CUENTOS · 12 MIN DE LECTURA
La hipotésis de Dorcho
Hojas sobre la mesa desparramadas y café por aquí y por allá, lapiceras sin tinta además de una cantidad de bollos en los tachos, caminatas y susurros, murmuros y erratas, cuantos pensamientos habían sido ciertos y otros tantos solo errores. Profundizar en la investigación había sido lo más difícil para Dorcho, pero entre desayunos, lecturas y búsquedas de más y más información lo había logrado; es que la hipótesis no era fácil, era tan mundana y al mismo tiempo tan generalizada que había tenido que hacer montones de pruebas con una cantidad muy grande de sujetos diferentes. Aunque más que sujetos eran niños, todos niños, y y lo que había hecho la investigación más llevadera es que eran muy simples, ya que solo tenía que verlos jugar, jugar y jugar cada vez un poco más, luego de un tiempo se había vuelto un hobby, siempre descubría cosas nuevas o veía actitudes que se repetían y las anotaba para luego agregarlas a las notas de investigación. Al fin y ha cabo la hipótesis parecía simple, pero a la hora de profundizar había resultado más difícil de de lo que parecía: “Todos los niños entre dos y ocho años de edad no son capaces de jugar por más de dos horas (120 minutos) a un mismo juego (exceptuando plataformas digitales)”.
Y ahora en la oficina de su casa Dorcho y sus recuerdos, y el tiempo y las horas de avistamientos de niños llevados especialmente a una plaza u otra, las largas charlas con la curiosidad de las madres y su necesidad de saber lo que se anotaba de sus hijos; la cámara filmadora siempre filmando, la revisión de cantidad de horas de material filmográfico, los permisos no conseguidos y las discusiones, el cansancio, las horas de profundización en base a la psicología de los niños, de la mano de Freud, de Lacan, Freire, Giroux y otros tantos más, y finalmente el fin. Desde la ventana recordaba y bebía café, un poco más, siempre una gota de más de esa bebida que nunca podía distinguir si era negra o marrón, no tanto para mantenerse despierto como por el gusto de amargo y el jugueteo de la lengua contra el paladar. A veces pensaba si durante tantas horas de lectura y escritura no se había convertido en algo más nocturno, en una presencia etérea durante la noche porque nadie más que él estaba con él, constantemente solo, pero tranquilo con esa individualidad que lo acortejaba.
Hoy era una de esas tantas noches que se volvían amaneceres, eran las ocho de la mañana y Dorcho aún seguía en vela releyendo algunas partes, dando algunos detalles más, endulzando su ego con la lectura de su investigación terminada. Dio un largo trago de café y lo mantuvo un momento en las fauces e su boca antes de tragarlo, luego con la lengua empezó a palparse el paladar como jugando con el sabor amargo y pegajoso que tanto le gustaba; continuó leyendo otro rato, miro el reloj y eran las nueve, y aún seguía en despierto en pleno día, evaluó la posibilidad de acostarse, pero unas risas que escucho venir de la calle lo llevaron a mirar por la ventana a ver quién andaba por ahí. Tal como había imaginado, era Julio Choredo que había salido a jugar a la vereda, enseguida recordó los primeros meses de investigación con los sujetos de prueba, Julio había formado parte del tercer grupo junto con su vecina Maria y otros niños de diferentes barrios. Aunque esta vez Julio estaba con otro niño al que no conocía, por el entusiasmo con el que jugaban y las risas recientes que antes no se habían oído, calculo que recién debían haber salido afuera a jugar a las bolitas. Al ver a Choredo jugando con el otro niño, pensó que sería adecuado echarle un ojo una vez más aunque sea desde la ventana de su casa. Acerco el sillón y la mesa con la jarra con café, se dejó caer hacia atrás y encendió el cronometro por curiosidad, los segundos empezaron a correr en el reloj, y como si la gravedad de la tierra lo hundiera a Dorcho en el sueño poco a poco se fue dejando caer mientras veía a los niños tirar una y otra vez las bolitas, escucharlos gritar “hoyito” y “hoyo y quema” hasta dormirse.
