CUENTOS · 25 MIN DE LECTURA
Lo que fue de Pablo
Diez años en 10 golpes
Pablo Maxit
Golpe N°1
Por supuesto que no recuerdo nada, porque mi conciencia todavía no existía ¿O sí? Eso depende la perspectiva, pero con dos o tres días de vida supongo que mi impulso hacia el mundo era mínimo, mi yo estaba disuelto en el vacío de mi carne, en esa cabecita que ni siquiera podía construir una división entre sí mismo y el mundo: Todo era uno, yo, la incubadora, mi piel amarilla que llevó a los médicos a decidir que debían meterme adentro del tubo de vidrio durante mis primeros días de vida porque mi cuerpo no tenía el color que debía tener: Lean de nuevo, no “debía”, desde antes de tener conciencia debía, mi cuerpo debía ser, mi carne, mi piel, toda la responsabilidad humana desde antes de tener conciencia de lo que era el mundo coexistía en mí debido a la mirada de los otros, de los doctores de bata blanca que mirando a mi madre y mi padre habrán dicho algo así como <No, es que no tiene el color que debe tener, debemos ubicarlo dentro de la incubadora hasta que se normalice>.
Golpe N°2
Me soltó sin querer, quien sabe por qué. Generalmente la gente no piensa que eso puede ocurrir, pero ocurre. Yo, en cambio, si lo pienso. Cuando tengo un bebe en brazos lo pienso todo el tiempo, sé que se puede caer en cualquier momento y es por eso que lo devuelvo rápido, para no ser el culpable cuando el niño se caiga y muera con la cabeza estampada contra las baldosas de la vereda. En cambio, mi tío nunca lo supuso e igual le pasó: En un momento, mientras me sostenía, sus brazos se aflojaron, nadie sabe por qué, tal vez mi cuerpo pesó demasiado o una gota de agua furtiva le mojó la oreja provocándole un escalofrío, nadie lo recuerda; ni si quiera él que me soltó y escuchó el golpe de mi cabeza contra la baldosa. Pero tampoco importa el por qué. Lo que importa es que a diferencia de los bebes que caen al piso y se mueren cuando se quiebran la cabeza contra la vereda, yo sobreviví al golpe.
Golpe N°3
Recuerdo poco, todo llega de oído, de anécdotas que se descosen de las palabras de mis familiares que me cuentan retazos de las situaciones como si recitaran poemas incompletos. Pero aclaremos que la no tiene nada de poética, con tres años la verdad es simple, me di tremendo palo porque me caí de la mesa. El problema fue que enseguida me dormí y cuando me llamaron, debido al golpe, no desperté. Lo intentaron con fuerzas, pero no abrí los ojos. Mi madre lloró del susto. Mi papa levantó el teléfono y llamó a la ambulancia con una desesperación que le hizo errar tres veces las teclas hasta que marcó bien el número. Yo seguía durmiendo, plácidamente, tal vez, mortalmente. La ambulancia llegó rápido. La enfermera entró con una inyección en la mano y la clavó directamente en mi muslo, pequeño, de bebe. Un minuto después abrí los ojos. Mi despertar le devolvió la sonrisa a mi madre, a mi padre, y quien sabe, tal vez algo a mí.
Golpe N°4
Cuando somos chicos la comprensión de la vida es simple, de grandes la volvemos compleja para tener algo que hacer. En definitiva, para no aburrirnos. Por eso cuando me dijeron que no me acerque al perro porque me podía morder lo hice igual. Por eso esa noche cuando me llevaron al hospital para que me cosan la frente porque el rottweiler del vecino me había mordido no llegué a ninguna conclusión y tampoco saqué ninguna moraleja, porque ser chico se trata de eso, de que las cosas sucedan.
Golpe N°5
Tenía cinco años y todavía no sabía comer caramelos duros, pero quería aprender, por eso cuando mi abuelo me ofreció uno de color negro me lo metí a la boca y empecé a chuparlo. Unos segundos después el caramelo se me fue por la garganta y se atracó en el canal de mi vía respiratoria. Me empecé a asfixiar. La posibilidad de la muerte por asfixia se hizo presente mientras tocía como un chancho degollado y caía de rodillas al piso apretándome el cuello con las manos. Mi mamá gritó. Mi papá me tomó con las dos manos por los tobillos y me levantó en el aire, mientras daba arcadas el mundo se dio vuelta, todo quedó al revés; mi papá empezó a agitarme de arriba abajo hasta que finalmente el caramelo salió disparado contra el piso. Pero en ese momento, en parte por el alivio y en parte por el cansancio, los brazos del viejo flaquearon y me soltó: Todavía tosiendo, me di de cara contra el piso y mi cachete aterrizo contra el recién escupido caramelo negro.
