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CUENTOS · 4 MIN DE LECTURA

Extraños pasos para trascender la mesa de café de todos los domingos

El temor a la vejez es el celo de los recuerdos, que se imponen devastadores en su belleza ante la grisura del presente típico en el que vivo ¿Cómo huirle a la frustración fortuita de cada pálido domingo? Siempre que me entrego al fondo del barranco oscuro de éste día tan peculiar, mis múltiples narices ofuscadas por el aroma agrio perciben el aroma a sueño defectuoso y cafés vencidos en la mesa que abandone la semana anterior al volver a casa. La abandono cada domingo, porque el próximo vuelvo a ella. En la mesa he hecho rayones durante toda mi infancia y adolescencia, menguaron con la juventud, pero ahora, anciano, senil, una vez más vuelvo a ellos. Cada vez que me siento la silla se acomoda en mi espalda como el molde eterno que ha ido modificando su forma a medida que mi cuerpo ha ido transitando la suya, la comodidad es siempre cálida, al menos la silla nunca falla. Mis manos juguetean con un crayón blanco que se mueve de un dedo a otro en un movimiento de cambio continuo, cuando lo detengo con el dedo mayor y el anular, un foco blanco se prende en el techo como si estuviera en espera por mis garabatos. La tiza raya la superficie de madera áspera de la mesa, el ta-te-ti se forma dando esperanzas a mi diversión, juego contra mí mismo pero gano ¿Acaso me molesta ganar? Sí. Llevo veinte años de ta-te-ti en ta-te-ti y nunca pude perder contra mí mismo, he comprendido que mi narcisismo competitivo es demasiado grande para permitirlo, pero aun así con esperanzas de vencerme, lo intento. Paso el puño sobre el crayón y lo borro, en la mesa no queda nada más que marcas antiguas mientras lo que fue otro ta-te-ti se difumina en polvo al que se abandona a perder su forma. Dibujo con el codo posado sobre la mesa para más comodidad. Hago varios cuadros blancos a los que voy numerando con paciencia, intentando lograr una asimetría controlada, la misma que todos tenemos cuando apenas somos niños e intentamos retratar las cosas; ahora ¿Por qué todo lo que retratamos lo hacemos deforme? ¿Son nuestras pupilas las que no interpretan correctamente, nuestras neuronas? ¿O es que es la verdadera forma de las cosas es fluctuante? ¿Acaso es posible que las cosas tengan varios estados reales de percepción? Tal vez esa forma inacabada y amorfa con la que dibujan los niños es una realidad que solamente vemos en nuestros primeros años de vida y después, como todo lo importante, se pierde. Termino de trazar la rayuela, a mi izquierda un café que serví hace diecisiete años desmorona su aroma a papel seco por la habitación, mientras siento su aroma insalvable tomo un terrón de azúcar marrón para usarlo como reemplazo de la piedra de la rayuela; tiro y quedo en el cuadrado número siete. Me centro en el juego y poso el dedo del medio y el anular en el borde de la mesa, al principio de la rayuela, como si fueran las piernas de un niño que busca divertirse; muevo mis dedos y dando pequeños saltitos avanzan hasta el cuadrado número siete. En tres intentos más gano el juego; otra vez, gano. Decido que no debo permitirme ganar con tanta facilidad, al fin y al cabo llevo años transitando el mismo círculo de victorias sin poder lograr lo que realmente quiero, perder. Por eso para aumentar el desafío tiro una vez más el terrón de azúcar sobre la mesa que dando tumbos cae en el cielo, en el último de los cuadros. Me paro sobre la silla e intento pararme en el borde de la mesa, en el principio de la rayuela, pero es diminuta. Desde arriba la veo pequeña y calculo que apenas entraría un dedo en cada uno de los cuadrados. Pero lo que me importa es vencerme a mí mismo y por eso esta vez me preparo para perder, para saltar y errar a los cuadros de la rayuela. Pero cuando salto sucede algo inesperado, al caer me encuentro con que mi pie entra perfectamente en el pequeño cuadro de la rayuela, y sin detenerme a pensarlo, continúo saltando hacia adelante hasta llegar al cielo. Recién cuando me detengo en el último cuadro al terminar, miró hacia abajo y me encuentro con que la mesa no es la mesa sino la vereda de mi infancia, y mi cuerpo de adulto desvanecido en el de un niño late con un corazón en sacudidas alegres, uno que me arrastra hasta una perspectiva confusa del tiempo en la que comprendo lo que sucede, por primera vez logre atravesar la antigua y derruida mesa de café de los domingos de cada tarde.