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CUENTOS · 7 MIN DE LECTURA

Infortunio en Jamsterville

Las tardes en Jamsterville no variaban con el tiempo, normalmente sucedía lo mismo, las mismas plazas grises sin calesitas y con juegos oxidados por la ausencia de niños e infancias, los mismos vientos arrastrando los mismos papeles o boletas del quini pasado que jugaron las mismas personas avejentadas por el tiempo y la vida. En especial, como en todos los lugares, los mismos problemas, la jubilación, los precios, los autos averiados por los pozos y las críticas como siempre revoloteando los porches de los jubilados. Aunque las tardes eran todavía más parecidas para Luciano, que siempre observaba la misma ventana al caminar hacia las clases particulares, queriendo atravesar los cristales en los que se encontraba embalsamado el reflejo de Juliana, su mirada, su palidez, y su cabello negro; y desde el otro lado, ella, que cada tarde ojeaba la calle desde la ventana del primer piso, siempre detrás de los cristales, ocultándose en los vidrios de la ventana de su cuarto, en el espejo de sí misma.

Y Luciano, silencioso, absorbido por su propio caminar, constante, permaneciendo en las profundidades de su mente, mezclándose constantemente con el torrente de sus sentimientos hacia los ojos obscuros de ella y sus hermosas orejas, finas, circulares, tan pequeñas como las trampas para atrapar pequeños ratones. Pasar, mirar, pensar, en ella y aún más en su reflejo, en lo desconocido, en su misterio y su capacidad negada de poder expresar su querer – No te preocupes Luciano, sos chico, ya vas a poder enamorarte – le había dicho su abuela, “pero ya lo estoy” pensaba Luciano para sus adentros sin responder al consuelo.

Mientras caminaba para las clases particulares recordó el día que había intentado dar lugar a sus sentimientos y había ido a golpear la puerta de Juliana, pero desafortunadamente había atendido el padre, un ex-militar dueño del único taller mecánico del pueblo, siempre con su peinado rígido por la gomina y su rostro serio de dos cejas tan largas que parecía un ciclope. – Vola de acá pibe – había dicho el padre, tal vez sin saber quien era o porque estaba ahí, aunque Luciano supuso que lo sabría, dedujo que era muy probable que le haya contado el idiota de Juan, su compañero de clase tan magnifico, el chico que derrochaba apariencia y sonrisas inútiles, el que había convencido al padre de Juliana que iba a ser astronauta aprovechándose de que el hombre lo amaba e idolatraba, no solo como si fuera el futuro perfecto de su hija, si no de la humanidad.

Un cartel interrumpió los pensamientos de Luciano al pasar por el único quiosco del pueblo y ver un extravagante anuncio en el diario local “La cruz”, la nota decía: “Posible meteorito caerá en la olvidada Jamsterville”, y la volanta explicaba: “Es posible que mañana caiga un meteorito en el pueblo olvidado, aunque se desconoce el número de habitantes del pueblo, la caída del meteorito no se considera peligrosa para la sociedad, sino una ventaja para el sistema ya que todos los pueblerinos del lugar superan los setenta años de edad”, era verdad, Luciano, Juan y Juliana eran los únicos niños del pueblo, los dos primeros vivían con sus abuelos a diferencia de ella que vivía con su padre; pero Luciano pensó que debía ser otras de las noticias conspirativas llevadas adelantes por Manuel, un viejo cura retirado que publicaba diferentes disparates contra el gobierno en un diario que el solo llevaba adelante.

De camino a lo de Alejandra, su profesora particular con la que asistía a todas las materias, pasó por lo de Juliana y la vio como de costumbre, apoyada sobre la ventana peinando su cabello con una mano, mientras en la puerta Juan daba lugar a su resplandeciente labia junto a Manuel, que lo escuchaba con atención hablar sobre la visita al country de sus tíos que había realizado el mes pasado y la posibilidad de ir a vivir con ellos algún día junto a Juliana, mientras el padre de Juliana lo miraba asintiendo, hipnotizado. Juan llevaba años hablando con él para que lo dejara visitarla y finalmente iba a lograrlo antes que Luciano, el chico que llevaba años observando desde la vereda y que con tanto derecho como Juan la podría haber enamorado con sus palabras o su mirada. La verdad es que ninguno había podido hablar nunca con ella, debido a que su padre no la dejaba salir porque decía que todavía era muy chica para salir con hombres y antes de tener un pretendiente debía terminar sus estudios, aunque siempre repetía estrepitosamente – Cuando termine sus estudios, tú serás el adecuado Juan –.

