CUENTOS · 26 MIN DE LECTURA
Detrás de la pupila de Morijundo
<¿Cómo puede ser que algo que en un momento tiene perfecto sentido, unos segundos después puede desmoronarse a pedazos?> pensó Romero, y tras atravesar el cielo celeste con tintes fucsias otro cuerpo cayo a su lado.
Uno tras otro caían tronando, uno por día, pero tronando, el ruido del golpe que siempre provocaba como mínimo más de ciento veinte fracturas en los huesos de los cuerpos se hundía en los oídos de Genaro cada medianoche en la que caminaba hasta las coordenadas en las que esperaba la caída de esa noche; y la caída siempre empezaba de la misma forma, con un estrepito sonoro que se engendraba en lo profundo del firmamento oscuro en el que no era posible divisar más que la oscuridad, pero de esa negrura surgió un grito agudo tan fino como un hilito de agua que con el paso de los segundos se concretaba una gruesa gota de carne que estallaba contra el suelo. Siempre en el mismo lugar, no encontró fallo alguno en los treinta días que estuvo investigando el fenómeno y la forma de proceder nunca cambió; los cuerpos siempre siguieron cayendo, diversos en edad pero siempre hombres, hombres de pies medianos, hombres de pies pequeños, de rasgos suaves y otros de mirada bruta, algunos de mentón ancho y otros de contexturas flacas, y así seguía la lista interminable de las muertes que parecían no tener fin.
El pasto verdoso se agitaba con el avance de las botas de cuero negro de Genaro que avanzaba por la selva en las que estaba llevando adelante una expedición sobre las antiguas religiones de los indios Bochonzos. En la aldea le habían comentado algunas costumbres extrañas sobre la arcaica tribu indígena de las que nunca antes había escuchado hablar, por lo que había deducido que debían ser cuentos populares. Genaro recordó alguna de las anécdotas mientras caminaba y no les encontró sentido <¿O realmente es posible que hayan hecho algo así para invocar al dios de Morijundo de la selva?> no sólo era extraño sino que no coincidía con el rumbo de su investigación en las que había logrado averiguar que los Bochonzos eran indios que realizaban complejos rituales religiosos que llevaban días de organización <Pero el tiempo me ha enseñado a no menospreciar la cultura popular> recordó Genaro. Y continuó su camino en pos de llegar a una pequeño bosque en el que quedaban los restos de un antiguo grupo de ruinas de los Bochonzos, aún le quedaban seis horas de caminata. Geenaro nunca llegó a destino, porque en mitad de la caminata, ya inmerso en la oscuridad, lo interrumpió un estruendo potente pero seco que lo obligo a buscar desesperadamente a su alrededor que lo había causado.
Corrió unos metros hacia la derecha fundido en la sombra por lo que bastó una pequeña delante de su pie izquierdo para que tropezara y al caer aterrizó con la pera contra el piso y frente a él a a menos de tres centímetros se encontró con un rostro fracturado, quebrado en forma de cruz, con un ojo colgando por la cuenca vacía y el labio abierto a como una esponja cortada en tres pedazos; la linterna que había caído a un costado alumbraba el rostro por lo que Genaro de la desesperación, antes de pararse, dio un manotazo a la linterna para sumir la deformada figura en la oscuridad. La luz alumbro hacia un sauce de copa verdosa, caída como lianas podridas, pero el rostro destrozado balbuceo lastimosamente <Todavía seguimos cayendo> y Genaro, aterrado, sintió el aliento derrumbarse sobre su sentido del olfato.
Esa noche corrió envuelto en un jirón de miedo por lo que en el camino volvió a tropezarse otras cinco veces a causa de la desesperación, y aun con todas las heridas que se provocó en las caídas, nunca paro de correr hasta llegar a la aldea.
