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CUENTOS · 9 MIN DE LECTURA

Monoambiente

Las sábanas blancas se enlazaban en los pies de Tomas con suaves pero torpes movimientos provocados por el sueño en el que se encontraba inmerso, sus brazos se acurrucaban contra su pecho, los músculos se tensaban, las rodillas se golpeaban unas a otras en bruscos movimientos y sus dientes rechinaban mientras su gastado sueño se volvía pesadilla y cubría por completo las imágenes en sus somnolientos pensamientos.

Paso una hora hasta que despertó en un solo movimiento brusco, noto que las secuencias se revolvían en su mente como pedazos de baldosas trituradas, el filo de los recuerdos del espeluznante sueño lo perseguían hasta con los mínimos detalles; la inmensidad de su cuerpo dentro de la pequeña habitación, las agujas silenciosas y mudas del reloj, su mirada perdida en la búsqueda desesperadas de respuestas, la ausencia por completo de ventanas, y al final de la obscuridad una puerta blanca con el picaporte manchado con sangre.

Exhausto recordó la frase que había leído unos días atrás en un libro de cultura oriental, “Las personas necesitan aprender a coexistir con sus pesadillas, porque las pesadillas, jamás aprenderán a coexistir con ellas”. Pensó en esa frase durante un largo rato acostado sobre la cama, su cuerpo comenzaba a distenderse luego del mal episodio que lo había envuelto en un torrente de nervios mientras dejaba brotar lejos de su mente las últimas gotas de las imágenes de aquella pesadilla claustrofóbica.

Se levantó de la cama y dio una mirada al todo el monoambiente para comprobar que todo siguiera como lo había dejado la mañana anterior y todo estaba en orden, como lo estaba todas las mañanas, pero desde que lo perseguían insistentemente aquel mal sueño ya no podía dejar de sentir un cambio constante en aquel departamento, cada mañana se levantaba convencido de que algo iba a suceder, sea un buen o un mal presagio.

Aquella mañana no miro la hora pero al ver el sol naciente en el fondo de la ventana que se perdía en la yugular del paisaje, dedujo que serían alrededor de las seis de la mañana por lo que decidió ir a comprar café para el desayuno. Se calzo un pantalón obscuro y luego los zapatos negros que contrastaban con los azulejos blancos del piso recién lustrado, tomo una camisa a cuadros negra y blanca y las paso sobre ambos brazos dejándola caer levemente sobre sus hombros, su reflejo en el espejo le dejo percatarse de una cana entre sus cabellos negros, la corto, busco sus anteojos ubicados en el marco de la ventana y hecho una mirada a la calle pero no vio a nadie, ni siquiera un auto o un animal, lo que llamo su atención pero decidió dejar las dudas para después e irse.

Atravesó su cama, la cocina, el comedor y el baño todo en los diez metros de largo del monoambiente, hasta llegar a la puerta, pero antes de abrirla dio cuenta que no había mirado la hora desde que se levantó por lo que miro hacia atrás para ver el reloj que se encontraba sobre el marco de la ventana. Pero al ver aquella imagen un deja vu apuñalo sus entrañas, corto, pero lo suficientemente real como para provocarle escalofríos, el segundero del reloj estaba detenido, no se movía ni el más mínimo milímetro, pensó que las agujas, habían enmudecido.

Una pequeña sensación de desesperación se apodero de él, sintió una necesidad impulsiva de salir de aquella habitación por lo que se dio vuelta rápidamente hacía la puerta, incrusto la llave, la giro dos veces y la abrió. Sus ojos se abrieron de par en par al ver lo que había al otro lado y la angustia le enrollo la garganta, estaba tieso y estupefacto, los músculos de sus piernas estaban tensos al igual que sus brazos pero todavía mantenía su mano izquierda apoyada en el picaporte.

Del otro lado de la puerta yacía lo mismo que en su piso, la misma cama, los mismos azulejos, la misma ventana, el mismo reloj, pero a diferencia de su habitación en esa pieza todo estaba destruido, avejentado y roto, los platos quebrados sobre el piso, el vidrio del reloj destruido y las agujas colgando, la cama inclinada por las patas quebradas al igual que los azulejos, atravesados por grandes rajaduras, como las paredes desgastadas, húmedas y descascaradas, olvidadas en aquella habitación que parecía dislocada por el tiempo y que ahora, coexistía por una puerta que las unía, con la de Tomas.

En un solo movimiento apresurado cerró la puerta y giro la llave en la cerradura esperando a que todo lo que había visto hubiera sido solo un sueño, un delirio divagante provocado por las imágenes que anteriormente había soñado en sus pesadillas, pero al volver a sacar llave y abrir la puerta se encontró con la extravagante y horrorosa realidad de que la habitación aún seguía allí, sumergida en la vejez caótica y quebrantada de un lugar que ha padecido ante su estructura abandonada.

En esa pieza todo estaba en su lugar pero todo fracturado, Tomas dio unos pasos hacía la habitación moviendo apenas sus pies, con la lentitud de alguien que arrastra un gran peso sobre sus hombros, se detuvo en el centro de la puerta con un pie dentro de su monoambiente y con el otro apoyado sobre los azulejos rotos que crujían bajo las suelas negras de sus zapatos y relucían ante el negro opaco, porque ahora, el blanco yacía gris junto al polvo de la habitación.

Busco el reloj con la mirada encima del marco destruido de la ventana y lo encontró averiado, luego bajo la viste para ver a través del agujero que yacía en el vidrio roto de la ventana, desde su ángulo solo se veía el cielo por lo que no podía ver hacia la calle, era lógico, vivía en un séptimo piso, para poder ver a través de la ventana debía decidirse a entrar a esa añeja habitación y cruzarla bajo el crujir de los mosaicos quebrados para poder llegar y observar hacia la calle.

