PROSAS · 1 MIN DE LECTURA
El humo del café
Siento. No, percibo. No, me blanqueo, me arrastro, hacía ella, por ella, con ella. Merienda mi actitud, me desgrana en pequeños granos de café. Estoy desayunando. Una cuchara, no, dos cucharas. Cinco silencios. Dos miradas, tres observaciones.
Me deslizo sobre el mantel como una serpiente, espero, el tacto. Sus dedos se suavizan sobre mi piel. Lloran, se lamentan, circundan mi yema, se tropiezan. Cuatro dedos, un suspiro, una cuchara. La azúcar se disuelve entre los granos, el sol a través de la ventana plasma un único rayo sobre su taza diluida en color marrón. De pronto, lluvia, lagrimas, llanto caliente. Se enrojecen sus pómulos, subyacen entre una mueca de sonrisa y tristeza, bate el café con suavidad, se desprende el humo tibio, y el aroma del cálido desayuno nos abraza a ambos.