Pero la curiosidad antropológica de Genaro lo llevó a quedarse a pesar de estar incomunicado con el exterior por la falta de cualquier tipo de señal en la selva espesa, lo único que podía hacer era esperar a que pasen los cuarenta y cinco en los que volverían a buscarlo. Tras meditarlo y con la intención de tener una opinión externa contó parte de lo ocurrido al aldeano al que le alquilaba la habitación por unos pocos pesos; el aldeano de barba blanca se mostró interesado cuando le contó que había encontrado un muerto, pero cuando Genaro intento explicarle en su idioma que en el rostro totalmente quebrado había percibido rasgos de aborígenes Bochonzos el aldeano guardo silencio un momento y luego voltio el rostro y se dedicó a tomar su brebaje en silencio; Genaro partió, no hubo más palabras.
En su muñeca izquierda se agitaba un brazalete de plata con el continuo ir y venir de sus brazos mientras caminaba rumbo al lugar en el que había encontrado al muerto <O no tan muerto> pensó Genaro, al fin y al cabo había murmurado esas palabras que se habían tallado en la lengua de sus pensamientos con carbón negro y cada vez que miraba hacia atrás, hacia la noche anterior, volvía a oírlas, a verlas escritas en sus recuerdos <Todavía seguimos cayendo>. El sol en lo profundo del cielo alumbraba con una tonalidad de un amarillo suave que fingía ser amigable, pero en el momento que alcanzaba la piel la quemaba con la fuerza con la que los hierros de los gauchos marcan a los toros; la transpiración caía en grandes gotas de agua hirviendo por la frente de Genaro, pero aun así, con el calor podando su piel, estaba dispuesto a llegar hasta la zona de la noche anterior. Y después de otra hora de caminata llegó. Y el hombre aún estaba en el mismo lugar, pero ahora estaba muerto, cadavérico, siendo asado por el sol que derretía sus pupilas que cada minuto se podrían un poco más al igual que el resto del cuerpo que a la distancia derramaba el aroma de la descomposición. Se agacho sobre el cadáver y observo las quebraduras en el rostro y en el resto del cuerpo, algunas fracturas eran expuestas y otras aún estaban cubiertas por la piel pero eran visibles detrás del espesor de la carne porque se marcaban como si estuvieran desesperadas y quisieran tomar un poco de ese aire desértico que asfixiado por el sol ardía en los pulmones. En el abdomen agujerado por cuatro costillas que se asomaban perforando la piel rodeadas por un pequeño charco de sangre seco que se parecía a una mancha de betún purpura, Genaro descubrió un tatuaje inconfundible, reconoció el simbolismo y la técnica de grabación en un santiamén <Es un dibujo Bochonzo> dedujo con brillo en las pupilas <¿Pero cómo es posible?> y <¿Esto significa que aún están vivos? Y...>. Esa misma tarde, antes que el sol se entregue a la fúnebre oscuridad del ocaso, contó la cantidad de fracturas del indio Bochonzo y recopilo algunos datos en su cuaderno <Metro ochenta, moreno, pelo negro, ojos marrones, y entre ciento veinte y ciento treinta fracturas corporales>; la noche finalmente se apagó, Genaro encendió un fuego, preparo un arroz blanco sin sabor y comió mirando las estrellas hasta que un extraño sonido agudo llamó su atención; los primeros segundos fue como el susurro de una violín desafinado pero no tardo más que un momento en convertirse en un gemido, en un grito, animal, humano, indistinguible, Genaro miró hacia el Este y hacia el Norte pero no vio nada y después de girar dos o tres veces más la cabeza el sonido se intensifico en inconfundible grito de un hombre que terminó al mismo tiempo que un estruendo potente pero seco sonó a sus espaldas y lo obligo a darse vuelta en un eléctrico espasmo de horror momentáneo.
