PROSAS · 1 MIN DE LECTURA
Del otro lado lo contiene todo
La única referencia que tengo de mí mismo existe del otro lado, en un punto concentrico que contiene el origen primario de mis pómulos, el movimiento acompasado de mis muslos, los dedos cortados por el hacha de mi padre cuando cumplí los cinco años, las telas de arañas mezcladas con mocos de los momentos en que me ocultaba en el sótano y tantos otros mantras mundanos que hacen e hicieron a mi personalidad de frágil sinonimia con un jarrón de cristal usado y partido. Un maldito jarrón. Un triste jarrón. Uno oculto debajo de la alfombra que también está dentro del punto concentrico que lo esconde todo, que lo embriaga dentro de su estómago hasta poseerlo en el movimiento ruborizado de su existencia vergonzosa. Ese punto de vergüenza, de pasado, de trasparencia inedita para mí mismo que no se desaparece, no se revuelca hasta caer al vacío, no se retira en el vacuo pasadizo de la muerte, sino que permanece, trabajoso, reforzado por las puntas de hilo que lo mantienen atado a mi pecho de carne, de cristal, de jarrón, de corazón concentrico y abotonado al punto que estando del otro lado, lo contiene todo.