← Volver a CuentosCuentos / PABLO MAXIT

CUENTOS · 17 MIN DE LECTURA

Fascículos de lo oculto

Me pregunto si hay algo más allá de la rutina entorpecedora de siempre, en la tasa sin leche o en el envase fuera de la heladera, ubicado en la esquina de la mesa repleta de comidas viejas y pedazos de pan arañados por el tiempo, dormidas sobre la mañana sin sol en la que la ventana ilumina un mantel seco y lo veo negro, perdido tras los focos de luz que crean las hendijas vislumbrantés de la ventana que da hacía el patio, un lugar lucido pero sin pájaros, sin vida o sin huecos, o con lugares de madrigueras afectadas por las lluvia parpadeante.

El agua recorre por las canaletas oxidadas, las gotas son como gigantes que cantan canciones de flautas dulce al caer, al bajar, al estallar contra el borde de las baldosas del patio gris, y más allá del patio solo hay techos encorvados hacía el sudor del sol, chapas apocalípticas envestidas en rayos decolorantes y pisadas sin caminos. En estos días resplandecientes sin sol solo quedan algunos locos silbando a las opacas nubes desde el techo que flota bajo el cielo, susurrando palabras a un cielo desconocido y sin furor, pero que respira inspiración.

Cuando miro la lluvia por la ventana, la lluvia cae hacía el costado, flota horizontal hacía la casa de José, la puedo ver, no se detiene, pero entiéndase que esto solo sucede cuando miro por las ventanas de esta casa. A veces observo la ventana del patio y a través de ella veo quemarse los hilos de la realidad, desconociéndose en el aire para luego hilarse en un proceso sesgado de figuras insondables que no ha dejado de reproducirse en los diez años que llevo mirando por la ventana. En cambio, el ventanal de la calle siempre es igual, la gente camina envenenada por rostros de felicidad enterrada en corazones de castillos sangrientos, de murallas filosas, donde las arañas tejen miles de telarañas y llevan haciéndolo tanto tiempo que han perfeccionado su estilo, y ahora tejen arquitectura gótica construyendo grandes catedrales en los corazones vacíos de la anestesia que la gente de la calle busca desesperadamente en cada cordón, en las cunetas sagradas de sus vecinos o las voces cristalinas de los niños, intentando recolectar gramos de inocencia perdida a lo largo de días fracturados por ventanas rotas con cristales sin marcos, intentando salvar los últimos pedazos de vidrios perdidos por la soledad placentera de la conversación ajena a uno mismo.

Y a través de la ventana contigua al patio lo veo a José, se encuentra en el mismo lugar de siempre, creando sueños en esa inteligencia impenetrable, dentro de su imaginación desligada a la muerte, posible de significar la vida completa solo con su saliva, aunque imposibilitado de hablar, embellece el patio defecando en cada rincón olvidado del fondo de la casa, gratificando su territorio mientras la lluvia que cae horizontal recorre el aire como gigantes de huesos con alas salpicando el ambiente de palabras incoloras e invisibles, pero acariciando su cuerpo, que aún permanece posado en el mismo lugar de siempre bajo la lluvia de los gigantes alados.

Veo a los gigantes llover, caer bailando de izquierda a derecha sobre el suelo, siendo soplados por un viento de sinfonías de invierno, me pregunto si realmente el agujero de la realidad está entre el momento en que se detiene el tiempo en mis pensamientos o en la ventana, o sí la ventana lo detiene para mí, para que pueda ver lo que ella ve, lo que vigila cada día o cada noche durante las tormentas de lluvia sin nieve, o de nieve sin lluvia pero con lágrimas, porque eso es la nieve, lagrimas envueltas en pequeños pañuelos blancos, llantos de las entidades metafísicas presentes mediante su ausencia, en la mente de los vagabundos con vasos de oro e inteligencia dependiente de hilos finos.

