PROSAS · 2 MIN DE LECTURA
La bufanda
Desapareció, en su verdoso ardor, valiente, llena de alma, repleta de segundos de histrionismo cervical; el día que se la llevaron oí un murmullo ¿Pero cómo puede una breve voz robarse, extinguir, una bufanda? Pero lo hizo, con la cotidianeidad monótona de un suspiro, la extinguió.
Erradicada la bufanda de mi cuello, mi piel, devastada por el frondoso aire frio que especulaba diferentes formas de helar mi superficie pectoral, retorno hacia dentro, hacia un principio inequivoco de su inexistencia; así fue que con la desaparición de mi bufanda, también se extinguió el retazo de mi piel que cubría desde mi cuello hasta mi pecho. Toda esa lona de cal blancuzca se esfumo en un segundo que era ajeno, uno que estiro su mano arracando el pedazo de tela blanca sin causarme dolor, sin que pudiera darme cuenta de que sucedía, pero al fin y al cabo, sucedió.
Ir vagando las calles a través de los días, sin bufanda, y sin piel, se volvió raro y friolento; mis parpados, se cerraban y se abrían con fuerza cada vez que anticipaban que una rafaga de viento se preparaba para colicionar contra mi carne desanuda, y la gente, que deambulaba por las mismas veredas, se detenía a fotografiarme o ha hacerme preguntas, pero esquivandolos, me negaba a responder.
Desde que sucedió nunca volví a encontrar un sustituto para mi bufanda, pero con el tiempo, mi piel volvió a salir de su cueva, de algun vacío en el que se había escondido por un tiempo, tal vez, asustada por la posibilidad de que por falta de bufanda la próxima vez la roben a ella. Pero así fue emergiendo poco a poco del vacío, se fue asentando en su antiguo lugar, pero esta vez en sus celulas arrastro unas fibras de lana verdosa, que se fueron mezclando con las de la demás, tejiendose en la misma supericie, como si la piel y la bufanda hubieran estado siempre en el mismo lugar, y ahora, volvieran juntas, porque una, por amor o por melancolía, fue a rescatar a la otra.