<Otro otro otro, no puede ser, otro> murmuraban los pensamientos horrorizados de Genaro mientras su cuerpo respondía en un estado que hacía honor al momento y se paralizaba estúpidamente cuando sus pensamientos volvían a traccionar y gritaban <!La linterna! La linterna> y unos segundos después se arrastraba sobre el pasto, sobre tierra, sobre insectos, hasta la carpa y metiendo las manos desesperadamente revolvía hasta recuperar la linterna y después la luz en el rostro y las fracturas y los huesos hacía afuera y las pupilas retorcidas en el cráneo quebrado por <¿Acaso caíste desde...> enloquecía Genaro y miró hacia arriba como si fuera el único lugar del que podría haber aparecido aquel cuerpo antes vivos pero ahora muerto. Genaro no se atrevió a quedarse en la oscuridad cerca del cuerpo, pero esta vez tampoco corrió hacia la aldea para sentirse seguro, sino que decidió tomar distancia e ir acampar una distancia respetable de los dos cadáveres hasta la mañana siguiente en la que volvería a intentar deducir lo que había sucedido; así fue que se desarmo la carpa y tras plegarla a medias la metió en la mochila con el resto de las cosas y en menos de cinco minutos estaba caminando entre surcos selváticos hundido en la gran pupila negra de la noche, sofocado por el sentimiento de extrañeza impune que provocan los recuerdos inexplicables; el pasto se agitaba a sus pies y la luz se movía al mismo ritmo de sus piernas, los árboles cubiertos por moho eran una columna más que sostenía el cielo de tiza negra que se cada algunos minutos era perforado por el sonido de algún animal que no encontraba descanso. Pero de repente se detuvo. No movió más ninguno de los músculos. Genaro tuvo la suerte de que la linterna alumbrara el barranco unos metros antes de llegar a su final; al verlo se acercó lentamente con la intención de mirar hacia abajo, se puso en cuclillas y gateo con precaución hasta llegar al último tramo y en el momento en que miró para abajo una visión le atravesó los ojos como una daga sangrienta. No pensó más. Solo imágenes. Figuras autóctonas que se movían en una noche oscura que pudo percibir que era de otros siglos, el lugar era el mismo pero era otro tiempo y las figuras que caminaban hacia el final del barranco eran hombres, eran Bochonzos, y aunque Genaro sentía una emoción que lo forzaba a disuadirlos no ocurría nada y los Bochonzos seguían su rumbo hacia el vacío, caían, uno tras otro, hacia el fondo, hacia el suelo, hacia la muerte; Genaro contó treinta, y cuando el último toco el suelo la visión lo escupió de una patada devuelta hacia su mente y se encontró una vez más en el barranco mirando hacia abajo; agitado retrocedió como un gato que acaba de ver como matan a su madre y huye creyendo que será el próximo, y tras tirarse de espaldas al pasto empezó a gemir, y con sus dedos hundidos en la tierra húmeda deseo por un momento que la noche acabara en ese mismo instante.
<¿Acaso me desmaye o me dormí?> se preguntó Genaro, el sol naciente retocaba con suavidad su rostro mientras él se incorporaba con lentitud y recolectaba sus cosas tiradas en el suelo <¿Y ahora?> se preguntó al recordar lo que había visto la noche anterior; pensando por un lado en el cuerpo y por otro en la visión. <¿Qué fue esa visión?> murmuró para sus adentros, y sintiéndose exhausto, decidió volver hasta el lugar en el que la noche anterior había caído y muerto otro hombre; se marchó sin mirar atrás, sin volver la mirada hacia el barranco.
Miró el segundo cuerpo apilado sobre el cuerpo anterior, el segundo había caído exactamente en el mismo lugar que el primero por lo que le había caído encima convirtiendo al primer cuerpo en un vómito de vísceras que salpicaba su sádico asco sobre los pastos y plantas que lo rodeaban. <Hombre, metro cincuenta, ojos violentos, pelo canoso, más de ciento veinte fracturas> anotó en su cuaderno; las diferencias entre éste y el anterior eran físicamente escasas y en el hombro tenía tatuado un símbolo Bochonzo <¿Cómo es posible?> se preguntó Genaro, pero basto otra observación a los cadáveres para saber que de ellos no podía extrar más información, ni si quiera tenía un equipo forense que lo acompañe, estaba sólo y con por lo que podía deducir eran dos indios Bochonzos caídos del cielo. Se irguió intentando recomponer los sucesos que habían ocurrido hasta ese momento, y al mirar al horizonte recordó que hace dos días cuando se topó con el primer muerto iba camino a examinar los restos de las ruinas de los Bochonzo; todo había ocurrido tan repentinamente que lo había olvidado. Dio una última a mirada a los cadáveres como símbolo de despedida y unos segundos después estaba camino a las pequeñas ruinas de la tribu que no se encontraban muy lejos de allí.