Pero no es la lluvia o la nieve, es la casa la culpable de la visión de la ventana, pero también lo son los azulejos, los reflejos perdidos del patio hueco, las notas muertas del aire esquelético que siempre flota en esta ciudad sin recuerdos, sin memoria de nacimientos ni de ejecuciones; donde las personas corren sobre las calles metálicas cubiertas por sábanas blancas de los fantasmas de su pasado, traspasando la felicidad para cargar sus palas con el hierro de la amargura y hundirlas en su pecho cargando aún más su pesado corazón.

El tumulto de ventanas giran continuamente entre las habitaciones, la de la calle, la del patio y la del vecino, la última es arriesgada, cuando la miro corro el riesgo de ser visto, pero el es viejo, anciano y decrepito, sordo de pájaros y ciego de sonrisas, jamás podría ver más allá del egoísta mate que ceba cada mañana mientras muere un poco más en la silla de huesos quebrados, envuelta por venas rojas sin sangre, secas por el agua caliente que cada día traviesa su garganta como una espada afilada mientras la sangre de su corazón corre por una frontera minada y el sonido de la pava vuelve a fracturar el tiempo y él debe levantarse nuevamente a recargar el termo. Hace un esfuerzo y sus piernas suenan como dos yesos quebrándose, pero se levanta, camina, sortea el tiempo que corre cada vez más rápido bajo sus pies y lo esquiva con movimientos débiles, intentando llegar a recargarlo, para luego, cebar el último mate unos segundos antes de morir; como lo hace cada mañana. No soy solo yo, es el, el muerto es el pero no lo sabe, hace mucho lo enterraron bajo la mesa de té de su esposa que aún guarda junto con los antiguos placares que cantan al desastre continuo de su vida arraigada en muebles calados por artesanos de manos arrugadas, corazones débiles, y pies cansados. Pero algunos días me sorprendo al verlo acercarse a la ventana que se ubica junto a la cocina donde silva su tetera, para abrirla y dejar entrar un salto gatuno a su comedor, él se lo permite a ambos, y el salto y el gato penetran la ventana abierta, destruyen el hueco ya abierto e invaden profundamente la habitación del viejo. Pero a él parece no importarle, como si realmente estuviera loco, perdido en las profundidades de la yerba o el hueco del mate, enternecido por la ignorancia de ignorar continuamente su alrededor; permitiendo entrar al animal dentro de su locura, como si permitirle saltar la ventana no fuera dejarlo romper con la sinfonía de su presencia, la de la bombilla clavada en el hueco sin fondo del mate y como si los violines no desafinaran y los tambores del silencio irrumpidos no golpearan hasta estallar mientras el ronroneo del animal se mezcla con el sabor amargo del cuarto y un soplido de viento golpea al gato que termina desgarrado contra el marco de la ventana, para luego huir velozmente de un salto gatuno lejos de la insípida y sufriente morada.

Pero no podría haber sido testigo de estos sucesos si no fuera por la ventana que desde una de las habitaciones de esta casa envuelve el comedor del anciano; la habitación contigua al pasillo principal de la casa, la que se encuentra repleta de objetos viejos, algunos inservibles y otros no. Montones de revistas, libros, pedazos de estanterías rotas, la mitad de una repisa, un conjunto de tasas de café irlandés, temperas y dibujos viejos pintados alrededor de hace cinco años, algunos por mí, otros no, pero todos los objetos perdidos en la obscuridad de la ventana contigua a la casa del vecino, en el cuarto más obscuro de esta casa, de la casa de las ventanas huecas pero repletas de significaciones intestinales, esotéricas, ocultas tras la destrucción de lo que fue hace muchos años y aún continua junto a mí.

La habitación obscura es la más tenebrosa frente a las demás puertas que recorren como hendiduras el resto de los cuartos sobrepasados de luz durante el día. Pero esa es la característica de la habitación obscura, la de los objetos perdidos, la seguridad de la noche hundida durante el día en el cuarto sin luna, donde los visitantes solo ven bocanadas de solida negrura tras los vidrios de la puerta que siempre permanece cerrada durante la presencia de los conocidos o desconocidos y durante los golpes en el porche de entrada o tras el agudo sonido del timbre que grita desaforadamente la presencia próxima de alguno de ellos.

