CUENTOS · 10 MIN DE LECTURA
La voz del loco
El loco deambula, raro, rengo, sus manos son su biblia, escribe sobre ellas todo el día, un rostro de fuego, dos palos quebrados por la podredumbre, así es acá, nada más que un café por la mañana acompañado de una magdalena con tres pastillas y después cuatro, tal vez tres más llegando la noche con un refrigerio blanco, duro, con caspa; pero no es que importe, uno acepta los controles, come tres manzanas grises, no esquiva, se acostumbra a los guardapolvos blancos y con el tiempo las perversiones se desnudan frente a un público de iris negro, de pupilas negras, y ante tanta negrura apática el loco se convierte en una estatuilla de pudor quebrado ante una mirada que lo declara culpable por el solo hecho de ser un desquiciado.
Porque el que acepta lleva tiempo permaneciendo en esta prisión de cal en la que se mueven los desaforados por encontrar el punto de equilibrio, que ordenan encontrar los que levantan la vara de tiza sobre su pizarra de doctores e indican que es hora de acolchonar el cerebro, y con su condescendencia doctoral arrollan nuestro impulso con pastillitas blancas y de otros colores que nos restrigen, mientras las enfermeras maternas, con amor clínico, nos brindan su leche de teta de manicomio a cada hora del día para mantenernos tranquilos, acolchonados, durmiendo.
En el techo un ventilador gira a un ritmo que no es el de los demás y eso molesta a los que sentados en el salón insultan su girar estúpido y erróneo que no está alineado al de los otros y Matias vocifera insultos y dice cosas y sigue raro rengo, porque eso es él, raro rengo, al menos lo es acá, fuera no sé, en los pasillos murmuran que nunca salió, que nació acá dentro en una cueva de ratas escondida detrás de la cama de la habitación 301 en la que lo encontraron durmiendo entre agujas punzantes y discos quebrados de los Beattles. Y no sé sí es cierto porque algunos mienten tanto que ellos mismos lo creen y por esa bola de insensatez la posibilidad de un destello de verdad se pierde por el hueco de algún lavamanos cuando uno dice a otro mientras abre la canilla que; y uno no sabe si creer al que tiene al lado moldeando la historia o ir hacía otra sala para escapar de otro abertura en la veracidad tan fisurada; pero en esos casos tengo mi forma de averiguar la veracidad del comentario con la técnica que me enseño Aurelio a la que llama <La técnica del cuerpo que sabe> con la que tiro tres veces de mi oreja y después con el dedo me pico el ojo y así averiguo la certeza de mi pensamiento destruyendo las incertidumbres que confabulan en la abadía del desasosiego; y recuerdo que me la enseño un día mientras persistía en el intento de que me explique de donde provenían sus poderes de adivinación y finalmente ¡Oh Aurelio! Finalmente todo salió de tu boca envuelto en la lágrima de una deidad que se esconde debajo detrás de tus pupilas.
- Vos sos un simple mortal Jorge, pero si querés te puedo enseñar una técnica de mis antepasados los Egipcios para tu problema de confusión.
- ¡Sí sí Aurelio sí!
- Te va a costar el postre de esta noche.
- Es todo tuyo Aurelio oráculo todo tuyo.
En ese momento no me respondió y tras darme la espalda se fue caminando, al verlo irse supuse que no era digno de ser su aprendiz pero aún así me acerqué a él esa noche y le entregue el postre haciendo una reverencia e hincándome de rodillas.
Él me pidió que lo mirara y al levantar la vista en sus pupilas vi simios con sonrisas petrificadas y babas colgando de sus pestañas, rodeados por lumbres de luciérnagas en densidades existenciales ¿Cómo explicarlo? ¿Cómo si casi muero ante la belleza?
- Cuando tengas dudas tira tres veces de tu oreja y después pícate un ojo con el dedo índice y así conocerás la verdad.
¡Oh cuando te recuerdo gran Aurelio! Señor de aquellos, espero que nunca abandones nuestras salas, nuestras pastillas blanquitas con los que nos alimentan cada día… Conoces el significado de cada mancha en la pared aún sin develar, oráculo, sos un trozo de éter cristalizado, sos fuga de verdades que nos vuelven aún más lúcido de lo que somos y por eso espero que algún día vuelvas a develar otra de tus técnicas conmigo un simple hombre que alguna vez devino en persona manicomio y tuvo la suerte de llegar a tú lado.