Golpe N°6
Primero lo mordió a Francisco, después a Luciano, también atropelló a Maira y a los tres días le mascó la pierna a Camila. Le decíamos Pinky. Era un galgo callejero más rápido que cualquier otro perro del barrio, era una saeta con el cerebro comprimido dentro de una cabecita perruna que no podía contener tanto instinto violento. Un día mientras jugábamos a la escondida nos persiguió a todos al mismo tiempo, éramos siete gurises corriendo por las cuadras del barrio como fieras. Detrás de mí escuché a Luciano usar el kaioken para correr más rápido y por suerte cuando me abrí hacia un costado el perro lo corrió a él. En ese momento salté la reja y me refugié en la casa del viejo Chesini. Exaltado por la situación, pero seguro detrás de la reja, grité cuando vi que el galgo le pisaba los talones a Luciano. Desde la ventana de la casa, el viejo Chesini me dijo <Mariquita ¿Por qué gritas, si no sos vos al que están por morder?>.
Golpe N°7
Siempre andábamos por el barrio con la honda, salíamos de nuestras casas, caminábamos cuatro o cinco cuadras que bastaban para llegar a los campos deshabitados y sin permiso cruzábamos el alambrado para entrar a cazar pájaros. El primer recuerdo de ir a cazar con los gurises a los campos lo tengo a los siete años. Durante esos diez años no mate ningún pájaro, pero le tire a cientos. Todavía me pregunto si alguna vez realmente quería pegarles cuando les tiraba la piedra, porque por más que lo intenté ciento de veces nunca le pegué a ninguno. Por eso me pongo freudiano y me pregunto ¿Realmente les quería pegar? ¿Había una cuestión inconsciente que evitaba el golpe, provocando que tirara la piedra siempre dos o tres centímetros para un costado? Pero en un momento habré superado esa barrera, porque cuando cumplí los diecisiete finalmente una piedra le dio en la cabeza a un pájaro y lo maté, lo vi caer al suelo, miré el pequeño cadáver tirado sobre la tierra y entendí que tirarles piedras a los pájaros siempre tuvo que ver exactamente con eso, con la muerte.
Golpe N°8
Era costumbre robar maderas del aserradero, pero ese año las usamos para armar una casita bajo un árbol que estaba a solo veinte metros del aserradero al que íbamos a surtirnos ilegalmente de las tablas. Cuando la casita debajo del árbol estuvo terminada, el grupo de gurises que conformaba la casita se volvió sectario. Las juntadas en la casita se volvieron un tema serio. Empezaron a hacerse reuniones cada dos o tres días y si uno llegaba tarde lo echaban, desterrándolo para siempre del territorio. Eso le pasó a Francisco, la mamá no lo dejo salir a horario y cuando llegó la reunión había empezado, estábamos todos en ronda conversando sobre la nada. En ese momento le dijeron <Llegaste tarde, no podes volver más, ándate> y Francisco enojado nos miró a todos y dijo señalándome <Pablo también rompió las reglas de la casita, me contó que Mauro fuma>. Ese era el secreto que me habían contado en confianza y que tenía que guardar, pero claramente los había traicionado. Todos me miraron y salí corriendo al mismo tiempo que todos los demás picaron a fondo detrás de mí, pero nadie me alcanzó. Hice dos cuadras, llegué a casa, guardé un cuchillo debajo del elástico de la cintura de mi pantalón como si fuera la pistola del llanero solitario y volví a acercarme la casita, ahora, armado. Frente a la casita estaban todos los gurises parados, formando una hilera, me esperaban.
- Acércate Pablito, no te vamos a hacer nada -dijo Braian, y entre sus piernas vi asomar la punta del palo que sostenía con sus manos detrás de la espalda.
Golpe N°9
Estábamos en la vereda pasando el tiempo, hablando de lo que no entendíamos, murmurando sobre los incendios y los piquetes de los que hablaba la gente del barrio.
- Mi viejo me dijo que están todos incendiando gomas y tirando piedras, vamos a tirar piedras -dijo Luciano.