Más allá de la puerta de la habitación obscura hay otros tantos pasadizos ciegos en el resto de la casa, en los marco, en las cerraduras, en los picaportes o en los huecos con clavos desde donde cuelgan los cuadros situados en las diferentes paredes blanquecinas. Aunque el máximo de invitados que me han visitado y han entrado a la casa en un año han sido solo dos, Juliana y Tobías, los pasadizos siempre pasan desapercibidos para todos ellos, enterrados bajo la tumba de las paredes silenciosas, en los rincones ahogados de las esquinas, tras el viento ausente de los ventiladores apagados ante el frío y sobre el calor del fuego ardiendo suavemente sobre la chimenea. Pierden sus miradas en las simplezas del comedor u observan la cocina y se dirigen a fumar al patio o al baño ubicado en el centro de la fachada, lugares en los cuales sesgados por su propio desinterés no ven más que la pintura blanca, el suelo de cerámica y los añejos cuadros envueltos en colores opacos; como el de la mona lisa triste que cuelga de la pared del comedor impregnado en la esquina izquierda con la firma de Juliana.

Los visitantes no son constantes, pero siempre han sido diferentes a lo largo de los años, algunas veces traen corbatas y gafas anchas, mocasines blancos acompañados de cintos rojos u otras prendas extravagantes como Tobías con su sombrero al estilo bombín y sus pantalones de gamuza negros con rayas blancas. Una vez vino un pequeño niño con un bonete y su madre en busca de un globo que se les había perdido. Yo no lo había visto, en realidad nunca veo hacía arriba cuando estoy aquí dentro, solo cuando salgo, la casa funciona de manera horizontal, sin ventiluces o ventanas sobre el tejado, es una lástima, tantas tejas arañadas por el tiempo sin huecos para observar pasar los globos llenos de colores inflados.

Ambos permanecían en el porche mirando hacia el cielo mientras la madre hablaba y daba un largo monologo que parecía ir sobre las ruedas de un tren a vapor impulsado por las paladas de carbón que producía la usencia del globo rojo que debería haber caído en el fondo del patio, palabras que intentaba evadir con excusas inútiles. Finalmente di cuenta que el tren estaba decidido a cruzar la barrera, por lo que antes que tuviera que dejarla entrar cedi y cruce el pasillo central hacía el fondo, terminando en el comedor y accediendo a la puerta del patio, bajando por el porche y atravesando el patio hasta el fondo del jardín – Aquí no hay nada – pronuncie en voz baja, solo vi flotar las flores sobre los canteros y les sonreí aunque parecían marchitas por las últimas tormentas que habían sofocado el tiempo durante aquella época. Mire hacia ambos costados y no había más que pasto verde y seco o tierra hundida sobre más tierra, finalmente observe a Juan que se encontraba en su pequeña cucha de madera recostado sobre la suave lona verde junto al globo pinchado, despedazado por un gran eructo de aire, muerto y embalsamado entre los dientes de Juan.

Esto mismo le transmití a la madre del niño con el bonete, que aún miraba el cielo luego de volver a atravesar el comedor y el pasillo de azulejos azules hasta llegar a ellos; la mujer me miro desconcertada, envuelta en una bruma asediada por una lluvia de tristeza sin lágrimas. Miro al niño y solo dijo – no te preocupes hijito, tu globo ahora descansa con tu padre –; todavía intento comprender el revuelo por el globo y su significado, la explicación de la ausencia de algo tan ínfimo pero tan necesaria para aquella mujer y la inocencia de su hijo acerca de la muerte de su padre; porque en realidad no queremos explicaciones cuando no las existen, solo queremos olvidar

Pero el niño fue uno entre otros de los pocos que pisaron el porche o se acercaron, una vez me visito un señor extraño con un monóculo que al confundirse toco el timbre de la parte trasera del jardín, solo lo pude escuchar porque estaba ubicado en el porche del patio para escapar durante un rato del interior de la casa; era un hombre pálido, en su mano derecho llevaba un bastón de hueso de algún tipo de animal, sus ojos estaban abiertos de par en par y llevaba una mirada recubierta por un traje azul obscuro que resaltaba ante su extrema palidez, por lo que era capaz de confundirlo con una estatua de yeso blanquecina, una escultura coleccionable para un museo del siglo XXI.

