PROSAS · 1 MIN DE LECTURA
Té para inocentes
Me quedé sin té y vos en casa mirando siempre hacia el lugar en que murió el último de los conejos con la cinta bordo alrededor de su cuello ¿Acaso no es hora de olvidar a esos desgraciados? El último ni si quiera comía zanahorias, sino que rebanaba con sus dientes la piel de los cadáveres humanos que guardamos en el ropero ¿Cómo esperas que mis clientes sigan comprando mi taxidermia humana si la vendo en trocitos? Vamos Nilda, cuantas veces tengo que repetirlo, sus muertes eran necesarias, igual de necesaria que mi cajita de té en estos momentos de invierno seco, en los que lo único que me puede acompañar al trabajo es mi taza de cebra con lunares blancos y negros ¿Entonces vas a la despensa? ¡Uf, al fin! Entre tanta carne pálida y cuerpo muerto lo único que realza el ambiente del taller es una buena taza de té de boldo con masitas.