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CUENTOS · 4 MIN DE LECTURA

El cómico disparo de un bufón benevolente - Fuera del tiempo

Escrituras y lecturas, taller de narrativa ficcional

Universidad Nacional de La plata

Ilustración incluida en El cómico disparo de un bufón benevolente - Fuera del tiempo

Práctico

Alumno Pablo Maxit Legajo n°20882/2

Autoficción

Por Pablo Maxit

Jorge entra a la habitación habitando con su boca un ramal de insultos que balbucea hacia mí. Sus labios cargados de injurias me vuelven chiquito. Sus palabras, cargadas de rabia filosa, aprietan mi cuerpo hasta plegarlo en un bollito de papel. Dice que lo de Laura es mi culpa, que se la robe y que me hara sucumbir ante el cástigo. Furioso, amenaza con golpearme, corre hacia mí fruciendo las falanges del puño para estamparlas contra alguno de los pómulos de mi rostro, pero un momento antes que me lacance me remuevo de la escena. Desaparezco. Jorge queda solo y olvida mi presencia, se calma; como si mi cuerpo, esa carne plegada en un bollito de papel, nunca hubiera estado ahí. Sin mucho más escándalo, continúo narrando la historia para no perderme en el vacío que queda entre las palabras que escribo. Entro de nuevo en la trama pero en otro lugar. Me adentro en un bar de Gualeguaychú y me siento a beber un café con Laura. El olor a madera brota de las paredes, del techo, de las mesas del bar, se eleva con premura olorosa hasta enfermar mi cerebro con deleite. Respirando su intensidad, me pregunto si mi decisión de elegir un bar fue correcta: Tal vez otro escenario hubiera sido más adecuado, uno más cercano a los espacios de mi adolescencia, como el típico banco de la plaza San Martin con sus árboles de copas inmensas o el patio de una de las tres escuelas a las que asistí durante el secundario. Sin embargo elegí el bar, ese lugar místico del siglo XX que sigo recreando cuando escribo literatura por pura melancolía abstracta. Porque los de mi generación, los de los años noventa, nunca hemos puesto un pie en un bar literario, en un café de hombres de letras, pero los extrañamos por el solo hecho de saber que existieron. Nuestros bares no son dignos de aparecer en el arte, son artificiales, extensiones rimbombantes de los shoppings. O eso pienso. Por eso vuelvo al bar del siglo pasado. Ese bar de Cortazar, de Miller, de Keroauc, que contiene lo poético que a los bares de mi generación le hace falta. En ese bar, del siglo XX, con arom madera vencida, bebo un café con Laura. Miro su rostro, es el mismo que me enamoró cuando tenía dieciocho años. Sin más beso a Laura en la boca, en sus labios húmedos con sabor nuez. La beso sin permiso, por nostalgia, por pura adicción a su recuerdo. Luego imagino sus senos desnudos, colgando como dos lunas blandas detrás del pulóver. Lo hago todo sin dudarlo, solo porque quiero, porque es mi personaje, porque cuando estuve con ella durante mi adolescencia no supe hacerlo con tanta facilidad. Pero de pronto, sin que mi palabra lo ordene, un café cae al piso arrasado por el brazo de Laura. Sola, enfurece. La miro y comprendo que lo tiró en una manifestación rebelde contra mi actitud sin miramientos, contra el ultraje que hago de mis recuerdos en los que ella habita. Indignada exige respeto, pero la verdad es que no tengo ninguno para darle, porque no lo tengo ni siquiera para mí mismo. Por eso, antes de que Laura pueda actuar o decir algo, hago lo que hago siempre que el mundo se desvela en la pasión de contradecirme, actúo con simpleza gatuna y huyo. Escapo (escapar cuando la trama se vuelve complicada o amenazadora es una costumbre que perpetro en la literatura porque también lo hago en mi vida. Por eso Jorge y Laura quedaron suspendidos en el relato, porque ambos, quedaron suspendidos en mi vida porque cunado todo se complicó simplemente huí. Por eso ahora retraigo la trama hacia el monologo interior, porque es lo que hago cuando todo se complica, me escondo, pienso, y escribo, porque al fin y al cabo, los eventos de la vida no son más que posibilitadores de escritura autobiográfica. Sin embargo siempre vuelvo a entrar en otro recuerdo de la misma forma en que algún momento me vuelvo a enfrentar con la vida, que inevitablemente, me espera). Pero escapar no siempre es efectivo, porque la gente persigue, insiste, acosa, como Jorge, que despabilado estira el brazo derecho desde la trama y atrapa mi palabra por el tobillo, e intento seguir escribiendo, pero antes de que pueda lograr hunde mi prosa dentro de la habitación y me encuentro frente a frente con él.

- Te odio hijo de puta.

- Seguís con lo mismo de hace años vos -replico con rencor.

- Me cagaste mal.

- Laura no te pertenece, no a mí, no a vos, es como dice Kevin Johansen -le digo con egocentrismo- solo se pertenece a sí misma.

- No me importa un carajo tus frases de poesía de culo de oro -dice con asco- el desenlace es simple, te quiebro cada uno de los dedos de la mano con los que escribís para que aprendas a respetar a tus amigos.

- No -digo con risa bufona- antes muerto que civilizado -y sin más, me pego un tiro.