Lo miré y me quedé pensando, corrí a casa y entré a buscar a mamá.
- ¿Má puedo ir a tirar piedras con los chicos al supermercado?
- ¿Vos estás loco? Es un peligro, por supuesto que no podes -me dijo haciendo retroceder su boca con una mueca de espanto- y no salís más, te quedas acá adentro hasta la noche.
Esa fue la decisión final de mi mamá, no salí más en toda la tarde.
En casa prendimos la tele y nos quedamos mirando el noticiero. Mientras mis amigos tiraban piedras con los piqueteros, a mí me tocaba quedarme con mi madre mirando los saqueos al supermercado por la televisión.
Golpe N°10
Braian estiró los elásticos de la honda hacia atrás, con la fuerza del brazo, finalmente los soltó y la piedra salió a toda velocidad e impactó contra la botella. Francisco lo miró e intento superarlo, hizo su intento, pero falló. Era inevitable, Francisco siempre fallaba. Luciano disparó y la piedra golpeó con fuerza contra la botella de plástico, estaba trabada con el pico dentro de un fierro para que no se caiga. Yo, sin honda, aburrido, levanté una piedra y la tiré con la mano, le pegué.
- No le tires con la mano mongo, estamos tirando con la honda -dijo Francisco- si le tiras de nuevo te la pegó.
Levanté otra piedra y le tiré a la botella, le pegué.
- Te dije que no le tires mogólico -dijo Francisco, levantó la honda cargada con una piedra, estiró los elásticos y me pegó un hondazo en el cuello a medio metro de distancia, me fui llorando.
Cinco años después, en el mismo lugar donde me había pegado la piedra, me tuve que hacer una intervención quirúrgica para extraerme una extraña pelota de grasa que se había formado en el cuello. En el lugar en que me operaron, en ese mismo lugar donde cinco años antes había recibido el golpe del hondazo, me quedó una cicatriz.
Memorias violentas
Pablo Maxit
10 años: El coliseo
El placer de la violencia, de la piña estampada contra la cara, la inevitable fiesta de la sangre que pulsa por salir por las heridas del rostro. Pégame que lloro, pégame que te devuelvo el golpe y te hago llorar. Pégame que somos adolescentes y la adolescencia es un territorio violento: No me mientas ¿En qué escuela no ponen nombres a los que usan anteojos? Yo los empecé a usar a los diez y por eso terminé por estamparle una trompada a Martin en el rostro girando sobre mi propio eje y sin levantarme del banco, cuando me dijo cuatro ojos. Por esa misma razón, porque la adolescencia es el coliseo de los inexpertos, es por lo que Diego, sin levantarse del banco, me pegó una piña directa a la nuca y me dejo llorando.
Ese año, por el solo hecho de usar anteojos, terminé con dos peleas en mi historia de vida, luego vendrían muchas más.
11 años: La botellita y el azar de la violencia
Está claro que nunca supimos jugar a la botellita, porque si no hubiéramos terminado todos a los besos y no a las cachetadas. Pero en aquella época nadie lideraba el grupo sabiendo que lo hacía, las cosas sucedían como encadenadas por los movimientos de nuestras emociones infantiles: En un momento del cumpleaños un chico gritaba la palabra botella porque quería tomar gaseosa, pero una chica que lo escuchaba decidía que era más divertido tirarle con una botella vacía por la cabeza que pasarle la gaseosa. La botella vacía caía al piso y de pronto estaba girando, y mientras giraba algunos se sentaban alrededor y entre gritos y festejos nos encontrábamos todos jugando a la botellita. La botella giraba sobre su eje impulsada por el músculo del brazo hasta que finalmente señalaba a los elegidos. Pero el beso no llegaba nunca. Las mujeres por mayoría habían decidido que el premio no sería un beso sino un golpe, habían optado por el precioso azar de la violencia. Por lo que de un momento a otro a uno le reventaban el pómulo de un cachetazo, como esa tarde, me sucedió a mí.
12 años: El sometido
Salí al patio de casa y le pegué una patada a los azulejos, quebré cuatro y otros tres quedaron desparramados por el piso. Los pisé uno a uno, con rabia, queriendo hacer añicos hasta la última de sus fibras para que desaparezcan y con ellos se desintegre lo vivido en el día. Porque el ojo morado que tenía no implicaba solo que un día antes había recibido una trompada, sino que todavía me faltaba soportar las cargadas en el colegio por haberla recibido. Por eso esa tarde volví a casa con suficiente enojo como para quebrar a patadas todos los azulejos: Porque cuando a uno lo somete el músculo y no devuelve el golpe en el momento, solo le queda la violencia del impotente, la violencia contra los objetos.