El mediodía abría el suelo con su calor denso y el resto de la madrugada se había agotado hace algunas horas y aun así Genaro continuaba su camino, daba un paso y después otro, bebía un poco de agua y continuaba hasta que finalmente diviso las ruinas detrás de un grupo de altos arbustos espesos. Los atravesó y camino por las ruinas palpando las paredes de las pequeñas edificaciones que eran como iglúes pero de piedra color ladrillo con vetas marrones; por el hueco de una pared pudo ver que en el centro de las ruinas había una construcción un poco más grande o al menos lo suficiente como para que una persona entre caminando sin agacharse. Cuidadoso la rodeo para ver el estado de la construcción, una vez que se vio convencido y también dio cuenta que no tenía ventana alguna para que entre sol que por tercera vez triunfaba sobre su piel asada. Sacó la linterna y entro sin dudarlo, una frescura inundo su cuerpo, como el sol no llegaba a su interior la pequeña construcción de piedra era un nicho de humedad que le recordó al rocío de los inviernos que había pasado investigando por Australia. Genaro se detuvo cuando su mano alumbro algo en la pared que primero le pareció borroso, pero al acercarse reconoció los jeroglíficos y otros símbolos Bochonzos tallados sobre la superficie del ladrillo <¿Cómo es que no se ha borrado?> se preguntó Genaro al ver lo bien conservado que estaba las escrituras, y para sus adentros fue traduciendo lo que los dibujos con más de dos siglos de antigüedad contaban <Fueron treinta los violadores, siempre buscaron ser más poderosos que Morijundo ¿Cómo alguien puede atreverse a ser más poderoso que Morijundo?> se preguntaba el que alguna vez talló el escrito y continuaba <Todo el que atente o se acerque a Morijundo debe ser castigado, al igual que lo fueron los pecadores que por siempre seguirán cayendo> Genaro recordó la frase del caído y continuó leyendo <Treinta fueron los que invocaron a la diosa Mautuna, la esposa de Morijundo. La invocaron en el cuerpo de la pequeña india llamada Taula; Mautuna fue traída con un hechizo a la tierra e invocada en el cuerpo de Taula, luego uno a uno violaron a la diosa Mautuna presa en el cuerpo de Taula con la intención de embarazarla para que la diosa dé a luz a hombre dios, hijo de la diosa Mautuna y los Bochonzos> Genaro detuvo su vista con atención ante unos jeroglíficos seguido de unos símbolos con un significado extraño por lo que primero no pudo interpretarlos, pero insistió hasta que descifro lo siguiente <Morijundo vio y castigó, sacrificó a Taula y en el mismo acto a su esposa Mautuna, ningún hombre dios Bochonzo pisaría la tierra> parpadeo, se frego los ojos y continuó <esa misma noche Morijundo arrancó parte de su alma a la que lloro en una ancha lluvia que abrazó la selva, las gotas imbuidas de su dolor humedecieron las plumas de treinta gorriones y los pequeños tomaron vuelo cargando el castigo dentro de ellos> Genaro movió la linterna y alumbro el largo renglón de símbolos y dibujos que se extendía hacia la derecha <Los gorriones bajaron en la aldea Bochonza sin ser vistos, como copos de nieve negros entraron en las carpas en la que dormían los violadores y con la fuerza de Morijundo de su lado se metieron en sus bocas agitando sus garras, y plegando sus alas atravesaron las gargantas de los pecadores liberando plumas en sus paladares hasta perderse en el fondo de sus estómagos> el antropologo vió que había un espacio entre esos símbolos y los siguientes que sólo anunciaban <La muerte llegó negra, al igual que la caída> y no tardó más de unos segundos en comprender que la noche anterior había sido testigo de ese final en el que uno a uno, presos de la voluntad de Morijundo, habían caminado hacia al barranco, hacia su propia muerte.
