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El circo aleatorio - Circo de sueños rotos
La luz continuaba titilante, una vieja polilla chocaba una y otra vez contra el foco provocando que los cables rotos se toquen esporádicamente, prendiendo y apagando el foco; Juan se movía sobre el contorno de su espalda ubicándose de costado, luego estiraba los pies, apretaba las sabanas contra el borde y se desperezaba poniéndose boca abajo. No había forma, no conseguía conciliar el sueño y era tarde, la luna estaba en un punto muy alto del cielo por lo que parecía perderse entre las demás estrellas, y el continuó correr del reloj roía la paciencia del niño de doce años que acostado solo pensaba en levantarse.
Una brisa entro por la ventana y el niño se dejó convencer por la frescura de verano del campo, que le susurraba al oído que la noche estaba esplendida para salir a merodear. Saltó la ventana y al caer sintió sus manos tocar el césped y la tierra húmeda, una sensación de libertad galopante invadió su cuerpo y se dejó llevar, levantó sus brazos como si fueran dos alas expandidas de un pájaro y se lanzó a correr campo adentro hasta perder el aliento. En la profundidad del campo las estrellas iluminaban con fuerza la obscuridad del cielo, un aura gris deslumbraba el suelo bajo la escasa niebla, Juan se detuvo bajo un árbol jadeante, se recostó mirando al horizonte que se perdía en el fondo de la negrura, y sin quererlo, cerró los ojos, y se durmió.
Un sonido retumbo en los oídos del niño que abrió los ojos de un sobresalto, se pasó la mano por los ojos e intento aclarar la vista, aún era de noche y no llegaba a ver qué era lo que brillaba lejos, a unos cuantos metros suyos. Se paró e intento tranquilizarse, pero apenas tuvo tiempo de darse cuenta que se había quedado dormido bajo aquel árbol cuando resonó otro estruendo a lo lejos, como un cañón seguido de un grito seco; Juan observó atentamente hacia la dirección del ruido y logro divisar una luz que titilaba, y detrás de la luz algo que aún no podía reconocer. Juan pensó que podía ser su padre que había salido a buscarlo a caballo por haberse escapado a la noche, pero aquel foco era demasiado brillante para ser la farola que él usaba; continuó caminando con lentitud y cierto miedo que le recorría las venas, pero su curiosidad era mayor, y a medida que se acercaba comenzaba a ver que detrás de la luz incandescente que prevenía de una lámpara colgada de un poste de madera, se alzaba un toldo que rodeaba una carpa de muchos colores.
Juan se sintió entorpecido por la situación, pensó en correr hacia el lado contrario, escapar, no entendía que hacia aquella carpa en el medio del campo y con un farol colgando en la puerta; hubiera querido correr y no volver más, arroparse en el fondo de su cama para sentirse seguro uno vez más, pero su curiosidad fue más fuerte. Se acercó a la entrada de la carpa a paso lento, y cuando estaba a unos metros desde adentro de la puerta salió un hombre poco convencional, vestido con un smoking negro pero con el rostro pintado como un payaso y un pequeño monóculo en el ojo izquierdo.
- Bienvenido al circo mi pequeño amigo – Dijo el payaso manteniendo la seriedad.
- ¿Quién… quien es usted? – Titubeo Juan, que apenas pudo articular palabras por el miedo que lo invadió.
- Soy parte del circo “Aleatorio” – Dijo el payaso señalando el cartel que colgaba a lado del foco – No tengas miedo niño, veo que lo tienes.
- ¡No tengo miedo! – Respondió Juan intentando parecer decidido.
- Entonces… ¿Quieres entrar? – Preguntó el payaso
- No sé, me dormí y ahora aparecieron ustedes – Dijo Juan – No los conozco
- Nadie nos conoce Juan – Dijo el payaso adivinando su nombre – Pues claro que te dormiste, es la única forma de llegar hasta nosotros.
Juan se quedó pensante, observo al payaso que ahora lo miraba con una sonrisa, y luego de dudar un poco decidió entrar.
- Se lo que estás pensando Juan – Murmuró el payaso – Has decidido entrar.
- Sí – respondió Juan
- Veras, nosotros damos la mejor función de todo el mundo, de todos los sueños – Dijo el payaso – Pero para asistir a ella, debes pagar dos ticket, uno de entrada y uno de salida.
- ¿Pagar? – Preguntó Juan
- Sí, pero claro que no es dinero, tu puedes pagarnos, solo debes hacer dos cosas por nosotros.
