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CUENTOS · 3 MIN DE LECTURA

Jerry y el sillón

Mario miraba el espectáculo vacío que ocurría más allá de su ventana, al otro lado de la calle de la casa, lo observaba desde el sillón, en el primer piso en el que él se encontraba, sentado, observando a través del cristal. La lona grisácea del sillón, tan gris que convertía el ritmo de toda la habitación en una sinfonía funeraria, era el centro de la vejez de las paredes fundidas sobre si mismas por el peso de los años hecho añicos, que caían hacia el suelo convertido en pedacitos de piedras inútiles.

Llevaba tres horas sentado observando a través de esa ventana, se suponía que nunca debería haber llegado a ese lugar sino hubiera sido porque su maldito jefe lo había presionado para que irrumpiera en la casa del muerto, en busca de pistas que lo lleve a alguna conclusión en cuanto al caso que llevaba días sin resolverse.

Y al entrar a la habitación por primera vez se había encontrado con que lo único que quedaba era un sillón, todo lo demás había sido removido por la policía de la provincia, a ellos, los locales, solo les habían dejado una insignificante pieza que invocaba una cómoda soledad. Habían confiscado todos los objetos del viejo Will, dejándolos con un caso sin vuelta de tuerca y un grupo de periodistas rabiosos que aullaban por un testimonio que calme al pueblo conmocionado.

Aunque no podía dejar de pensar en todo lo sucedido y los escases de indicios para resolver el caso, aunque sintiera que en algún lugar estuviera decidido como un sabueso de platino a perseguir lo sucedido alrededor de la muerte del viejo Will, todavía luego de tres horas de descanso no encontraba la suficiente voluntad dentro suyo para levantarse del sillón. Recordó sentir una ráfaga fría en el cuello al entrar y encontrarse con el sillón en el centro de la habitación dirigido hacia la ventana y el resto del cuarto totalmente vacío ¿Cómo no sentarse en aquel sillón que invitaba a la reflexión en el centro de la habitación del muerto? Pero desde que se había sentado una inminente dejadez lo mantenía atrapado en aquel paisaje que se alzaba frente a él al otro lado de la calle, al mismo tiempo que luchaba para apartar la vista de las lapidas que se levantaban como ataúdes petrificados en el cementerio que yacía frente a la calle, sentía un imprescindible impulso de eléctrica amargura que lo atravesaba y lo mantenía fundido contra la felpa del sillón y no le permitía liberarse para poder volver con su acostumbrada soltura hacia su casa, de vuelta a su vida cotidiana que lo amansaba como a un león de pelaje de lana, rendido para ceder ante el mínimo empujón que lo lleve a descansar, como le había sucedido con aquel sillón.

Volvió a mirar el reloj y vio que eran las once de la noche, pero no se sorprendió por más que habían pasado una cantidad de horas, sintió que sentado sobre la suave felpa muerta de aquel sillón esos números no le decían nada, que eran simples símbolos que perdían en su entendimiento y sus dudas que le reprochaban no saber si solo llevaba unas cuantas horas o unos cuantos días en ese lugar, sentado en la misma posición, volviéndose parte de las dos caras de la moneda que lo acorralaban, el sillón que enfundaba su espalda con la comodidad de un ataúd, y el cementerio que parecía saber que Jerry lo observaba desde el otro lado del cristal y que él no había sido el único, y por eso la tierra desde lo profundo vociferaba sus cantos de ángeles negros listos para recibirlo cuando llegue el momento; que por lo que pudo deducir Jerry al sentir que se hundía suavemente desapareciendo al ser tragado por las hendijas del sillón, sucedería pronto.