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PROSAS · 1 MIN DE LECTURA

Ironia

En los escaparates ubicados sobre el caparazón de la gran tortuga caminante, Robert U encontró un frasco del tamaño de su mano con la etiqueta <Ironia>, y cuando lo destapó, el mundo entró en un estado de benevolente lentitud en la que nadie era capaz de decir cosas importantes. Los abogados murmuraban palabras embarradas, entrecortadas, y cuando intentaban hilar un argumento su mente se vaciaba de pensamientos; los diarieros tartamudeaban y no lograban gritar sus frases cotidianas para anunciar la llegada de la nueva edición del diario; cada vez que un presentador de televisión intentaba hablar al aire empezaba a eructar futilmente y los camarógrafos tocian haciendo temblar todas las imagenes; y los empresarios industrial no pudieron volver a llevar adelante sus negocios, porque cada vez que lo intentaban sus gargantas emitian agudos maullidos gatunos. Nadie pudo escapar, la ironia arrasó con las cuerdas vocales e inundo con lentitud todos los recovecos de las lenguas. Se diluyo hasta en las voces de los muertos que no pudieron volver a murmurar a los vivos. Y desde la gran tortuga caminante Robert U lo vió todo, pero nunca pudo contarlo, porque cuando bajo a la tierra y lo intento, sólo pudo balbucear los angostos gemidos de un torpe perro herido.