PROSAS · 2 MIN DE LECTURA
Que el frío no nos cale los huesos
Mis cabellos se ondulaban junto al viento frío que penetraba por la ventana. El rocío todavía no caía pero parecía que aquella noche sería capaz de perforar las paredes y llegar hasta nosotros, que juntos nos delineabamos como figuras adolescentes junto a una mesa ubicada entre cuatro paredes blancas. Y la noche y el frío calaba los huesos, pero aún así resistíamos a dormir, como toda alma joven intranquila que todavía no encuentra su camino y lo oculta en días y noches de felicidad. Todos coincidíamos en que no existía una sensación más profunda que no entender que deberíamos estar haciendo en ese momento. La razón de no ser para jugar a divertirse insanamente mientras el frío nos calaba los huesos era necesaria. Y ella como siempre ubicada tras su escudo de información virtual, de contacto y conexión, esa fuerza impenentrable que la convertía en una estatua metafísica y parlanchina. Y el resto de nosotros siempre tan jodidos, tan absortos por las palabras, las luces, el alcohol y algún que otro silencio que nos llamaba finalmente a dormitar. Pero no, como jóvenes absueltos de responsabilidades intrinsecas gobernábamos nuestro mundo abarcativo y solitario, escencial y macanudo, vivo y muerto, hueco pero repleto de parabolas y metaforas que incitaban al despiole casí galactico del cual después de unas cuantas horas, si el frío no nos calaba los huesos, terminaba en palabras risueñas. Y todos caminabamos por la misma linea, pendeíamos desde la misma cuerda equilibrándonos hacía el mismo lado si no fuera por ella, que con sus pelos transformados en un cuadro de dalí rompía con lo preestablecido por el grupo y sin darse cuenta jugaba a hacernos bailar frente a sus desorbitados ojos. Rompía con el cielo, destruía al ingenio y arrasaba a la locura mientras tomaba el té. Tanta discordancia brotaba desde esas luces coloridas que provenían de sus labios, de cada frase, de cada metáfora finamente esculpida que atinaba a cada como uno un golpe entre ceja y ceja. Pero sus razones, mis razones, y las razones de los demás ya no importaban. Estábamos juntos bajo un solo propósito, porque aunque lloráramos risas y deliráramos pasión, la razón era una sola, que aquella noche el frío no nos calara los huesos.