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CUENTOS · 2 MIN DE LECTURA

Me gusta sentar viajada

- Me gusta sentar viajada.

- Te confundiste -dije entre risas- sería al revés, me gusta viajar sentada.

- No, no, no me confundí, a mí, me gusta sentar viajada.

- ¿Y cómo es eso de sentar viajada?

- Sentar viajada es lo opuesto a viajar sentada. Sentar viajada es viajar parada y sentarse cuando termina el viaje en una silla de tu casa o en un banco, donde quieras, pero así, te sentas viajada.

- ¿Y por qué te sentas viajada?

- No sé, la verdad que no me importa -dijo Elena suspirando sobre el café- a esta altura de mi vida no busco fundamento a mis acciones absurdas, al final, eso es lo que las hace absurdas.

La miré.

- ¿Podemos probar? -pregunté.

- ¿Sentar viajados? ¿Ahora? -respondió Elena arqueando una ceja con una gota de ternura.

- Dale, no tenemos mucho más que hacer, y además, tengo la ilusión de volverme un poco absurdo.

- Ser absurdo es peligroso.

- Pero también es ser un poco más como vos.

- ¿Querés ser más como yo? -preguntó Elena arqueando una ceja sin una gota de ternura.

Me encogí de hombros sin decir nada, Elena me miró por un momento y dio el último sorbo al café, sin decir una palabra más como si hubiéramos sido atrapados por una ráfaga de un hiperrealismo nos fuimos a la parada del tren. Elena sacó un cigarrillo mientras caminábamos, lo quebró con los dedos y lo tiró a la vereda. Durante un momento me quedé mirando el cadáver mientras la distancia se abría entre el cigarrillo y mis pasos, y con Elena nos perdíamos en el fondo de la oscuridad. Tras algunos suspiros arropados por el frío de la niebla y unos pocos movimientos de nuestro cuerpo bajo la ropa llegamos a la parada del tren; al descubierto, pude ver la luna acongojada en el cielo nocturno, y su brillo plateado, por un momento, retorno a mi pupila convirtiendo su superficie en un espejo del rostro pensativo de Elena. <Y tu belleza es un desgarro memorable, a todos esos científicos que intentan fundamentar lo bello en un paradigma lógico de la razón> pensé, pero no lo dije, porque a mi virtud, como tantas otras noches, la perpetraba en la intimidad de mi silencio. El tren apareció por el horizonte y en lo que dura un suspiro arribó con su metal duro y subimos y viajamos todo el tramo hasta la próxima estación parados; y Elena en ningún momento me miró a mi u otro, o a nada, su mirada era inexistencia pura, meditación forzada que invocaba lo insoluble; su cuerpo era una presencia anclada a un solo punto, era todo lo contrario a lo trascendental. Finalmente se abrió la puerta y bajamos, el tren desapareció en lo profundo y seguí los pasos de Elena en silencio; caminamos unos metros por el andén hasta llegar a un banco gastado y nos sentamos. Miré a Elena por un momento, pero no ocurrió nada; y porque no ocurrió nada lo pude comprender todo, lo bello de Elena era que realmente le gustaba sentar viajada.