13 años: Crónica de un meo
En el techo de la casa de Martin, donde todos nos reuníamos antes de la clase de gimnasia, todos los que habían llegado más temprano mearon en un tarro y cuando toqué timbre me tiraron el meo encima.
- Péguenme, insúltenme, pero no me tiren meo encima -fue mi declaración, pero era tarde, mi remera estaba tan húmeda como mi cabeza.
Ese día en clase de gimnasia no salude a ninguna de las chicas.
14 años: Esta bien estar derrotado
Está bien estar derrotado
me dije esa vez
cuando la madera lo partió todo
cuando la sangre comió mi rostro.
Está bien caer de rodillas sobre el cemento
sangrar en el centro de la plaza
mientras un perro corre en círculos persiguiendo su correa
en un mundo que pertenece a los gatos.
Esta bien estar derrotado
ver endurecerse las emociones en la sangre seca
y quedarse en silencio
esperando por algún llanto.
Esta bien estar derrotado
me dije esa vez
frente al perro que lamía mi sangre
después que me partieran la frente de un palazo.
15 años: La violencia no tiene heroes
Lo empujé porque me dijo que era un pelotudo, me pegó una trompada y me volteó de una. Quedé tirado en el piso, llorando, como otras veces les había ocurrido a los que les pegué en otras circunstancias, en otro contexto ¿Pero importa en que situación se da la trompada? En el momento todos intentamos decidir el grado de justicia de la violencia, si el golpe fue en defensa propia o impartido a partir del placer y la perversión. La situación le importa a los que desean impartir justicia. Pero la realidad es simple, la violencia no tiene héroes: El que pega ahora, llorara mañana, y todos los participantes serán perjudicados.
16 años: Sometido por el músculo
Lo ahorqué. Le pasé el brazo sobre el cuello y apreté el antebrazo hundiéndole la nuez de adán contra la garganta. Él no grito, no podía hacerlo. Mudo, con las cuerdas vocales aplastadas contra la garganta, se puso rojo, colorado, intentó escupir un quejido que no salía. El brazo inmóvil, apretaba con fuerza, no el individuo, no el sujeto, solo había músculo porque la mente permanecía alienada. Emanuel vio la situación y dio un gritó, el profesor llegó corriendo y me agarro del lomo y me tiró para atrás; Alejandro lloró, con el cuello rojo y mojado por las lágrimas. El profesor señaló un moretón en el cuello de Alejandro y dijo <¿Qué carajo paso, están locos?>, lo miré y me quede callado, Alejandro, llorando desconsoladamente, con el pecho cabalgando por la falta de aire y apoyando la mano sobre la mancha violeta del cuello, simplemente dijo: No sé qué paso, lo estábamos jodiendo como lo jodíamos siempre.
17 años: La gran gambeta
Lo que importa en una pelea, además de herir, es defender la carne. Digas lo que digas, lo que te cortan y te duele es el cuerpo. Eso es lo que me dolió cuando Nahuel me partió la cara de cuatro trompadas seguidas. Nunca me habían pegado tanto, de continuo y con ritmo, pero lo que más me sorprendió no fue el compás de los golpes, sino la gambeta. Cuando levanté el brazo para responder con una trompada, Nahuel no me paró con el cuerpo sino que me gambeteo con la palabra: Pará que me saco los anteojos, me dijo, e increíblemente, me detuve a reflexionar y paré. Desconcertado baje el brazo, la guardia, el acercó las manos con lentitud al rostro y bien despacio se sacó los anteojos, pero en el momento en que los posó sobre la mesa empezó la zurra de golpes inminente. No la supe ver, no me pude adelantar a la intención, me sorprendió tanto que ni siquiera cumplí el primer principio de una pelea: No pude defender la carne. Esa mañana, la sangre que me brotó por la nariz manchó el piso del colegio, reflejando el pizarrón del aula, al que Nahuel, siempre miraba con sus anteojos, arma principal, de la gran gambeta.
