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PROSAS · 1 MIN DE LECTURA

Leda de anís

Es que tú eras tan, es que fui tan, ese es el problema tan, el que jamás pude explicar, la presencia inaudita del error constante en la falta de la palabra para explicar la ausencia de esa ausencia eterna tan. Entonces vos, y luego yo, en conjunto con el lazo en que debíamos hacer equilibrio sobre la válvulas de agua helada en las que no debíamos caer; porque en la profundidad éramos capaz de calarnos los huesos en un soplido burbujeante, y los corazones se descosen con la espuma de la fisura resentida que machaca las cabezas grises como los despertadores en la mañana.

Pero en el equilibrio éramos el tintineo eterno de la duda, de la jactancia del sino o del sí sí; solo estábamos seguros del tan; y de nuestros cuellos atados por una cuerda de apenas diez centímetros obligándonos a mantenernos unidos ante el odio mutuo de nuestro único corazón, discorde a la fricción tumultuosa de nuestros labios que embolsaban lenguas maltrechas de horas tan.

Y tu silencio hasta en la palabra, esculpido por debajo del mantel de la discusión sonsa de las camas que hace tiempo han caducado en el vencimiento de los amantes, en el que el reloj dio las seis y el sol imito a la alarma del reloj, y desplazando un rayo de luz, nos machacó.