Al abrir la puerta nuestras miradas se enfrentaron, primero presento su monóculo – Él es Castio – dijo señalando el lente que parecía encarnado sobre su ojo derecho, luego me miro de reojos e hizo una pausa antes de decir su nombre – Perdón mi impertinencia, me presento, soy Mr. Monduor – luego me miro como si esperar que expresara algo al respecto, de su presencia o la ausencia de sus palabras o el motivo de su visita en mi porche o del porche bajo sus pies en mi acción de atender tras el sonido del estrepitoso timbre que sonaba por primera vez en aquel año.

Observe sus zapatos negros lustrados, transformados en cristales que filtraban los reflejos de su ropa embalsamada, su rostro irónico y una parte del porche de la casa; todas estas imágenes se disecaban en la negrura de su calzado y desfiguradas por el brillo sombrío se trenzaban en una galería de cuadros que se podía entender más allá de la abstracción pulida de los zapatos, como el hueco de su atuendo, de presencia casi perfecta pero embarrada por un defecto que lo convertía en una visita a ser aplazada por mi desconfianza.

Me miro a los ojos y zambullo su mano hacía el frente para estrechar la mía, dude, siempre lo he hecho cuando se trata de personas desconocidas con gestos sistemáticos, extender el brazo, posicionar la muñeca y colocar la mano a la altura del torso con los dedos entreabiertos o cerrados para luego, finalmente, estrujar la sonrisa, la tristeza, la aceptación o desaprobación en la mano espesa de la otra persona, mientras la piel de las manos se besan arrugadas entre las líneas, marcas, cicatrices de vida que aún se desconocen entre ambos.

- Vera, usted se estará preguntando porque estoy aquí pues veo que soy un desconocido para usted – Murmuro Mr. Mounduor al mismo tiempo que su lengua articulaba las palabras y las gotas de saliva se tambaleaban dentro de su boca.

- Si – Dije - en realidad sí.

- Bueno, vera, hace veinte años fui un gran amigo de Jorge, pero luego no tuve más noticias de él hasta hace poco, que me enteré que había muerto hace tantísimos años… - Dijo el viejo suspirando en un vaivén de miradas – Pensé que sí venía a su antigua casa podía encontrar a alguien que me dijera donde se allá su tumba.

- No lo sé – Respondí mintiendo, atónito; jamás pensé que podría volver a recordarlo, o que alguien más lo haría.

- Perdón, no quiero molestarlo, pero… – Dijo Mounduor notando algo extraño en mí, lo mismo que había notado yo y notaría cualquier persona un poco más atenta que un gorrión – ¿Usted lo conoció?

- No, perdón Mr. Moundour, pero debo irme – Pronuncie estás palabras y salí hacía el porche y dándole la espalda a Mr. Moundour eche llave a la puerta para luego esquivarlo y salir caminando hacía otra dirección, fuera la que fuera, lejos de la casa y las historias, lejos de mi padre y Mr- Moundour, lejos del viejo del monóculo y sus chistes sin gracia sobre él. Pero cerca de las calles podridas por el frío de la noche, arropadas por el viento sin soplido, por la helada tiesa, petrificada sobre los árboles que caminaban hacia atrás por las calles de huesos rotos y yo avanzaba bajo la luna con agujeros que entreverada con las nubes mortificadas se mitificaban como una pintura de tristeza ajena en la noche de los recuerdos muertos.