18 años: La ronda
La ronda se formó inevitable a nuestro alrededor, como era de esperar, como debía suceder; <No hagan nada> gritaban <Dejen que se saquen la rabia>. Esteban me tiro un golpe pero erro. Una silla del aula voló por arriba de los bancos y cayó en mis pies. La ronda quería pelea: <Que lloren, que lloren> cantaban los chicos y chicas mientras aplaudían. Nosotros nos agitábamos como dos chanchos roncos y apenas nos manteníamos en pie después de dos minutos de piña va y piña viene y <Que lloren, que lloren> cantaban las mujeres mientras los otros hombres festejaban la pelea. Pero nos cansamos antes, antes de llorar, antes de seguir conflictuados como violentos. En ese momento paramos la pelea, pero por las dudas, para ver qué pasaba, la ronda ensañada siguió cantando un ratito más: Que lloren, que lloren.
19 años: La impotencia
Eran las tres de la mañana cuando aparecieron ellos, Matias y sus tres primos. Cuando Luciana vio acercarse a su ex novio, dijo que doblemos y así lo hicimos. Nosotros éramos dos hombres y dos mujeres. Matias nos siguió mientras borracho le gritaba a Luciana que pare porque necesitaba hablar con ella, pero como no parábamos se acercó hasta el lado y la agarró del brazo. Luciana le gritó que la suelte, en esa situación Agusto se quiso plantar de cara a Matias, pero uno de sus primos lo volteó de una trompada antes que pudiera hacer algo. Luciana forcejeo para que la suelte, su Matias la empujó contra la pared con fuerza y ella cayó al piso. <Para que la está lastimando> le grité pero uno de los primos me decía <Déjalos hablar loco, déjalos hablar>. Después de unos minutos de discusión Matias dejó que Luciana se fuera. Eso fue hace cuatro años, ahora viven juntos.
20 años: El golpe, una invitación a filosofar
- ¿Tenes Coca para el Fernet? -Me dijo ella, y sonrió.
- No, pero si me convidas un traguito puro tomo igual -respondí, el sol de las seis de la mañana me daba en los cachetes rojos, todos los que quedábamos bailando en la vereda estábamos borrachos.
- Estas loco -dijo riendo, y no me convido.
- ¿De dónde sos?
- De Larroque ¿Vos? -me preguntó, y seguimos hablando.
La charla apenas fluía, estaba estancada en el pantano del alcohol y la resaca, pero no fue necesario esforzarse, porque en ese momento llegó el gordo Mazorca. Entro en escena como si subiera al escenario de una obra de teatro y supiera el guion de memoria; acompañado por su metro noventa de alto y su grasa tan excesiva que mientras caminaba parecía querer escapar en todas las direcciones.
- ¿Te gusta la piba? -me dijo.
- ¿Cómo? -reaccioné confundido, pero enseguida lo calé- No ¿A vos te gusta?
- ¿Es tu novia? -continuó el gordo Mazorca sin más.
- No ¿Es la tuya?
- ¿Te la queres cojer?
- ¿Vos? -le pregunté con tono burlón.
Pero el gordo Mazorca nunca respondió, me plantó un empujón de una y en ese momento sin pensarlo solté el pulso y le clavé una trompada de lleno. La piba, su novia, gritó. El gordo no se movió. Su rostro ni siquiera pareció hundirse, como hacían generalmente el de las personas que recibían una trompada. Se quedó quieto, inmóvil. No dijo nada. Pero los ojos se le pusieron grandes, inmensos, como si no comprendiera lo que estaba pasando. El gordo Mazorca nunca se movió, se quedó ausente, como si de golpe se le hubiera desfasado una parte del proceso cerebral. La novia volvió a gritar y en ese momento, dos amigos aprovecharon que el gordo no atinaba a moverse y tirando de mis hombros me hicieron retroceder, me llevaron hacia atrás, media cuadra, una cuadra, dos cuadras, hasta que nos perdimos en las calles de la ciudad.
Dos días después me enteré que el gordo se quedó en silencio durante un minuto entero, hasta que finalmente dijo: ¡Me pegó! El hijo de puta me pegó. El gordo no lo esperaba, nadie en su sano juicio le pegaba al Mazorca, no había forma de bancarse tremenda cantidad de grasa muscular. Si el gordo hubiera reaccionado, me quebraba el hueso craneal de una sola trompada. Pero no lo hizo. Mi piña de flacucho borracho lo sorprendió tanto que se quedó en el molde, calladito, recalculando en el interior de toda esa grasa cómo había pasado lo que pasó.