Desde el día en que Aurelio me revelo una de sus técnicas secretas cuando deseo comprobar la veracidad de un pensamiento que ambula por mi mente sólo pongo en uso la triple acción que me enseñó: Un tirón de oreja, un piquete directo al ojo y después me apretó la nariz y desde algún lugar volátil e inmaduro en el que muere una estrella de cerámica en cada segundo, llega a mí una sensación desconocida que revela si mi pensamiento es falso o verdadero y la certeza deviene a mí con satisfacción.
A menudo uno de tantos con el nombre de Mario se acerca con paso lento hasta mi habitación y en otro salón a algún nervioso rompe una taza y se le vuelca el café sobre el suelo y alguien resbala porque esas cosas pasan, y el deseo de Mario siempre es el mismo, acercarse para poder pedirme que use mi técnica para convertir sus incertidumbres en certezas y al llegar a mi habitación toca la puerta con su puño cerrado y en cuatro intervalos y luego vuelve al primero en un golpe de nudillos… Y al reconocer su golpeteo suspiro por dentro con ansiedad fresca ante su persistencia ¡Ay Mario, loco Mario, loco terco, siempre duda miedo duda incertidumbre! ¿Cuándo te valdrás por ti mismo? Pero cuando llega el momento nunca me atrevo a susurrarle esa verdad a sus oídos porque su cobertura de piel es tan frágil y senil que lastima las esperanzas de verlo vivo un poco más. Y así con insistencia se acerca y murmura y pregunta y más allá de ese presente mientras Mario da lengua a sus deseos para obtener provecho de mi sabiduría recuerdo a Muriel con su amor que profesó por mí en nuestra época de noviazgo hace veinte años y enseguida siento que aún la extraño un poquito con mi corazoncito de voodo pinchado; pero Mario de una bofetada expulsa mis recuerdos por lo que recobro lo que soy y salgo de mi ausencia mental y enfurecido ante mi falta de atención intenta golpearme de nuevo y no puedo entender como Mario terco loco terco logró percatarse de que no lo estaba escuchando; y enseguida otra bofetada por lo que reacciono y arremeto rabioso y en el forcejeo caemos al piso y desde el fondo del pasillo llega el grito de un guardapolvo blanco que da la orden de que paremos el escandalo pero no hacemos caso, estamos en furia, y él es guardia, es blanco, y en un segundo está sobre nosotros y con su potencia nos arrastra y me arrastra y termino en la camilla atrapado por las correas y revolviéndome con brusquedad en el intento de escaparme recuerdo que estoy loco, trastornado, tan trastornado que tiene que inyectarme contra mi voluntad y una vez más en el ir y venir de la rabia retorna todo el odio insustancial a mi interior.
En la otra cama a mi lado y atado Mario me acusa y dice que sólo deseaba que use mi técnica para curar los dolores de cabeza que le provocan las inconsistencias que lo deambulan y le otorgue un poco de mí certeza.
- ¡Y sí si siempre querés lo mismo! Todos quieren lo mismo.
- Es todo tu culpa, tu culpa porque no querés enseñarnos la técnica ¡Tu culpa!
- ¡Envidiosos! Vayan a Aurelio como lo hice hace tiempo no molesten no molesten.
- Aurelio se ríe de nosotros, dice que no, que no podemos saber nada, que somos tontos.
- ¡Sí Aurelio lo dice deberían aceptarlo tontos!
- No no no…
- ¡Si tontos!
- ¡No!
- Silencio ustedes dos.
