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CUENTOS · 4 MIN DE LECTURA

El taxidermista

Sonaron dos golpes tras la puerta de madera de dos hojas, Sebastián respiro profundo y se acercó a atender, giro el picaporte y abrió. Era la tercera vez que se veían luego de pasar por dos restaurantes entre excusas de comida china y tailandesa, para luego terminar tomando el infaltable café para dejarse ir en los últimos suspiros del aroma marrón y espumoso que flotaría sobre las dos tasas.

La invito a pasar con una sonrisa acompañada de un beso en la mejilla, el roce de su suave piel enervo los pelillos de la piel de Sebastián, al cerrar la puerta un cielo de nube grises quedo olvidado para dar lugar al olor peculiar de la casa de un taxidermista. Tomo el abrigo de ella y lo colgó sobre un estante de madera calada con cierto estilo gótico, un gato apareció como una saeta desde el living envolviendo las piernas de Catalina y regazándose sobre sus pálidos tobillos mientras ronroneaba lejanamente.

- Ven la cocina Cata, voy a preparar el café, no tuve tiempo de tenerlo listo antes – Murmuro el taxidermista haciendo una mueca que batallaba entre la sonrisa y la incomodidad. Enlazo el frasco con la mano y vertió los granos de café mezclándolos con azúcar en la blanquecina tasa, batió con fuerza para poder generar esa espuma tierna del buen café y el sonido se camuflo bajo las palabras de ambos.

- ¡No puedo esperar para que me muestres tu colección! Aunque debe ser un poco escalofriante – Dijo Cata con voluminosa ansiedad

- Oh, por supuesto – Afirmo Sebastián.

Pero la propuesta de Catalina era la complicación esperada desde el primer avistamiento de sus ojos, desde el primer cruce de palabras en el local de la calle Mastin mientras el fingía averiguar el precio de un vestido de encaje rojo mientras imaginaba el momento que acaba de suceder, y que terminaría en un momento de palabras insalvables y entendimientos imposibles como había sucedido otras veces.

El café se fue evaporando entre el humo y los sorbos que abrían paso a la conversación de cine, películas y autores de libros o recuerdos de la infancia que aparecían y desaparecían en el horizonte de la charla con la magia del vaivén del subibaja. Pero aun así, distendido, el taxidermista no podía terminar de olvidar lo que tendría que enfrentar cuando los últimos sorbos vacíen las tasas y llegue la hora del recorrido.

- ¿Y tu padre? Me gustaría conocerlo, me pareció muy tierno cuando me contaste que cuidabas de el – Dijo Catalina mirándolo a los ojos con cierta curiosidad y los iris celestes de sus ojos entornados sobre él.

- Se encuentra en el otro cuarto, le gusta mantenerse tranquilo en el sofá, ahora iremos hacia allá a ver a nuestros amigos disecados – Dijo Sebastián y rio.

Se vaciaron las tasas y la invito a pasar hacía el cuarto donde estaban los animales disecados, primero recorrieron un pasillo largo, adornado con una alfombra verde repleta de pelos de gato, caminaron hacia el final y subieron una escalera que daba al primer piso para finalmente entrar en una puerta de doble hoja a la habitación más grande de la casa, repleta de muebles y animales disecados.

Catalina a travesó la puerta asombrada, sus ojos permanecían abiertos de par en par y observaba el estante izquierdo, impresionada por los animales, lobos, conejos, pájaros, todos detrás de un reluciente y amplio vidrial. Pero su mueca de asombro se fue transformando en un rostro de duda y desentendimiento al bajar la vista hacía el instante inferior y ver una fila de alrededor de diez gatos disecados que solo la sorprendieron hasta levantar la vista nuevamente, y ver frente a ella, en la sala y sobre el sillón, el espanto total.

- Oh, creo que debería irme, es tarde – Dijo rápidamente Catalina dando la vuelta para salir.

- No, detente – Vocifero Sebastián tomándola del brazo. – No me mientas, ya estoy cansado de las esquivas ¡Acaso es por mi padre!

- Eso no es tu padre – Grito Catalina asustada e intentando zafarse, pero de un tiro Sebastián la tiro de espaldas sobre un sillón.

- Porque nadie lo ve ¡Es tan simple de comprender!

- Eso no es tu padre Sebastián, eso obsceno ¡Eso es morboso! –

- Obsceno es el silencio que hay en sus palabras, morbosa la incomodidad que generamos – Aclamo el taxidermista – siempre atendiendo a lo común de la sociedad, esquivando temas y palabras en conversaciones para no ser juzgados en este gran lio censurado en el que vivimos, pero ahora, dime ¿Por qué limitarse a las posibilidades de aferrarse a la vida?

- Déjame irme, vos estás loco, eso no es tu padre, es un muñeco –

- Tenes que entender que aunque él no se encuentre totalmente vivo puedo compartir con él, es simplemente un caballero soportando el filo de la muerte con su armadura plástica – Vocifero Sebastián y al girar para mirar la figura de su padre grito - ¡Debes dejar de verlo así, el aún está ahí!

Al girar Catalina se lanzó del sillón al el piso de madera y corrió escaleras abajo, tras ella se escuchaban los pasos de Sebastián que bramaba palabras pidiéndole que no se valla, explicando que aun podía ayudarla a comprender. Pero era tarde, la puerta del frente se cerró dejando el aroma del humo del café y la madera envueltos por la melancolía del cabello de Catalina, quien al alejarse hasta la esquina, pudo ver por un gran ventanal del primer piso la figura tiesa del padre del taxidermista, firme como la de un caballero.