PROSAS · 1 MIN DE LECTURA
Era un hombre de palo en busca de…
Era un hombre de palo en busca de estructuras de perros cocidos en tela, siempre quiso mucho más que simples hilachas y lo busco en la profundidad que se extendía dentro o fuera de la carne misma, en el interior de un almohadón o un muñeco de tela que se abría al medio entre botones rotos y goma espuma añeja. Quiso todo, el mismo error que faltaba encontrar en el hundimiento sordo y seco de esa textura que raspaba los dedos esbeltos, largos, difuminados entre los retazos y la figura del perro azul que crecía entre pedazos de tela rotos y absurdos bigotes largos y negros. Pero la figura se ensanchaba al hundir sus dedos, sus manos, su muñeca, su brazo y así el pecho le tocaba le hombro sintió la fecundación de sus esculturas de miramientos lejano que se abría ante su brazo que palpaba más fondo en lo hondo del hecho sentía hondarse ante su cuerpo; sumergió su hombro y luego su cabeza, sus ojos se cegaron en una noche oculta y rasposa de la misma goma espuma hasta que se metió entero en aquel perro azul de tela que ladraba hilachas de seda. La tela continuó ensanchándose y él se perdió en aquel infinito dislocado, en la atemporalidad seca de retazos fundados en relleno de vida, en la posibilidad de la vida misma indulgente de pecados en la falta de acción, en la que se ocultó y jamás volvió a salir, jamás volvió a ser carne y de él colgaron por siempre hilachas de seda embolsadas en goma espuma seca, que los días de humedad se volvía relajante y él se ponía a ladrar contento bajo las lenguas cocidas de tela.