El guardapolvo blanco ha hablado, anunció que es hora de callar, encamillados y atados con correas cesamos de discutir con gritos afónicos en la distancia y nuestras gargantas secas rendidas al silencio se apagan para dar a paso a pensamientos internos. Sólo con mirarlo sé que está cavilando lo que me dirá mañana cuando estemos otra vez en el salón general e intento concentrar la energía de las habilidades que me dio el oráculo para saber que está pensando pero nada, está vez nada, sólo densidad apenas traslucida en la tempestuosa calma de los pensamientos de Mario que ambulan detrás de un vitral de paisajismos vernáculos. Desisto de excavar en la grisura de su reflexión por lo que vuelvo sobre figuras andróginas, retratos acéfalos, amaneceres de acrílico fallidos y otras imágenes desamparadas que acurrucan la nuca de lo que figuro cuando el murmuro externo se desmorona. Guardapolvo blanco interrumpe el caminar de mis siluetas sin rumbos, ceso mi abstracción y lo observo, apenas me da una mirada, deposita un bol con pastillas sobre la mesa ratona y con ademanes para incitar la calma se entrega a liberar las correas que apresan mi cuerpo y tomo las píldoras con entusiasmo, las quiero tanto que las trago en seco y al tocar el fondo de mi estómago adoro su sexo blanco en mi interior.
El día pasa y sigo en la camilla y esto es así, acá, siempre adentro entre paredes del mismo color blancuzco bonito de las pastillas diurnas, nocturnas, que desmontan su polvillo en mi interior y pasan a ser mi cotidianeidad en acciones siendo las diminutas pulgas que al estar dentro mío encaminan todo lo que me hace devenir loco hacia los lugares que creen convenientes los no locos. Y sé cómo funcionan porque me lo explicó Mario en los días en que todavía estaba lucido y era agüita clara de pozo, cabellos de negro epicúreo, pómulos blandos de color ocre y otras siluetas más vivas que evocaba al verlo en la época en que era el más bello de los locos y lo era y lo fue hasta que abandono sus pastillas y nos las tomó, o sí las tomó, o eso aseguraba él pero como creerle si un día antes del ataque de locura incontenible que manifestó en medio del comedor, confesó a mis oídos su nuevo método de medicación: cada día a cada hora en cada ocasión en que recibía sus pastillas en vez de tomarlas y depositarlas en algún fondo angustioso de su estómago las guardaba debajo de su lengua, y luego, en su habitación, la tomaba con sus dedos y haciendo círculos frotaba la pastilla húmeda sobre su cachete derecho hasta hacerla desparecer.
- Y así te curas para siempre.
- ¿Y por qué a mí no me funciona Mario?
- Porque no sos no sos, vos tenes tus poderes, la cura es solo mía.
Y después Mario terco loco terco empotrado en el miedo, dentro de su estallido de locura y estancado dentro de su carne es encerrado en un cuarto que finge ser refugio pero que en realidad es cárcel, y así anulan nuestras potencias, mientras con parafraseos de seguridad nos convencen de envolvernos en un capullo blancuzco hasta que la tempestad apacigüe su rumbo, y así Mario apartado, Mario senil, Mario gastado, Mario.
Y un golpe de tiempo más tarde Mario más o menos recuperado con sus incertidumbres y sus siniestros recuerdos de los momentos de desesperación es cegado por un manto puro, confeccionado por un montón de píldoras enhebradas con hilo alrededor de sus pensamientos que reducen sus problemas a un mero pasear autista por los pasillos del edificio.
Y así anduvo hasta su arrebato por mi ausencia de la mano de las memorias de Muriel, por lo que ambos terminamos en las camillas, cansados, discutiendo, víctimas de los guardapolvos blancos y de nosotros mismos.
Pero ahora Mario no está a mi lado y las correas blandas sobre la cama solo retienen ausencia porque a guardapolvo blanco le dieron la orden de llevar a Mario al salón de algodón a causa de su agresividad espontanea, en el que lo guardan, como ellos explican, solamente hasta que abandone su costumbre de enloquecer.
Y acostado en la camilla, en soledad, sin Mario, miro a través del ventanal y entre tanto vacío descubro en una epifanía que nada existe allá afuera y que ese mundo no es más que un hueco inalcanzable que no me importa porque aquí dentro mi tristeza es tanto más real que cualquier banco de madera o cualquier ser que se mueve o se tambalea en esas tierras sobre las que alguna vez me gustaría pararme y con actitud de perro orinar el suelo y reclamar con bronca mi territorio en ese otro mundo.