Los sabores de la mañana
Pablo Maxit
Metí la mano en el cajón y saqué dos medias, no eran un par, eran median desiguales, porque hace cinco años decidí que no iba a usar más pares para oponerme a la sociedad. Ese iba a ser mi signo de rebeldía, ese todavía lo es, una rebeldía que es de algodón térmico en invierno y que se acaba cuando llega el verano, pero al fin y acabo, una que es mía. Me puse las medias de diferente color con las zapatillas y salí a la cocina, sentada en la mesa estaba Diana escribiendo la tesis que empezó a redactar hace cuatro años y todavía continua, como si redactara el infinito, como si en este tiempo lo hubiera escrito todo pero todavía faltara más, porque eso es lo que ella repite desde hace dos años <Es que todavía me falta un capítulo más>. Pero en lo cotidiano uno se acostumbra a todo: a Diana haciendo su tesis todas las mañanas, a Tatiana escarbando los granos de café con el dedo en el interior de la taza antes de servirse el desayuno, a mí mismo quemando las tostadas de pan dos o tres veces a la semana y dejando las hornallas prendidas por olvidadizo. Pero esa mañana faltaba algo, dudoso me preparé un té y lo tomé mirando los edificios que se elevaban al otro lado de la ventana del departamento; pasé unos segundos sin entender el porqué de ese sentimiento de extrañeza, hasta que en un golpe de conciencia mañanera lo comprendí. Me di cuenta que lo que faltaba era el mal humor matutino ¿Por qué estoy de tan buen humor? Me pregunté mirando los edificios a través del vidrio, pero no logré llegar a ninguna conclusión. Me sentía demasiado bien sin razón alguna, liviano como una manta pequeña que cubre a un bebe en su cuna, resguardado como el mineral no descubierto por el hombre. Tomé un sorbo de té mientras escuchaba el continuo tecleo de los dedos de Diana sobre su computadora y me concentré en el repercutir de sus movimientos. Me pareció encontrar algo universal en el interior de ese sonido, como si fuera un sonido interpretado por todos los tesistas del mundo en el momento en que solo tienen un objetivo: Ponerle un punto final al constante tecleo de los dedos. El buen humor movía mi curiosidad hacia los detalles ínfimos de la mañana revelando detalles ocultos, por lo que seguí buscando alguna pista en el interior del sonido que brotaba del tecleo, pero no pude encontrar nada más. La monotonía del sonido plástico venció mi creatividad. Continué en búsqueda de percepciones y me di vuelta para mirar a Tatiana que estaba sentada en la punta de la mesa. Estaba con su computadora bajando el último disco de Marama mientras cantaba por lo bajo la última canción de Miss Bolivia, que decía algo así como <… a ella la llevaste a nuestra habitación… la besaste junto a nuestra foto de Europa y le diste masa en mi colchón>. Me quedé pensando en mi imposibilidad para llenar mi mente con letras de canciones, para recordarlas mientras camino o tomo té y desayuno o explico algo a alguien y decirle <Es como la canción de…> además de seguro si pudiera hacerlo mi vida sería más fácil porque en vez de pensar en todo lo que habita en la parte oculta de mi mente pensaría en Talking Heads, o en Cocorosie, o en Jorge Drexler o en una de Leonard Cohen; es más, aposté dando el último sorbo a la taza de té y mirando de nuevo hacia la ventana que <Seguro si pudiera simplemente cantar una y otra vez estribillos de canciones me levantaría todas las mañanas de buen humor y no me resultaría extraño sentirme bien. Me levantaría cantando el estribillo de Eye of the tiger y saldría a correr 85 kilómetros por la autopista a Buenos Aires hasta que me salgan músculos tan hinchados que parezcan otra extremidad de mi cuerpo o me exploten las venas de las piernas; si, esos serían buenos tiempos>. La última frase resonó durante un momento más en mi cabeza como si golpeteara algún fondo los recovecos mentales, algún deseo inconcluso o un recuerdo que se negaba a salir <Los buenos tiempos> pensé. Miré la hora en el celular y me apuré a irme porque llegaba tarde, dejé la taza en el lavamanos sin lavarla, busqué mi bolso, guardé los cuadernos, y me despedí de las chicas mientras por lo bajo el canturreo de Miss Bolivia de Tatiana y el tecleo de la computadora de Diana formaban una rara melodía tecno-humana; me reí por lo bajo y salí del departamento, cerré la puerta separando los sonidos del interior del departamento de los del pasillo del edificio y salí al mundo siendo consiente de mi buen humor, esperando ansioso cualquier situación para ponerlo a funcionar.