Los días pasaron en una estampida de diferentes intentos de Genaro de guiar su investigación hacia un puerto que no sea el mismo pozo seco de siempre, pero por más que preguntó a los aldeanos ninguno parecía dispuesto a otorgarle más de un saludo de bienvenida y otro de despedida, y las pocas palabras que Genaro conocía de su idioma complicó aún más las cosas. La gente se mantuvo callada o negó saber cualquier cosa sobre los cadáveres que caían del cielo y por más que intentó convencer a los aldeanos ninguno se interesó en acercarse al lugar de los caídos; Genaro resolvió que el problema era que entre los aldeanos su palabra no tenía credibilidad, por lo que tomó el único camino posible y los días restantes acampó en la zona de los muertos en la que vió a los indios Bochonzos caer del cielo, uno por cada noche, como si un inmenso pulpo que habitara la gran mancha negra que era el firmamento se decidiera a soltarlos con la llegada de la medianoche para cumplir la voluntad inquebrantable de una deidad <La voluntad de Morijundo> pensó una noche Genaro y el tiempo y los días y los caídos lo atravesaron en una ráfaga de momentos de los que apenas pudo averiguar algo más de lo que ya sabía, y en los que sufrió al ver la muerte de cada uno de los primeros quince indios que cayeron en un grito ahogado al darse cuenta de que su único destino posible era morir de un golpe seco contra el suelo. Pero sólo sufrió con los primeros quince porque fue la noche en que el quinto Bochonzo cayó del cielo a toda velocidad y estalló contra el suelo sobre los demás cuerpos formando una pila de carne podrida, en la que como un buen racionalista se dio cuenta de que no existía un motivo real para sufrir al ver morir a los indios en picada, a los indios de alas maltrechas, a los indios en fuga hacia el suelo; porque la muerte no era más que un borramiento de una existencia individual insignificante, imperceptible en la densidad de la humanidad, la violencia de la situación en la que morían los Bochonzos caídos del cielo le había hecho perder de vista de lo único de aquel fenómeno digno de observar <¿Ver hombres caer del cielo sin razón alguna? Por más que nadie me crea seré digno de haber vivido ésta experiencia> razonó Genaro y sentenció <Fue la violencia de la muerte, la que no me permitió ver durante estos días la belleza del fenómeno que tengo enfrente>.
Al llegar la siguiente noche Genaro prendió el fuego, puso la cacerola quemada, vertió agua y se esmeró en preparar el arroz con un sabor medianamente rico con lo que tenía a mano; el viento nocturno sopló enfriando su nuca y resucitando en su interior el pulso del corazón de un leopardo avivó sus sentidos que se abrieron ansiosos a la espera del caído de esa noche.
Simplemente pasó, no entendió cómo, pero tampoco era cuestión de entender porque en ese momento estaba cayendo y el viento galopaba su piel desnuda a una velocidad desenfrenada, lastimando su ingle y presionando su vejiga con la fuerza de una bola de cemento que rueda sobre el cuerpo frágil de un enfermo; era incalculable ¿El qué? El todo ¿Cómo saber si eso eran nubes o era el suelo si todo estaba tan negro? La oscuridad carcomía la visión del indio con la velocidad de las fauces de un tigre que se arquean con violencia sobre su presa, y eso era el Bochonzo, una presa de la oscuridad en la que caía sin poder mover más que sus extremidades en el vacío, y desesperado caía y caía y primero las nubes y después algo que parecía ser el final ¿Acaso era el suelo o acaso eran más nubes? Y <!No no no!> se oía dentro de la pequeña mente del condenado que aullaba culpas recordando la violación a la diosa Mautuna, y a la pequeña Taula, y mientras caía en sus recuerdos presionaba los muslos de Taula para hundir su miembro en la diosa Mautuna y así en un futuro cercano engendrar un pequeño dios Bochonzo que sería la gloria de la tribu; pero en ese momento aparecía la figura de la furia de Morijundo y los gorriones perpetraban su huella adentrándose por su boca mientras dormía, y la caminata, y el barranco, y la caída de los treinta hombres de la tribu y finalmente los ojos de Genaro que expectante veían convertirse al indio en otro cadáver más de la obra de Morijundo.