- ¿Qué cosas? – Juan comenzó a dudar nuevamente de aquel raro individuo.
- No te preocupes, cosas simples, pequeños recados – Dijo el payaso - ¿Harías pequeños recados por los tickets Juan?
- Esta bien, pero solo dos, uno al entrar y uno al salir – Concluyó Juan
- Claro que sí – Dijo el payaso ahora con una sonrisa en su rostro y extendió su mano para estrechar la de Juan.
Juan estrecho la mano del payaso e inmediatamente sintió que su rostro se humedecía, como si estuvieran pasando un pincel mojado por su piel. El payaso saco un espejo del bolsillo y se lo prestó al niño mientras reía por lo bajo, en la cara de Juan se había esparcido un montón de pintura blanca, luego rojo en los ojos, en la nariz y en los labios, contorneado por pequeñas líneas negras, convirtiéndolo en un pequeño payaso de circo.
- No te asustes – Dijo el payaso – Cuando cumplas lo pactado la pintura se caerá de tu rostro, mientras pertenecerás a nuestro circo
- ¡Sácame esto! – Gritó Juan, intentando remover la pintura de payaso de su rostro, pero no se movía.
- Ya te explique – Dijo el payaso tranquilo – No te preocupes niño, solo debes hacer lo que te pida.
- ¿Qué quieres? – vociferó Juan
- ¡Que recuperes y no esperes! – Exclamó el payaso – Escucha con atención Juan, no te comportes como un ruan, deberás atravesar el campo caminando hacia el sur, y allí encontraras la carpa del viejo Dur, es un anciano amable e inocente, pero debo advertirte que no te dejes llevar por los juegos de su mente. No confíes en su barba blanca o en su enternecedora paz pues bajo su manga siempre carga un as; él es uno de los artistas pintores de los sueños y a te intentara seducir con todo su empeño. Pero no será poco lo que te pediré y debo advertirte que para ayudarte allí no estaré, sobre nuestro circo debes convencerlo que pinte un cuadro y que brille en el el nombre “Aleatorio” tan amarillo como un canario.
Dichas estas palabras el payaso chasqueo los dedos y desapareció frente a los ojos de Juan, que decidido a conseguir el ticket de entrada para poder entrar al circo y luego terminar con aquellos raros sucesos que estaba viviendo y lo invadían como gotas de pánico.
Se adentró en lo profundo del campo caminando hacia el Sur, esperando encontrar allí la carpa del viejo Dur; la obscuridad de la noche destelló en lo alto y la frescura se levantó nuevamente sobre los verdes pastos, el olor a tierra húmeda inundo el pecho de Juan, que un poco más tranquilo, caminaba esperando ver en el horizonte algún indicio que le indique que se encontraba cerca. Al sentir la brisa en el rostro la sintió diferente, recordó que lo llevaba la cara pintada como la de un payaso, por unos segundos sintió que un fuerte escalofrió le endulzaba la espina dorsal, nunca le habían agradado mucho los payasos y ser uno le causaba un malestar raro, como si la misión que le había encargado el payaso del circo no encajara en él.
Tras dirigirse hacia el Sur durante un largo rato se encontró con que en el horizonte se asomaba una luz de farol, y detrás una carpa diferente, pequeña, enteramente blanca y con cierto aire virginal dado por la ausencia de una puerta en ella, parecía que nadie jamás había salido o entrado alguna vez. La rodeo a pasos ligeros y observo las estacas que la mantenían en pie, eran de maderas y poseían pequeños símbolos tallados en la cabeza, precipitado por un impulso de querer terminar con aquello rápidamente tomo de una de las estacas, tiro con todas sus fuerzas y la arrancó de un tirón resbalando y cayendo de espaldas al suelo.
Cuando levantó la vista sus ojos se detuvieron en una barba blanca y tan larga como jamás había visto, caía desde el mentón del hasta los pies del viejo flaco y alto que yacía parado frente a él, la blancura resplandecía en la obscuridad y era como un tejido de hilos de seda colgando a pocos centímetros del suelo. El viejo estiró su largo brazo y estrechando la mano de Juan lo ayudo a levantarse, sin decir palabra, apenas moviendo solo el dedo anular, le hizo seña de que lo siga, y sumergiendo sus manos dentro de la tela de la carpa como si esta estuviera hecha de agua, la abrió al medio y ambos entraron.
