PROSAS · 1 MIN DE LECTURA
Así como así
El hedor volvía a hurgar en tu garganta, vos lo negabas, como si no fueras por la silenciosa acera juntando migajas de pan desprendidas por algún joven burgués, amanecidas en grietas con polvo añejo y mojadas por las gotas de la lluvia matutina. Volviste a repetir, que no o que si, que lo habías olvidado durante lo últimos pasos que diste bajo la luz reflejada en el marco dorado de tus anteojos sin cristales, contorno de tus ojos húmedos verdes, olvidados más allá de tu rostro, tus cejas, y tus pestañas, profundizados por un gris lejado, provocado por años de experiencias rescatadas del dolor, fruto del apareamiento con el insensible sexo de las calles de cemento metropolitanas. Porque si eras algo eras eso, parte de la dureza callejera que se humedece en las estaciones frías pero apacibles dentro de algún hogar cierto, como las sala de espera de los hospitales, donde pasabas noches fregando tu olfato junto a ese olor de medicamentos y formol que yace muerto en esos centros socavados por el sufrimiento. Primero era como un gusano, abriéndose paso a través de las fosas nasales y sin parar de roer hasta llegar al pecho, pero después, de respirar y pensar sin dormir, se volvía seguro, como un aroma que reposaba en las profundidades de los pulmones y los sondeaba hasta sedarlos. Para finalmente, poder dejar a las pestañas encontrarse una vez más, y charlar entre los sueños y las pesadillas, visitantes indispensables de tus noches de sanatorios.