Que bello se oyó el primer grito que atravesó la espesura nocturna para llegar a través de variados compases hasta los oídos de Genaro que había estado esperando tranquilamente que ocurriera. Por eso cuando ocurrió llevo una buena cucharada de arroz condimentado a su boca y masticando con paciencia irguió su mirada hacia la noche, buscando al torpe caído, al indio suicida, e interpreto el grito como una alegoría del sentido artístico de lo que estaba por ocurrir. Cuando lo vio tomar forma en la inestable oscuridad que por momentos parecía entregar una figura apenas distinguible a los ojos de Genaro y luego volverla a ocultar, se libró de todos los pensamientos y solo vivió el momento, no pasaron más de unos cuantos segundos desde el momento en que el Bochonzo se hizo visible para Genaro y el momento en que golpeo con la fuerza de un mamut sobre la pila cuerpos que retumbo en un temblor inútil de carne y huesos apelmazados que perforaron al indio en la cabeza y el pecho a caer sobre las puntas. Y poder presenciar aquello fue sublime <!Sublime!> gritó Genaro emocionado al observar la forma en que el indio con el cráneo abierto y destripado por los huesos de los cadáveres anteriores había quedado con la quijada abierta y descolocada, como si hubiera decidido seguir gritando hasta el final. El montículo de carne zumbaba un grasoso olor a podredumbre que era seducido por el viento e impulsado hacia el Sur por lo que no causaba molestia alguna a Genaro, que mientras terminaba su comida se mantuvo en plena observación de la escultura corporal que tenía frente a él y en la boca quebrada y desopilantemente abierta del Bochonzo muerto.
Después de esa noche el concepto de arte tomó una dimensión nueva para Genaro que fue reflexionando en largas caminatas a través de la densidad selvática que desembocaba en el borde de un angosto arroyo que surcaba en el fondo del barranco. La primera vez que decidió tomar ese camino aprovechó la oportunidad para recordar algunos de los preceptos históricos que había leído en las clases de la universidad sobre el canibalismo y su relación con el arte durante el periodo del renacimiento. Mientras bajaba por la pendiente que daba al arroyo recordó que el profesor Sigilondo había explicado que el imaginario colectivo caníbal en el arte del siglo XV era provocador, y se estructuraba en torno a la dominación del cuerpo del otro a través del sometimiento del poder físico e intelectual <Podré saborear tu carne sólo porque en ella he de poder saborear tu sumisión> recordó haber leído en un antiguo ensayo alemán del siglo XIX <¿Y acaso no se trata de eso?> se preguntó Genaro mientras empezaba a bajar por la pendiente que daba al arroyo <¿Acaso todos esos cuerpos no han sido esculpidos por la técnica de un fenómeno inexplicable? ¿O un gran Dios furioso e intangible? Si todo ese amontonamiento de cuerpos ha sido tallado hasta lo más ínfimo por la venganza de Morijundo y lo aleatorio de la muerte ¿Cómo negar el banquete visual que esos dos pintores pueden engendrar para un caníbal del arte como el que me he vuelto? Qué sangren las pinturas, que sangren los cuerpos, que mueran los violadores, porque aún faltan trece días para que la máxima escultura idílica de todos los tiempos llegue a su fin>. Concluyó Genaro y arrodillado a un lado del arroyo bebió un trago del agua cristalina.
