PROSAS · 1 MIN DE LECTURA
Los de mis dedos
Tras arrendar el campo de los ocho cerdos con tendencia suicida no encontré más remedio que cercar el corral para que no siguieran intentando tirarse por la colina a la que daba el patio de mi nueva granja; pero como lo que quería era convivir en tranquilidad con todos ellos, me disfrace de cerdo y me mezcle en sus conversaciones diurnas en las que discutían grandes verdad sobre la vida <¿Nació la primer cerda de la costilla del primero cerdo o viceversa?> se preguntaban… el enfoque religioso me pareció algo anticuado pero supuse que era un punto clave para descubrir el núcleo de su necesidad de tirarse por le risco <Ayer me golpeé en la cabeza y ahora no logro recordar porque intentábamos tirarnos al vacío> comente disimuladamente como si fuera uno de ellos <¿Cómo has de olvidarlo? Te lo recordare> dijo el más filosófico de ellos <Hemos llegado a la conclusión de que si para los humanos solo somos carne, es porque no poseemos alma, y sino poseemos alma no estamos vivos para el señor, y si no estamos vivos podemos de decir que para nosotros no existe la muerte, por lo que tirarse por la cornisa es solo una manera de alcanzar el simple vacío de la existencia>… <¿Y por qué deberíamos lanzarnos al simple vacío de la existencia?> pregunté <Porque esa última forma de vida, es la más cómoda, la inmutable> sentenció el cerdo, y sin pensarlo más, disfrazado como uno de ellos, salté al vacío en busca de comodidad.