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CUENTOS · 3 MIN DE LECTURA

Los tres cuerpos

Llegó el dia y me encontró caminando por la calle descalzo y sin pies, o con pies, es que a esta altura la locura se había vuelto un poco discapacitada y no podía pensar por sí misma, tampoco por mi mismo, la locura y mis pensamientos estaban divididos en un gran apagón por lo que lo único que me impulsaba a seguir en ese momento era un obturado vacío cerebral. Con la ausencia agazapada en mi mente pasé por la vereda de la casa de Amanda y por la ventana pude verla tocar el piano con el mismo vigor diario con el que era capaz de preparar una taza de té y tocar la novena sinfonía de Beethoven, gozando el suave movimiento de cada tecla bajo sus dedos con la profundidad de su columna vertebral. Desde la vereda quise besarla pero el sentimiento fue puramente corporal, surgió de mis labios, como si no tuviera la posibilidad de tener un mundo de ideas, de pensamientos, y totalmente obturado, mi cuerpo decidió pensar por sí mismo. Los deseos se manifestaron en la punta de mis labio, los sentí moverse detrás de mi iris, queriendo entrar a mis pupilas y murmurar el nombre de Amanda a mis corneas, que ahora apartaban la vista de Amanda y volvían a mirar a la calle una vez más. Y por un momento algo de mi cuerpo, habrán sido mis pies, quizo seguir hacia otros rumbos, pero el murmuro de mis pupilas desvió una vez más mi mirada hacia Amanda y mis labios se revolvieron una vez más en el mar del deseo que revoloteaba con agónica excitación al verla mover sus muñecas pálidas e indomables al ritmo de la sinfonia de piano melódico; y su pelo caía como las babas de un caracol negro por su espalda que se curvaba violentamente cuando el extasis músical copulaba con lo hondo de sus oídos, y su vestido de lunares color café libraba sus hombros a la vista de los gatos curiosos que desde el árbol de la vereda oían el sonido de las mil y una novena que Amanda interpretaba cada mañana después del desayuno y <Amanda> murmuraron mis pupilas <Amanda de cortos cabellos, de pezones con sabor a nuez, de mentón fornido y sensible a la simetría de tu cuerpo> y <Amanda, Amanda> y mi mano se movió hacia mi bolsillo y sacó una llave, y tanto mi lado esquizofrenico como racional seguían obturados por lo discapacitado de mis ataques y sólo podía ver un gran vacío delante mió, y ese vacío se volvió una cerradura en la que mi mano hundio la llave y giro para abrir la puerta y liberar la entrada. Y unos segundos más tarde estaba entrando, y un momento después estaba adentro observando a Amanda tocar el piano y a mi alrededor era todo realidad, pura materia, Amanda no era tanto Amanda sino un cuerpo en movimiento excitante y compulsivo y la música un gusto primitivo que era necesario oír con babero para detener la eyeculación constante de mis oídos vitalizados por las euforias mentales, y no existían ideas y tampoco pensamientos porque todo se reducía al cuerpo que delineaba la realidad puramente exquisita que permanecía como si no existiera distancia o separación entre el cuerpo del momento habitado y mi cuerpo y Amanda, que no era Amanda, si no que era otra parte del cuerpo de tres. Y con el brazo estirado tocamos la última tecla del piano que dio fin a la melodía y las frágiles estructuras terminaron de vibrar y todo se agrieto en una realidad volatíl que sin pensamientos, sin ideas, y sin deseos, sin nada que la sostenga, devino en un ataque cerebro vascular que termino de una vez por todas con la obturación y me libero al vacío de las conciencias rotas.