Durante los próximos días con total naturalidad Genaro alterno la observación de los Bochonzos condenados que se estampaban contra los demás muertos con las largas y profundas caminatas por el verde selvático. Fue cuando faltaban siete días para que cayera el último de los condenados que el antropólogo tuvo la reminiscencia de una antigua pintura del siglo XVIII de las obras negras de Goya; primero fue una figura perdida en la incertidumbre de los recuerdos que solo por momentos tomaba una forma inestable y luego se volvía ocultar, hasta que finalmente logró recordarla y en el centro de los pensamientos del antropólogo apareció la silueta de Saturno devorando a su hijo. Mientras deambulaba por un sendero de matas espesas empezó a reconstruir con insistente devoción cada detalle de la antiquísima pintura. Primero se enfocó en el rostro y volvió a figurarse la mueca de vacío de Saturno, en la que la boca ocupaba una secuencia indómita entreviendo un pedazo del brazo desgarrado de su primogénito en un rapto de negritud aberrante y puritana, cognoscible en toda su potencia. Imaginó que Goya, en vez de pinceles, habría usado clavos de acero negro para pintarlo. <Saturno, el caníbal de los cuerpos> se figuró Genaro al volver mientras recuperaba la figura de Saturno en su plano mental, y en el real observaba el panteón de cuerpos muertos encumbrado con inocente aflicción mortuoria en el centro del pequeño llano verde; camino unos pasos para tomar distancia y poder verlo desde otro ángulo <Visto desde arriba debe ser una gran pupila cadavérica, de color marrón y sangrienta, como si el dios Morijundo hubiera decidido crearla desde algún olimpo distante> imaginó Genaro desde lo más profundo de una de sus recónditas emociones <¿Es qué esta es la pupila de Morijundo? ¿Creada para observar de cerca el dolor de los pecadores?> se preguntó el antropólogo y al mirar en lo distante del horizonte observo que poco a poco la oscuridad acrecentaba su presencia.
Los días siguientes los Bochonzos continuaron cayendo cada medianoche, por lo que Genaro oyó la sinfonía de los gritos de cada uno de los indios condenados y contempló su caída en la que cada uno de ellos destrozó su carne contra el panteón de huesos que eructaba un crujido seco al recibir el golpe. Para el antropólogo no existía nada realmente violento en aquel galope hundido de los indígenas que terminaba en una muerte fracturada. Genaro observó el estampido de cada una uno de los condenados con una profunda expectación y retribuía su abismal anhelo de observación a la belleza que habitaba en el panteón esculpido por la carne sangrante, que cada día congregaba un idilio más acabado en el ritual de cada medianoche. Fue en la septima noche cuando Genaro encendió la fogata a solo dos metros de la carne esculpida y admiró la tenacidad de Morijundo para crear esa escultura de muerte dadaísta <¿Cómo no excitarse ante tanta belleza? ¡La carne, Saturno, la carne! Yo los he encontrado, ustedes son mis hijos> se dijo mientras en plena observación del fúnebre cúmulo de carne, y después de respirar profundo un momento, notó que estaba perdiendo el sentido de la realidad empírica que durante tantos años de expediciones había cultivado, de golpe se encontraba resolviendo los enigmas de un misterio a través del arte y las metáforas <¿O será acaso qué es la única forma de atravesar la irrealidad que envuelve estos sucesos?> se preguntó Genaro observando con insistente curiosidad el panteón de cadáveres. <La carne, el canibalismo visual y la carne. Yo los he encontrado, ustedes son mis hijos> susurró una metáfora que surgió en alguna recóndita cueva emocional de su interior y concentrado en los cuerpos y emanando un delirio deslucido <Si este caos mortuorio puede ser tan bello tendré que aceptar que la belleza es lo irremediable de la percepción del ser, porque es en este quiebre en que lo patológico se vuelve bello y por eso habitable en el que se despliega la autenticidad de la pupila del arte>. Y dicho esto tras encontrar su