Dur se movía con la agilidad de una larga serpiente entre montones de pinturas, cuadros, pinceles, esculturas que atiborraban la inmensa habitación de paredes de tela blanca, desparramados por todo el suelo se alzaban montones de objetos raros, mesas de vidrio de patas tan largas que nadie podría comer en ella, sillas inclinadas hacia abajo como toboganes, y lámparas de agua que soltaban burbujas que deambulaban frente a los ojos de Juan que no podía quitar la vista de un cuadro en particular, una pintura en movimiento, en la tela se movía un gato negro que mientras hacía equilibrio sobre un monociclo lanzaba niños por el aire haciendo malabares con ellos, y el animal nunca se detenía, continuaba con sus malabares mientras parecía dirigir su mirada hacia a él.
- Se quienes te envían y para que niño, llevo tiempo sin pintarlos, esa es mi decisión – Dijo con voz suave el viejo Dur
- Pero, pero… - La voz de Juan temblequeo - ¿Por qué quieren que los pintes?
- Porque lo necesitan para poder navegar hacia nuevos destinos en busca de públicos desconocidos, y solo nosotros los artistas podemos embarcar los circos hacia sueños desconocidos, cada uno de nosotros es un engranaje que hace eco en la somnolencia, nosotros los artistas creamos las condiciones para los sueños, ellos, en el circo, los invitan a soñar.
- Ellos necesitan que los pintes en uno de tus cuadros – Respondió Juan – Es todo lo que sé, solo quiero entrar al circo para poder irme a casa.
- ¡Pero ellos no lo merecen! – Vociferó el viejo – Se han descuidado, su función se ha vuelto torpe, sin potencial, se ha convertido en proclamadores de la desilusión; lo que merecen es quedar estacando aquí para siempre.
- ¡Pero si usted no los pinta no me dejaran entrar! – Gritó Juan desesperado - ¡Yo solo quiero irme!
- ¿Acaso no lo entiendes niño? – Murmuró el viejo mirándolo a los ojos – No puedo dejarlos continuar.
- Que importancia tiene, solo son sueños – Dijo Juan con rabia.
- ¿Solo sueños? – Dijo Dur tenazmente - ¿Acaso crees que solo estás soñando?
- Sí – Respondió Juan
- ¡Niño tonto! – Dijo el viejo Dur - Los sueños son solo una puerta, la realidad yace del otro lado; aquí y ahora, donde estás tú.
- Pero necesito volver a casa – murmuró Juan – Por favor señor Dur.
- Esta bien – Dijo Dur – Pero solo tendrás una posibilidad, debes demostrarme que puedes soñar, que tu imaginación es digna de prevalecer, si lo haces pintare al circo Aleatorio y podrás entrar; obsérvame y repite.
El viejo Dur cerró con suavidad los ojos, extendió los brazos hacia ambos costados como si estuviera por ser crucificado, y con la agilidad de un gato su barba se abrió en cuatro mechones diferentes que comenzaron a moverse con diferentes ritmos. Los mechones de pelos surcaron el suelo entre los pies de Juan, tomaron pinceles y tras mojarlos en temperas, y oleos, empezaron a pintar sobre cuadros de tela, con la habilidad de un pulpo, como si fueran tentáculos se blanca seda. Sobre los cuadros los colores se mezclaban formando figuras que iban cobrando forma mientras se movían; en un cielo apocalíptico un unicornio con seis brazos agitaba sus alas de metal y relinchaba entre nubes rojas, en otro se desdibujaban líneas negras en un rostro agónico que se transfiguraba entre un hombre con un pico de pájaro quebrado. Otro mechón se deslizaba a toda velocidad dejando el atrás dibujos de árboles de papel grises, con ramas largas de las que colgaban barcos y aviones de hojas amarillentas, mientras que el último salpicaba en dibujos gotas de fuego y viento sobre la tela blanca, que caían desde cielos estirados por la omnipotencia del universo sobre un conejo sin orejas que se hallaba falleciente sobre un planeta.
El niño no titubeo, cerró los ojos y sin poder ver más allá que de la plena obscuridad de sus parpados, abrió sus brazos de par en par e intento dejar escapar los movimientos de su imaginación; pasaron apenas unos segundos y noto que nada se movió, abrió sus ojos y vio que el viejo estaba por terminar sus cuatro cuadros, sin esperar más, apretó fuerte los parpados, se concentró, y un segundo antes que se diera por vencido una inmensa luz se abrió en su mente como una puerta y sintió que su pelo comenzo a crecer. De golpe vio la carpa en colores diferentes, colores que jamás había visto y ni siquiera podía nombrar, pero no veía a través de sus ojos, sino con el movimiento rítmico e imparable sus cabellos que surcaban el cuarto sin detenerse convertido en un solo mechón largo en busca de un pincel.