Una vez en la vereda caminé sonriendo mientras escuchaba This must be the place de Talkings Heads en los auriculares y chasqueba los dedos al ritmo de la música. En la vereda, el calor del sol me alcanzó la piel, levanté la vista hacia el astro y al mirarlo me pareció que brillaba ridículamente bien, demasiado, como si esa estrella ubicada a 149 millones de kilómetros de distancia estuviera de acuerdo con la forma en que me sentía y quisiera que lo supiera; pero aunque primero me pareció irrisorio enseguida recapacite ¿Pero acaso no me pasa lo mismo con los días nublados cuando mi humor es nulo y al mirar las nubes grises siento que me comprenden? Pensé la pregunta por un momento, y mientras cruzaba la calle llegué a la conclusión que la diferencia estaba en que, generalmente, me sentía de acuerdo con las nubes grises pero no con el sol, esta era una sensación nueva, al igual que levantarse de buen humor en la mañana y escuchar la melodía tecno-humana que sin saberlo tocaban Tatiana y Diana dentro del departamento.
Llegué al quiosco y entré para comprar un alfajor, el buen humor ameritaba una dosis de dulce de leche con harina de la peor calidad, por lo que busqué con la mirada los alfajores Guaymayen y me puse en la cola a esperar que atiendan a la chica joven que estaba adelante. Mientras esperaba moviendo el pie derecho al ritmo de Psycho Killer, entró al local una mujer de unos cincuenta años que sin decir nada se concentró en revolver el estante del pan; cuando se agachó, por un momento su pelo recién teñido de rojo brilló bajo el fulgor del sol que se colaba por la ventana y sus uñas pintadas de un bordo ladrillo se mezclaron con las bosas transparentes del pan. La chica joven terminó de comprar y se fue. Volviendo la vista hacia el quiosquero le pasé el Guaymayen triple y le dije: ¿Cuánto es?
- ¿No sos de Argentina no? -dijo la mujer dándose vuelta, moviendo sus ojos ocultos debajo del flequillo rojo hacia mí.
- Si, como no -me reí- ¿Por qué?
- Tenes acento de colombiano.
- Es que vivo con una chica de Colombia y otra de Ecuador, debe ser eso.
- ¡Yo sabía! -dijo contenta- Es que hace un mes estuve en Colombia, el acento me quedo grabado.
- Yo no me doy cuenta.
- Es que es como todo -dijo la señora haciendo una pausa- para darnos cuenta tenemos que tomar distancia, pero lo más difícil es tomar distancia de uno mismo.
Saludé a la señora y salí del quiosco con las palabras de la mujer gravitando en largos círculos en mis pensamientos, como si la última frase fuera un pequeño hámster hiperactivo que corriera dentro de una ruedita calzada en el interior de mi cabeza; mientras caminaba con mis pensamientos atravesados por esa última frase me pregunte ¿Realmente estoy de buen humor? ¿Si me parara fuera de mi y me escuchara hablar oiría mi acento colombiano? ¿Si me parara fuera de mí y me saludara a mí mismo, sería tan obvio mi buen humor? La falta de una respuesta concreta siguió girando y el sol volvió a hacerse sentir en mi piel como si intentara hacerme entender algo; en el auricular terminó una canción y el ritmo de Uh Oh, Love Come to town inundo mis oídos con David Byrne cantando wait, wait for the moment to come mientras calmado daba otro paso por la vereda rota salpicando mis pasos por las baldosas y reflexionando sobre la mujer de cabello rojo, Diana, Tati, y el sol, como pequeños satélites que en la mañana habían ido surgiendo y filtrando sus ecos a través de la persiana. Levanté la vista y miré el sol, lo contemplé durante un momento y sentí que la piel se calentaba todavía más mientras David Byrne cantaba Love love love is simple as 1-2-3 y mis ojos se perdían en algún punto de toda esa luz al mismo tiempo que mi mente se blanqueaba dejando todos los satélites atrás, olvidando por un momento a Tati, a Diana, a la señora del pelo rojo y a mi buen humor, sumergiéndome en un sol que me parecía inédito, tragicómico, que se reía de mí, porque en lo profundo de mi inocencia, creía que una estrella que estaba a más de 149 millones de kilómetros de distancia era la única capaz de entender algo sobre lo que ocurría esa mañana.