estado de calma aspiro hondo el hediondo olor de la podredumbre que le perforo los pulmones al provocarle una gran punzada en su interior. El aroma lo destripó pero lo gozó con satisfacción y su cuerpo extasiado por la escultura de Morijundo dio paso libre a las emociones instintivas y básicas, y <Debo hacerlo> murmuro Genaro y enseguida sintió las uñas de sus emociones intentando desgarrar su pecho desde dentro, para lograr escapar hacia afuera, y palpar con su tacto el autorretrato de la pupila de Morijundo esculpida en sangre. Y sin dudarlo se acercó a los cadáver e inclinando su cuerpo al borde de la gran pupila cadavérica lamió con placer los restos desgarrados de una pierna que sobresalía entre el montón de indios muertos, no pasaron más de unos segundos antes que las náuseas inundaran el pecho de Genaro provocándole un vomito imparable, una tempestad de desagrado expulsado desde las tripas más hondas del cuerpo. Las pupilas de Genaro se dilataron y por un momento volvió a ser el antropólogo serio y precavido de antes pero no duró más de unos segundos <¿Qué estoy haciendo?> y luego <Debo aceptar la escultura de Morijundo, debo ver a través de su pupila> y con la boca todavía manchada por los restos de vómito se acercó al panteón de cadáveres y tomó por la muñeca el brazo de un indio muerto y sin pensarlo más hundió sus dientes en la carne del dedo pulgar, sus labios amordazaron la carne podrida y sus dientes chocaron con los pequeños huesos, pero masticando con frenesí logro fracturarlos y sumergiendo en su paladar la pequeña bolsa de huesos y carne tragó el pulgar. En su garganta se agitó una sensación desconocida e inundada por un impulso agresivo, sintió que una herida se abría por dentro de su garganta como si una uña le cortara el paladar, y en ese momento, escupió las plumas que brotaron de su boca en un suspiro ahogado mientras digería el pedazo de carne que ahora no era un dedo sino el pedazo de un pájaro o un gorrión y Genaro se llevó las manos a la garganta, y el dolor le punzó la médula, la nuez de adán, y después el tórax en una gran corriente de desgarros y mutilaciones. El cuerpo de Genaro se levantó sin que él tuviera control sobre sus extremidades y comenzó a caminar sin que el antropólogo pudiera marcar el rumbo, y en ese momento, Genaro supo que su andar estaba siendo guiado por el mismo camino que hace algunos siglos habían transitado los violadores. Las espinas le rasgaron los tobillos y algunas veces se golpeaba con las ramas más bajas de los árboles, su deambular era desequilibrado, como si colgara de las cuerdas de la voluntad de un marionetista; lo único que podía mover eran sus lóbulos oculares pero la oscuridad se iba desarmando sobre la luz y emanando un escenario negruzco, por lo que la visión del antropólogo se fue volviendo estrecha y el terror empezó a ahondar con más potencia en la percepción de su visión que era el único sentido que todavía le pertenecía. Pero fue en ese momento en que estaba a punto de quebrarse ante el terrorífico impulso que le impedía controlar su cuerpo que comprendió <!Esta es! Esta es la pupila de Morijundo> reconoció Genaro imbuido por la voluntad de la deidad que había enraizado en su interior con un pequeño gorrión emplumado, y al comprender esto Genaro castro al miedo y se entregó en su totalidad a la incomprensión y a través de ella vio el mundo desde la pupila del dios Morijundo que lo guio con impasibilidad hasta el barranco. Ni siquiera hubo un momento para supirar para Genaro porque en el momento en que llegó al borde del barranco su cuerpo ordenado por la voluntad de Morijundo se lanzó directamente al vacío y <Ahora lo veo> alcanzó a pensar Genaro mientras cayendo hacia el inevitable final se consagró como extensión de la pupila de Morijundo al comprender que su muerte no era un sacrificio en vano, sino que era una parte crucial en la escultura que el dios terminó por completar cuando después de la caída del último Bochonzo, Genaro cayó del cielo satisfecho con su inevitable final.