada una de las terrazas donde habitaba el hombre acéfalo en posición fúnebre: Ese tótem en honor a la inexistencia engendrado por el Caos. En lo que dura un suspiro se acomodaron alrededor del cuerpo totémico formando un círculo e inmóviles co- menzaron a pronunciar palabras de forma aleatoria. Con quietud oradora permanecieron alrededor del hombre en posición fúnebre sin hacer nada más que decir palabras, como si estuvieran realizando un ri- tual con el único objetivo de agrandar los agujeros ne- gros de Bululú, Mathesis, Rapsodia, y Mimesis, que crecían con cada una de las palabras pronunciadas por los hombres de trajes oscuros. Un ciudadano estaba observando Bululú mientras almorzaba en un restaurante. Pero en el momento en que pestañeó, la imagen del Caos desapareció extin- guiéndose en el oscuro instante en que sus pupilas se ocultaron detrás de los párpados y el ángulo se replegó hacia su extinción. Cuando las pestañas des-

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88 89 cubrieron los ojos, del otro lado solo quedaba el cielo azul. De esta forma, cada ángulo se extinguió en lo que dura un pestañeo. Los ojos de los hombres y las mujeres de la capi- tal despertaron cubiertos por una opaca melancolía, embadurnados por una pasión faltante, abandonados a la visualidad común de cada día. En los bares, el café de las mañanas volvió a servirse en las mesas co- munes, y los lugares que antes eran reservados para mirar el Caos, volvieron a ser usados por los ciuda- danos para charlar durante el café matutino. Poco a poco las conversaciones en torno a la desaparición de los cuatro edificios fueron siendo reemplazadas por silencios. Los ciudadanos no tenían nada nuevo que agregar, porque el Caos, al no ser renovado por la ob- servación de cada día, perdió su fuerza en la palabra. Pero aún así, la huella de los cuatro edificios todavía seguía tatuada en las pupilas de los ciudadanos, que atrapadas por el beso de una suave capa de melanco- lía miraban pasar el mundo como si fuera una diso- lución continua de las imágenes sin importancia; con la mirada con la que se contempla el cadáver fúnebre de un desconocido. Una rebelión general del pensamiento impactó en la capital y desvió los argumentos sobre el Caos hacia una sola pregunta: ¿Solo están desapareciendo los ángulos o está desapareciendo todo el Caos? La

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pregunta atravesó todas las conversaciones, no solo fue retomada por científicos sino que permaneció colgada del borde de las lenguas de los filósofos durante un buen tiempo; entre todas las respuestas argumentadas, en un bar un ciudadano dijo: <Pueden decir lo que quieran, da igual, porque en realidad, eso es simplemente incognoscible>. Mientras, los ángulos, continuaban desaparecien- do. La puerta de la casa se abrió, Maugulio apenas saludó al dueño y entró apurado a la residencia en la que quedaba uno de los pocos ángulos para observar el Caos. En silencio pasó por el comedor y salió al patio, se sentó en el banco y haciendo lo posible por abandonar las preocupaciones cotidianas miró hacia los cuatro edificios. Su pupila se abrió, despertó, fracturó la estructura visual común y volvió a ser una hija del Caos. Con los zapatos posados sobre la tierra húmeda del patio, Maugulio concentró su visión en una habitación de Bululú en la que vio a un hombre que escribía a máquina encerrado dentro de una burbuja azul. Recordó que a ese hombre lo había visto antes, pero ahora se lo veía diferente, el escritor parecía ser víctima de un estado de desesperación, parecía consternado, escribía a toda velocidad pulsando los botones de la máquina con los dedos cargados de angustia, y en sus manos, la máquina de escribir no era más que un metal sumiso doblegado por el ritmo violento de la escritura.

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90 91 Maugulio lo observó con cuidado, hasta que logró comprender la desesperación de aquel habitante por acabar su escrito: Claramente el hombre de la burbuja azul sabía que se acercaba un final, por lo que apresuradamente, intentaba terminar el escrito antes de que el fin lo terminara a él. La absorción de las palabras por parte de los aguje- ros negros no encontró pausa: Los hombres de trajes oscuros continuaron suicidando palabras en el inten- to de pronunciarlas y los agujeros negros siguieron succionándolas para ensanchar su tamaño. Pronto el tamaño de los agujeros reverberó amenazador en la estructura del Caos, y el cuerpo del hombre acéfalo en posición fúnebre, rodeado por los hombres de ne- gro, empezó a degradarse en los cuatro edificios al mismo tiempo. Con el pasar del tiempo, los ángulos públicos, fue- ron abandonados. Cada tanto, algún curioso que pa- saba cerca de uno, paraba para fijarse si el ángulo había vuelto a funcionar. Pero tras comprobar que el Caos seguía sin aparecer, receloso, continuaba su camino. La resiliencia de los hombres que intentaron no perder la calma ante la desaparición del Caos, quedó vacía. Nadie pudo hacer nada. El abandono de las pupilas, era total: En ellas no quedaba nada de las cuatro torres del Caos. La mirada de los ciudadanos

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quedó atada a la costumbre de la normalidad cotidia- na, e inevitablemente, volvieron a exigir el realismo dramático de la cultura capitalina de cada día. El vacío de los agujeros negros reverberó en la estructura del Caos provocando que los habitantes sean arrastrados por un fin inesperado que nunca antes habían previsto. Los gritos confundidos de los habitantes resonaron dentro de las cuatro torres. Cada uno intentó pronunciar una palabra, pero como antes, todas fueron succionadas. En ese momento a través de los agujeros de Rapsodia, Bululú, Mathe- sis, y Mimesis, brotó un chorro de negrura vacía ha- cia los cuartos y ascendió hacia las cuatro terrazas cubriendo todo con el color oscuro de su forma. Las cuatro terrazas quedaron negras, vacías, como la fal- ta de lumbre en las pupilas de los habitantes. Los ha- bitantes temblaron antes de desaparecer, pero no de miedo, tampoco de emoción ¿Alguien puede afirmar realmente cómo temblaron los habitantes? Todos sus cuerpos fueron alienados por un color, por una pala- bra, por lo negro, por una forma que para cualquier observador hubiera sido incomprensible en su tota- lidad ¿Existe algo después del vacío? Esa pregunta trazó la mente de los habitantes del Caos, y en ese mismo momento, también trazó la mía, porque mi burbuja azul estaba a punto de romperse.

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