Con la punta de los cabellos tomo un pincel y sintió que en él se fracturaba una puerta interior a la que nunca había visto con tanta claridad, el mechón se movió con velocidad por todo el cuadro liberando figuras atónitas que lo sorprendían a él en su estado de catarsis. Las líneas y las manchas en unos minutos tomaron la forma de una fisura en el centro del cuadro, por la que salía una mano de arena blanca que sobre la palma abierta sostenía un niño de cera negra que se quemaba entre rayos de luz que emergían desde atrás de la negrura de sus hombros.
Juan abrió los ojos y una fuerte paz lo invadió hasta lo más profundo de su pecho y se enrosco en su alma, vio que el viejo Dur miraba con atención el cuadro que él había dibujado, mientras de fondo se escuchaba relinchar al unicornio con seis brazos y alas de metal. El viejo se acercó el cuadro a paso lento sin quitarle la vista de encima y pasó el dedo sobre la pintura aún fresca, pero extrañanamente no se corrió; Dur cerro parpadeo unos segundos y suspiró satisfecho.
- Lo has logrado niño, has liberado el potencial que llevas dentro – Dijo el viejo Dur sonriendo – pero ahora no podrás volverte a desprender de el, ahora se ha enroscado en lo profundo de tu alma y debes cuidarlos, como se cuida la inocencia de los pequeños niños.
- Lo he sentido – Dijo Juan – Algo se ha posado en lo profundo de mi pecho.
- Así es Juan, y así será para siempre – Dijo Dur, que unos segundos después volvía a cerrar los ojos y comenzaba a pintar el cuadro del circo Aleatorio.
Juan se despidió del viejo Dur y volvió a recorrer el camino, esta vez dirigiéndose hacia el norte para volver al circo del payaso en busca de su ticket, pero ahora sentía que las ansias de volver a su casa habían desaparecido y que abría su pasó una posibilidad que muy pocos habían podido conocer, y que ahora lo acompañaría toda la vida.
El campo continuaba igual, la noche no cesaba y tampoco cambiaba, siempre permanecía igual, las estrellas en los mismos lugares, la luna con el mismo brillo, el pasto verde que envolvía todo el campo mantenía la misma frescura; se sintió cómodo al caminar por esa llanura que tantas veces había recorrido y tanto le gustaba, y que ahora atravesaba con propósito, uno mayor, que lo superaba a él y eso le gustaba, llevar adelante una responsabilidad y una misión encargada por el payaso del circo Aleatorio, que ahora lo saludaba con una sonrisa desde la puerta del circo que se alzaba a unos metros entre la niebla y la obscuridad.
- ¡Lo has logrado niño! – Gritó el payaso sonriendo – ahora puedes entrar, daremos la mejor función solo para ti.
El niño no tuvo tiempo de contestar, el payaso lo empujó por la espalda con fuerzas para adentro del circo y apenas entro Juan se encontró parado en un palco de madera rustica, adornado con guirnaldas de colores y reflectores que colgaban a los costados apuntando hacia el centro del escenario. Enseguida una voz interrumpió los pensamientos de Juan, era gruesa y potente, pero no salía de ningún individuo, en el circo no estaba nadie más que él y la voz, que resonaba desde lo profundo del vació.
- ¡Bienvenido Juan, este es el circo aleatorio, aquí harás de tu imaginación un emporio! – Vociferó la voz – ¡Esta es tu función individual, así que pide ver lo que quieras sin restricciones, que siempre es mejor cuando tolo sale mal!
La voz calló y un silenció envolvió el interior de la carpa por completo, una mínima vibración sonora hubiera herido en la profundidad más dolorosa al silenció, que tras el grito -¡A cirquear!- de Juan, se quebró hondamente y tras imaginarlos nacieron desde el suelo caballos de arena que alados que relincharon grotescamente y se elevaron por lo alto de la carpa chocando entre ellos, y convirtiéndose en nuevas figuras que caían sobre la caja gigante de arena en la que se había convertido el escenario. Granos diminutos selpicaban hacia fuera de la funcion pero ninguno llegaba al palco de Juan, las figuras se movian erraticamente en el aire que parecia cortarse por el fuego de la locura que envolvian aquellas figuras que nacian para luego volver a caer y desarmarse entre una polvareda amarillenta.