Pero este pensamiento lo llevo rápidamente a otra conclusión por lo que corrió rápidamente hacia la ventana de su monoambiente donde todo estaba tan limpio y blanco como era de costumbre, al llegar miro por ella pero solo vio lo mismo que había visto al mirar la primera vez antes de abrir la puerta, nada, la inexistencia total de personas u algún indicador de que alguien había pasado por allí recientemente.

La desesperación lo atrapo aún más y corrió a la puerta, una vez frente a ella la abrió y cerró millares de veces, siempre esperando que desaparezca aquella habitación que se formaba como una pesadilla frente a él y vuelva a aparecer el pasillo que daba a la escalera que había subido y bajado mil veces. Pero no fue así siempre continuaba apareciendo la misma pieza demolida por lo que el nerviosismo en su cuerpo se le escapaba de las manos y cada vez cerraba y abría más rápido la puerta y la llave comenzaba a trabarse por lo que el ruido y el golpe eran cada vez mayor, hasta que en un ataque de furia, un golpe estruendoso que provoco Tomas hizo que saltara una de las bisagras de metal y la habitación destruida quedara permanentemente visible ante sus desesperados ojos tras una puerta torcida.

Impotente y furioso tomo la puerta del picaporte y tiro con toda su fuerza por lo que hizo ceder la segunda bisagra de la puerta, tomo el pedazo de madera inútil que había perdido toda utilidad, se dirigió a la ventana de la habitación sana y la lanzo contra los vidrios que sonaron en la lejanía al caer en la calle junto con el portazo de madera sobre la vereda. Enseguida se asomó por el hueco y miro hacia abajo pero no vio nada, ni a nadie, y la puerta seguía abierta entre los pedazos de vidrios esparcidos sobre la vereda, con la cabeza fuera de la ventana comenzó a gritar con hasta secas su garganta, la angustia lo carcomía por dentro y el tormento era cada vez mayor, solo deseaba que alguien lo viera, que apareciera en su ayuda, pero continuo gritando en soledad hasta que sintió sangre corriéndole por la garganta.

Se volvió hacia dentro y sin pensarlo dos veces corrió hacia la habitación contigua atravesándola a toda velocidad, sin ni siquiera pensarlo, escuchando el crujir de los azulejos sucios bajo sus pies y queriendo llegar rápidamente a la ventana ubicada en el fondo, sin prestar atención a las paredes húmedas y descascaradas, avejentadas por el tiempo, dejando de lado los muebles roídos, quebrados, y las sabanas y telas carcomidas hasta los últimos hilos por las polillas y demás bichos que rondaban la habitación.

Al acercarse a unos metros de la ventana estiro el brazo y tomo el velador de la mesa de luz que se encontraba contiguo a la cama, apenas lo miro y pudo ver el foco quemado, pero en un solo movimiento lo arrojo estrepitosamente contra los vidrios quebrados e hizo un agujero aún más grandes, corrió hacia a él y miro hacia abajo, en el fondo del edificio se hallaba la puerta y los pedazos de vidrio, ahora con el velador que yacía más allá de la vereda, sobre la calle empedrada.

Grito algunas veces más pero ya sentía que era en vano, no había nadie, allí abajo no se hallaba nada más que lo que él había lazando, y ahora estaba seguro que sus gritos se perdían en un tazón sin fondo, en el sol pleno del día que entraba por la ventana y camuflaba la obscuridad degollante de una pesadilla que no parecía acabar.

La pesadumbre se hacía mayor por lo que Tomas comenzaba a caer en el desconsuelo seguido de una cantidad innumerables de impulsos de cólera que llevo adelante contra la habitación, destruyendo aún más la cámara, quebrando a patadas pedazos de azulejos en más pequeños, golpeando la pared con los puños, sangrando sus nudillos hasta quebrar el último de los muebles. Pero luego continuo con su desquicio guiándolo hacía su monoambiente sano, donde arranco el lavamanos del baño y lo arrojo estrepitosamente con por el ventanal de la habitación, para luego tirar la mesa de luz, el velador, la mesada, el bidet, hasta que sus brazos se cansaron y miro por la ventana el festival de destrozos que yacían quebrados en el la vereda del edificio.

Desde el marco destruido continuo gritando con toda su fuerza hacía afuera, el pecho se comprimía contra los huesos en cada grito y se marcaban como cuchillos, su garganta resaltaban pesadas venas y después de unos minutos la sangre comenzaba a brotarle entre los labios. El tinte rojo cubría sus dientes y la desesperación y el desquicio eran demasiado, el encierro se había vuelto claustrofobia y sus posibilidades de volver a ver el pasillo del edificio se habían ido con la puerta que ahora yacía en el suelo del edificio.

Y en la ventana, gritando, solo podía pensar en los recuerdos de la pesadilla que volvían a estallar en sus pensamientos, la inmensidad de su cuerpo dentro de la pequeña habitación, las agujas silenciosas y mudas del reloj, su mirada perdida en la búsqueda desesperadas de respuestas, la ausencia por completo de ventanas; se dio vuelta y sin ni siquiera pensarlo tomo un papel y una birome y escribió: las personas necesitan aprender a coexistir con sus pesadillas, porque las pesadillas, jamás aprenderán a coexistir con ellas; tomo el papel y lo trago sin masticarlo en un quejido seco, escupió un poco de sangre y corrió hacia la ventana, pensando en esa frase que se repetía una y otra vez, en su cabeza y en su garganta, hasta el momento en que estallo contra el resto de los muebles que yacían en la vereda gris de su edificio.