Y desde lo alto de la torre en la ventana del primer piso, seguía yaciendo el misterio de Juliana, que pispeando a través de los cristales veía pasar a ambos chicos, sintiéndose atraída por la hermosura de Juan y el misterio de Luciano, por la presencia de uno y la ausencia del otro, por el silencio de uno y la elocuencia del otro. Pero aun así sabía que esa era una ilusión lejana, porque el padre no la dejaría salir con ninguno, todavía no, como lo había dicho él – Todavía sos muy chica para vivir Juli -.´

Luciano siguió caminando hacía las clases particulares, flotando en sus pensamientos sobre Juliana y las ganas de besarle la córnea, los tímpanos y hasta los silencios envueltos en palabras que ella podría hilar con su boca si le diera la oportunidad, si solo pudiera atravesar al militar con armadura de acero y bigotes largos que custodiaba su hermosura.

Al llegar a lo de Alejandra toco el timbre dos veces, lo atendió sonriendo como de costumbre.

- ¡Hola Luciano! ¿Cómo estás? ¿Oíste lo del meteorito? – Dijo Alejandra entusiasmada.

- Sí, sí, pero como diría mi abuelo, debe ser otra conspiración del cura loco – dijo Luciano con seguridad.

- Bah, puede ser, pero uno nunca sabe ¿Hiciste lo de matemática?

- Sí, sí, todo.

A la mañana siguiente Luciano se despertó enervado por un sentimiento de energía, con ganas de hacer el desayuno y tostar algunos panes, de comer todo el queso que su abuelo había dejado en la heladera y tomarse toda la caja de leche. Lo hizo de esa manera, primero los panes con queso y después unos cuantos sorbos de leche, seguido de más tostados y más tragos, un vaso, dos vasos y la mañana hermosa se le escurrió de las manos hasta que se hizo hora de ir a las clases particulares. Con el estómago lleno tomo el mismo camino de cada día, el mismo viento, la misma acera, pero no el mismo día, lo sintió, divisó a una cuadra de distancia a Juan parado bajo el porche de la casa de Juliana brillando con el ex-militar, haciendo ademanes mientras hablaba como tratando de endulzar la mirada de Jorge. Aunque al llegar a media cuadra del porche donde se encontraban los dos, le pareció oír un ruido desde el cielo y lo vio, al levantar la vista advirtió un meteorito de alrededor de 1 metro por un metro que bajaba a toda velocidad directo hacia el porche, dos segundos más tarde la piedra estallaba contra Juan empujando su cuerpo contra el piso y remetiendo en una explosión de tripas y sangre.

El padre de Juliana salió despedido hacía la calle y quedo aturdido por la situación, tieso, sin poder moverse, como en una especie de coma o apagón mental; entonces la vio bajar apresurada por el sonido y la fuerte explosión causada por la colisión del meteorito, asustada pero sonriendo de ver al padre ileso y ahora sentado. Su padre se quedó mirándola y Juliana lo abrazo, luego se dio vuelta y miró a Luciano, parado en la vereda de enfrente, observándola a plena luz del sol, lejos de la ventana y su reflejo, sublime en su belleza, olvidando por completo el suceso que había ocurrido hace apenas unos segundos.

- ¿Estás bien? – Dijo Juliana.

- Sí, sí ¿Vos? – Reacciono Luciano.

- Sí, pero papá no sé. Voy a buscar un médico por las dudas – Dijo Juliana.

- Sí querés te acompaño, le puedo contar lo que pasó por si pregunta, yo lo vi – Dijo Luciano.

- Si, me gustaría – Dijo Juliana, y le sonrío.

Autor, Pablo Javier Maxit.