Desde la profundidad asomaron manos gigantes que se retorcian elevandose hasta el techo, y luego se trensaban entre ellas hasta devenir en una enorme flor de una veintena de dedos resplandecientes ante las taciturnas luces de los reflectores; los petalos se desprendieron y cayeron hacia abajo junto con el polveriento tayo que se desvanecio en el aire. Un soplo de arena irrumpio desde las profundidades del suelo y del agujero broto un chorro de agua que humedecio el resto del arenal, el fango comenzo a moverse lentamente y cientos de pequeñas caretas de payasos comenzaron a brotar y levitar sobre el piso, Juan desde el palco movia sus dedos y las mascaras giraban y giraban en un tifon de salpicaduras, mientras algunas reian y otras parecian llorar gotas de lodo.
Las caretas marrones se unieron en una gran bola que se formaba con lentitud, con la pesadez de un caballo de plomo que intenta galopar en praderas de fango; tras completarse cayo sobre el suelo dando un tremendo estruendo y desarmandose en pequeños escarabajos de polvo que llevando pequeñas galeras sobre sus cabezas levantaron vuelo agitando sus alas y bajo el techo de la carpa formaron una boca con una sonrisa suspendida en el aire, una sonrisa de arena carente de cuerpo, sincera, inocente y macabra, que unos segundos despuès dejo nacer desde la profundidad de la boca una lengua rabiosa que se agitaba como una serpiente preparada para atacar. Y en ese mismo momento culmine, en que Juan creìa tener su creaciòn controlada, la lengua en un impulso arrebatador se lanzo a toda velocidad contra el palco de Juan que en un acto de desesperaciòn se lanzo hacia al costado y cayo dentro de la caja de arena.
Al caer, por un momento se vio inmerso en un silencio eterno, sintió que un callar insaciable lo carcomía por dentro abriéndole una herida en el alma y dejando entrar al miedo a través de ella; desde el piso vio la lengua de arena alzarse frente a él amenazante, polvorienta, descarrilando sobre si misma en movimientos tambaleantes, bruscos; y la sonrisa se volvía cada vez más tenebrosa, algunos de sus dientes se desprendían mientras que otros quedaban colgando como péndulos desde finos hilos de arena. Aún con las manos en el suelo e intentando recuperarse de la caída Juan intento concentrarse para desarmar en polvo a la boca maligna que balanceaba su lengua ferozmente; en un arrebato de valentía intento detenerla, pero la amarillenta lengua se levantó en el aire y con fuerza arremetió contra el niño que se tiro hacia un costado y desapareció entre la polvareda.
- ¡Ayuda! – Grito Juan perdido entre la nube de arena - ¡Ayuda payaso, no puedo controlarlo! –
Pero solo sintió un gran silencio que lo envolvía y una figura sombreada que se acercaba a él flotando entre la polvareda. Desde la espesura amarilla y granulada nació un vendaval de escarabajos que se lanzaban a toda velocidad como gruesas gotas de lluvia a los pies de Juan; este giro sobre su espalda, y dando tropezones comenzó a correr a toda velocidad para escapar de los escarabajos de arena, que como kamikazes rozaban sus talones golpeando con fuerzas contra el suelo y estallando en pequeñas salpicaduras de arena. Juan intento escapar de la caja de arena pero al dirigirse hacia las vayas desde el suelo brotaron gruesos barrotes de arena que fluían hacia el techo, chorros arenosos que soplaban con una tremenda fuerza hacia arriba que lo obligaron a frenar bruscamente. Un escarabajo que caía velozmente lo golpeo en la pierna derecha y el niño cayó al suelo, solo pudo pensar que estaba atrapado, atrapados entre barrotes impenetrables, estacando en una cárcel de arena con un ser que no podía controlar, o tal vez sí; giro sobre su espalda y en el mismo momento que tres de los insectos de dirigían directo a golpearlo, cerró los ojos e imagino un silencio inmenso, estático, tan pacifico como calmo, y cuando los reabrió vio que dentro de la caja de arena todo se hallaba detenido.