Mientras caminaba recordaba su mirada, sus palabras y curiosidades envueltas en un pañuelo con formol y sangre, esperando encontrar preguntas con respuestas, clavando la cuchilla en el medio de la herida abierto pero astillando los huesos ya quebrados, fisurando aún más las tripas de los sentimientos y girando siempre en torno a la duda de la muerte, pero jamás podría haberle dicho dónde estaba la tumba. Todas las personas caminamos por el mismo sendero, obtenemos una respuesta enternecedora y queremos otra, no le hubiera alcanzado con despedirlo sobre su lapida, luego habría vuelto a pedirme un recordatorio, un cuadro o una foto, un silencio o un grito de algún momento de su vida como lo han hecho los otros pocos que pasaron por esta puerta los primeros años.

Lo han hecho y lo hacen porque son dueños de un continuo avance, una continuidad sobre los rieles aceitados de un tren de juguete de algún niño perdido sobre una alfombra vieja, un tren cargado de inocencia que no deja de girar sobre sí mismo, alterno al eje común, porque la clase de persona que ronda este lugar son esos, los que buscan el hallazgo a pesar de la consecuencia de encontrarlo, a minutos de la persistencia necesaria para seguir, continúan, porque continuar es jamás detenerse en el segundo del cansancio final, en el momento en que la tela se termina en los bordes del carretel y el circulo de plástico blanco sigue girando sobre la planicie porque es la disposición de su ciclo, del ciclo de los que cosen las historias de la vejez alrededor de su propio mapa de tela blanca o negra, el mapa que pronto y en el tiempo necesario los guiara al último punto de su largo tejer.

De esa manera revolvemos los recuerdos viejos de nuestros ataúdes mentales a pesar del paso de los años una y otra vez, en busca del alfiler que alguna vez se aflojo del rollo de tela cayendo dentro del baúl de revoltijos, aparentando ser uno más en la pizarra de las memorias. Y enloqueciendo de desesperación uno revuelve y revuelve hasta el fondo más hondo del cajón hasta darse cuenta que no existe nada en ese nivel, que debe seguir rasgando las tablas para lograr calar hasta la obscuridad oscura para encontrar el alfiler con el cabezal negro, el más importante y triste de todos los que alguna vez uno ha encontrado, y continua cavando hasta el momento en que se da cuenta que puede entrar en el fondo del pozo, y que la tierra húmeda del último piso de la cajita puede ser cómoda, como las penumbras que uno finalmente habita.

En este lugar se encuentra la negrura del viejo hundido en la yerba, encadenado a la bombilla de la pava que chilla cada mañana, embalsamado sobre la silla que se mueve constantemente sin dejar rastro alguno del lento pero dulce cuchillo. O el bastón de hueso clavado sobre la mano del pálido hombre, atravesado por su mirada de silencio y los recuerdos asesinados que vuelven como fantasmas para atormentar su permanecer y el mío; como lo hizo globo rojo que jamás vi, pariente de las dudas mitificadas por la madre del niño curioso con los ojos clavados más allá del cielo, cerca de algún lugar repleto de símbolos que juegan a mirar hacia abajo para fabricar la duda de si realmente se encuentran o no en algún lugar.

Por esto no deje entrar a aquel viejo en busca de recuerdos errantes en aquel momento acompañado de su monóculo capaz de especular por sí mismo, porque tanto el viejo como los otros visitantes son iguales y continuos, revuelven hasta el último momento perdido entre las viejas colcha de las sabanas para saciar su sed de soluciones o respuestas, y en el continuo revolver de lo arcaico los demás o Mr. Moundour se podrían haber topado con el enigma de la casa oculto entre retazos de tela, cuadros, paredes o revoques y pedazos de madera ostentando antigüedad ubicado sobre los azulejos azules; el estupor y el silencio de las ventanas, la ventana del patio, la ventana del vecino, el viejo y el mate refunfuñando bajo la lluvia de los gigantes alados, para dar el último sorbo seco de la garganta ahoga a la yerba y el gato estalla.