Se despertó exaltado en el sillón, era un hombre demasiado atento como para dormirse durante la investigación, la intranquilidad lo había atrapado hasta en lo profundo del sueño y lo había llevado a mantenerse alertar. Mediando entre los sueños y la luz que lo obligaba a mantenerse medianamente despierto, abrió los ojos y miro por la ventana y vio que Julio aún estaba jugando con el otro niño. Calculo que apenas había dormido unos minutos, extendió el brazo y tomo el cronometro y observo los números para encontrarse con la sorpresa de que habían pasado dos horas y diez minutos, y todavía así, aunque habían pasado más de dos horas, los niños jugaban en la vereda de enfrente a las bolitas y reían, y hoyo y quema y devuelta al bandeado a seguir jugando. No pudo entender lo que estaba pasando, desde la ventana enseguida su mente llego a algunas conclusiones posibles, el amigo de Julio superaba los ocho años de edad aunque no lo parecía y podría ser considerado un factor exterior a la investigación, o habían entrado mientras él dormía y habían vuelto a seguir jugando, o habían cambiado de juego. Pero al mismo tiempo pensó que en realidad aquel suceso no formaba parte de la investigación, no era una prueba formal, además se había dormido, pero Dorcho era un hombre de fe en cuanto las ciencias, no podía continuar con los resultados sin saber que fallo en esa situación.
Tras mirar por la ventana unos minutos, llego a la conclusión que era necesario ir a hablar con los chicos, el problema es que él había realizado toda la investigación solo como observador sin nunca tener contacto con los participantes; antes siempre llevaba con él su cámara por si sucedía alguna distracción y luego repasaba todo el material una vez en su casa, pero este no era el caso. Pasaron unos minutos más y los nervios de él cada vez eran mayores hasta que explotaron en el momento en que vio que la madre de Julio Choredo salió a llamar a su hijo para que entre a la casa. Y el niño Choredo se despedía de su amigo, desconocido para Dorcho, y entraba adentro de la casa con la madre, por lo que el otro niño enfilaba caminando despacio para el otro lado de la cuadra. Cuando el investigador vio que la única manera de resolver su duda de lo que había pasado se iba hacia quien sabe dónde desesperó, volcó el café de un apurón y corrió a buscar las llaves y tras abrir la puerta comenzó a correr detrás del niño desconocido. -¡Hey, niño! – Gritó Dorcho, y apurando el pasó intentaba reducir la distancia que le había sacado. Cuando el chico escucho el llamado del investigador, se dio vuelta un pequeño susto le corrió por la sangre, lo que él vio no fue a un investigador serio que solo quería buscar respuestas, sino un desconocido con la camisa llena de café, unos tajos negros debajo de los ojos que parecían las ojeras de los sapos, una barba tan larga y mal cuidada que parecía una bufanda descocida, y una cara de desesperación que espantaría hasta el cachorro más amigable del mundo. El niño hecho a correr calle abajo sin decir nada y dándole la espalda, Dorcho comenzó a correr detrás del niño con su pantalón ajustado que usaba para el invierno dentro de su casa, sus piernas transpiraban debajo de la lana mientras jadeaba cada vez más fuerte tras la pequeña figura que cada vez se alejaba más. Finalmente viendo cómo se alejaba y sin voz para continuar gritando se detuvo tan cansado que callo de rodillas contra las baldosas fría de la vereda, apoyo las manos para no desmayarse del todo e intento recomponerse. <Aún me queda Julio, hablare con él, no puede ser que reaccione de esta manera por dios>, se dijo intentando tranquilizarse, y tras recobrar el aliento volvió a su casa y decidió arreglarse un poco antes de continuar con su búsqueda e ir a golpear la puerta a lo de los Choredos.
El agua caliente de la ducha lo reanimo, el vapor, el jabón, la transpiración que se diluía, la paz que lo acorralaba como una oveja suave y amigable; se sintió mejor, tranquiló, tal vez no era necesario continuar con ese impulso necio de saber que había pasado mientras dormía… pero enseguida lo asalto la duda ¿Y si esos dos niños habían quebrantado la hipótesis de su investigación que durante dos años había comprobado cómo cierta? ¿Sería ético publicarla de la misma manera? ¿Presentarla a sus compatriotas? Tantas veces lo habían acusado de tener un tema poco definido, durante estos dos años había tenido que defenderse una y otra vez de diferentes críticas, algunas amigables y otras con tono burlón, pero al fin y ha cabo todas eran lo mismo. No podía dejar que un altercado tan cotidiano lo destruyera y lo sacara de sus cabales como le acababa de pasar con el niño, repensándolo bien lo había corrido dos cuadras gritando con la misma fuerza que un vendedor de frutas y con un tono más desequilibrado. Se detuvo frente al espejo, se secó el rostro y vio sus ojos cansados, pensó cual era la decisión correcta, pero pronto se dio cuenta que eso no importaba, porque no podría volver a pegar un ojo sino saciaba la duda e inseguridad que le habían provocado esos dos niños jugando a las bolitas.
Se cambió rápido, dejo las cosas desordenadas en el baño y cruzo la calle hacía lo de los Choredos, toco la puerta y esperó.
- Hola María –dijo Dorcho intentando fingir una sonrisa despreocupada cuando la madre de Julio atendió.
- Hola Mario ¿Cómo estás? –sonrió ella–. Tiempo sin verte, imagino que habrás andado ocupado.