Se levantó de un salto y caminó lentamente entre los insectos amarillentos que permanecían suspendidos en el aire, a pasos lentos se acercó a los barrotes que se encontraban estáticos en su lugar, enderezo el brazo derecho, abrió su mano, se concentró con todas sus fuerzas enfocándose en los barrotes que vibrando comenzaron deshacerse en pequeños granos de arena. Sus dedos temblaron, sintió que su brazo se debilitaba, en un último esfuerzo soltó un leve rugido y cerró el puño, en ese mismo momento vio sucumbir ante él todos los barrotes de arena que rodeaban el escenario; tomo su brazo con la mano izquierda y sintió que un leve temblequeo, se dirigió hacia el palco y se sentó contra el borde a descansar, miro hacia la caja de arena y vio que todos lo que había creado se había desecho en montañas de arena que ahora descansaban tranquilamente en el suelo, bajo las luces de los reflectores que colgando desde el techo de la carpa apuntaban hacia el centro del escenario.
Juan se levantó y observo hacia su alrededor, las paredes de la carpa aún permanecían sin ninguna fisura, no había nada parecido a una puerta de salida, pensó que todo aquello no salió como él lo esperaba, que era en vano, la función, la sublevación de las creaciones de arena, la sonrisa, la lengua, los insectos y sus ataques que lo podrían haber herido sino fuera porque había logrado controlarlos. Desde el palco dio un grito al vació de la carpa para que aparezca el payaso, pero su voz desapareció y el silencio se mantuvo; se sintió solo, cansado de esperar, vulnerable, lágrimas de llanto brotaron de sus ojos, paso el dedo por su rostro para secarse las lágrimas. Pero enseguida vio que una gota de llanto cayó sobre su mano y al tocar la piel se convirtió en pintura, en el dibujo de una lágrima, como maquillada, como las lágrimas de los payasos, intento borrarla fregándola con el brazo pero permaneció allí. Y en ese momento se detuvo a mirar la lágrima pintada en su mano, y recordó que desde que había empezado la misión el payaso de la puerta del circo había maquillado su rostro y él se había vuelto un payaso más; por eso ahora Juan se dio cuenta que no necesitaba gritar por el auxilió de nadie, el era un payaso dentro de un circo, él mismo podía encontrar la forma de salir.
Se enderezo, se pasó ambas manos sobre el rostro y sintió la textura del maquillaje que reposaba sobre el borde de sus ojos, continuo con sus dedos hacia abajo y lo palpo cubriendo por completo sus pómulos, envolviendo su nariz como un espeso acrílico, bajando hacia su garganta, y al final perdiéndose con la superficie de su piel bajo su cuello. Dio unos pasos y abandono el palco, decidido se acercó a la pared de la carpa, cerro sus ojos, observo la obscuridad, el hueco negro en que lo envolvían sus parpados al cerrarlos; concentrado levanto ambos brazos, junto sus manos, y recordando como lo había hecho el viejo Dur en su tienda, hundió las manos en la pared de tela de la carpa y empujando levemente hacia los costados abrió una puerta por la que finalmente, logro salir.
- ¡Finalmente, aquí estás! – Lo sorprendió la voz del payaso al pisar el césped húmedo – Hacía tiempo que nadie tardaba tanto dentro del circo; lo has logrado niño ¡Gracias a ti ahora el circo Aleatorio podrá seguir hacia otros sueños!
- ¿Qué he logrado? – Preguntó Juan agitado – ¡Casi muero ahí dentro!
- Claro que si querido amigo – Asintió el payaso – ¿Acaso crees que aprender a construir y dominar los sueños es tan fácil? Pero lo has logrado, aún no logras entender lo que has aprendido, pero lo harás desde ahora en adelante, cada vez que cierres los ojos, y bajo el halo del sueño, te duermas.
El payaso miro al niño a los ojos en silencio, extendió el brazo, y desde debajo de la manga saco un ticket con la palabra salida escrita en el, Juan alzo su mano y en el mismo momento que tomo el papel sintió que se desvanecía fugazmente, pero pudiendo ver con los ojos entreabiertos, por última vez, la figura de aquel extraño payaso.
Despertó bajo el mismo árbol en el que se había dormido, aún estaba obscuro, el pasto fresco por la brisa rozo sus dedos, respiro pausadamente y con movimientos lentos comenzó a levantarse, respiro profundamente y se desperezo en el medio de la noche. A lo lejos diviso una luz que nunca antes había visto, parecida a la que había visto antes, extrañado, pensó lo único que podía hacer era caminar hacia esa dirección, para saber si aquella luz era la de su padre que lo estaba buscando, o la del circo en el medio de la oscuridad.