- Si –murmuró por lo bajo Dorcho–. La investigación me mantuvo bajo techo.
- ¿Cómo vas con eso? –preguntó María por educación.
- Bien bien, casi la termino… -dijo Dorcho, recordando en sus adentros con cierta rabia áspera los rostros de los dos niños–. Decime María ¿Podría hablar un segundo con Julio? Es por la prueba que hice el año pasado con él para la investigación, son dos preguntitas nomas.
- Si, como no –respondió María un poco sorprendida-. Espera que lo llamo –y tras un gritó apareció Julio en la puerta.
- Sino te molesta pongo las pastas a hervir y vuelvo Mario, te lo dejo a Juli –dijo María.
- Si si, no te molestes –dijo Dorcho, mientras para adentro esperaba que tarde, porque le daba cierta vergüenza tener que explicarle lo que había pasado si lo escuchaba hablando con Julio.
- ¿Cómo estás Julio? –dijo Dorcho- ¿Te acordas de mí?
- Si señor Dorcho, mama me llevo a jugar con otros chicos la otra vez y estaba usted –dijo Julio.
- Aja, como recién, recién estabas con un amiguito ¿No?
- Si, con Tomas, vive acá a unas cuadras.
- Aja ¿Y qué edad tiene tu amiguito?
- Siete ¿Por? –preguntó Juli.
- Aaa… -a Dorcho se le angustió el rostro el factor equivoco, sino era la edad tendría que seguir averiguando– ¿Y ustedes en algún… -estaba por hacerle la pregunta a Julio cuando la mama apareció interrumpiendo preocupadamente.
- ¿Julio vos viste algún hombre raro a la mañana acá? –preguntó la mama.
- No ma ¿Por? –preguntó el niño con su tono de inocencia.
- ¿Usted Mario? ¿No vio algo raro por casualidad? –preguntó la madre, pero Dorcho tragando saliva negó con la cabeza–. Estoy al teléfono con la mama de Tomas, dice que le dijo que cuando volvía a su casa un hombre lo siguió corriendo y gritando cosas, dios la calle está cada vez más peligroso, que raro y en este barrió.
- Son los tiempos en que vivimos –respondió Dorcho queriendo que lo trague la tierra.
- Bueno ahora vengo voy al teléfono, me lo cuida a Julio, Mario. –dijo la madre angustiada.
- Si si, no se preocupe María, lo vigilo mientras hablo con él –dijo Dorcho.
- Yo no vi a nadie señor Dorcho -dijo Julio.
- No Julio, yo tampoco –respondió el investigador- ¿Es que vos estabas concentrado jugando a la bolita no?
- Si –rió Julio– le gane a Tomas.
- ¿Ah sí? ¿Y cuánto estuvieron jugando? –preguntó Dorcho.
- ¡Uf toda la mañana! –dijo Julio entusiasmado.
- ¿Pero cuánto es toda la mañana? –preguntó Dorcho nervioso.
- Y toda la mañana señor Mario.
- Uf –suspiró el investigador, dándose cuenta que el niño no tenía idea de tiempo que había estado jugando- ¿Y te fuiste para adentro en algún momento?
- ¿Cómo a merendar? –preguntó Julio.
- Si si – Dijo Dorcho entusiasmado pensando que ahí estabas su respuesta.
- No no señor Mario, merendamos de tarde nomas –dijo Julio, provocando que el señor Mario se agarre la cabeza con las manos y murmure unas palabras que no llego a entender por lo bajo.
- Decime Julio, necesito que recuerdes bien y me digas una cosa ¿Puede ser? –dijo Dorcho escuchando el taconeo de la madre que se acercaba.
- Si como no señor Mario.
- ¿En algún momento vos y Tomas dejaron de jugar a la bolita en la mañana? –la madre llego a la puerta iba a decir algo pero Dorcho le hizo una seña con la mano que espere.
- Si ¿Está enojado señor Mario? –dijo el niño enrojecido de la vergüenza.
- ¿Por qué estaría enojado Julio?
- Porque nosotros lo despertamos, después que fuimos con Tomas a hacer el mandado que nos mandó mama lo vimos durmiendo, y le tocamos timbre y salimos corriendo. –confesó Julio.
- ¡Un mandado, claro, un mandado! –gritó Dorcho abrazando a Julio y entendiendo en ese momento porque había salido corriendo el amigo de Julio al verlo en la calle gritándole como un desaforado.
Y tomándole la mano a la madre rompió en agradecimientos hacia ella y su hijo, y aunque la mama de Julio había pensado en retar a su hijo por tocar timbre de Dorcho esa mañana, se dijo a si misma que mejor no interrumpir el momento, porque nunca había visto a señor Mario tan pero tan feliz.