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El observador de felpa - Ojos de felpa
La felpa desdeñada, descuidada, las telas descascaradas dentro de la habitación obscura, las costuras en los rostros, como heridas que deben ser selladas, la tristeza envolvente que se abría paso en los estantes de colores opacos y pintura seca, y por el contrario que lo demás, la luz fuerte, tan envolvente y nítida que dejaba ver el triste panorama al que Calen Martiz consideraba su tesoro. Mientras Robe caminaba detrás de los pasos del excéntrico coleccionista y avistaba el penumbroso panorama iluminado iba grabando con su pequeña cámara de mano, movía la cámara lentamente sobre la figura de los osos de felpa que parecían derrumbados sobre sí mismos, algunos azules, otros marrones o grisáceos y brillosos como la luna; grandes, pequeños o de diferente color todos poseían un solo rasgo en común, a todos el coleccionista les había arrancado los ojos y les había cocido la rajadura con hilo blanco. Robe detuvo la cámara sobre un oso de una felpa que se erguía como pasto quemado por el sol sobre la piel del oso, y el lente se movía lentamente hacia arriba, dejando la imagen del cuello, la boca y su pequeña nariz negra para enfocar la costura de los ojos. Detuvo el movimiento y también se detuvo él, lo miro nuevamente a aquel muñeco de tela muerta y sus heridas en los ojos cocidos, apretados entre nudos tercos y con la vista muerta sintió que aquel oso lo estaba percibiendo aún más que él a sí mismo, que detrás de esas costuras más que una mente pervertida se ocultaba otra razón que el desconocía, y el coleccionista no iba a revelar. Los pasos continuaban por el vestíbulo que poseía alrededor de diez estantes tan grades que huían como rascacielos hasta lo más alto de la luz. <Juraría que estás estanterías son como plantas atrapadas en busca del sol> pensó Robe para sus adentros, mientras continuaba deambulando detrás de los pasos de Martiz que caminaba dándole un recorrido entre la rara colección que por lo que le había dicho la había comenzado a los diez años. El silencio rondaba la sala por los largos ratos que pasaba callado el coleccionista, pero el estudiante de bellas artes se encontraba tan profundamente imbuido en el lente de su cámara que no prestaba atención al resto, era como un alma perdida en busca del túnel y la luz, trazando dimensiones con la cámara tan detallas como ocasos de estrellas avistados por un telescopio, definidas, esbeltas, pero escalofriantes ante la mirada cegada de los osos de felpa.
- Joven – Dijo Martiz hiriendo al silencio - ¿Puedes repetirme tu apellido por favor?
- Iniesta – Respondió Robe dirigiendo una mirada cálida a los ojos fríos del coleccionista.
- Te he estado observando mientras caminábamos, vos no te has percatado – Confesó Martiz – la manera en que te deslizas con la cámara, sos muy sigiloso.
- No me di cuenta, es porque lo olvido todo al mirar por el lente, hasta el hacer ruido al caminar – Bromeo Robe, pero el coleccionista no rió, al contrario permaneció serio.
- Tú caminar, me recuerda a un poema que me recitaron hace un tiempo… - Dijo Martiz, y recitó - pies de estepa en el jardín, eclosionan mariposas sin voz, y tú silencio hurta las risas de las sombras, porque hasta la luz es víctima de tú silencio.
- Es… es interesante – Murmuró Robe con cierta desconfianza ante la mirada de Martiz. – Tengo la mayoría de las imágenes, por ahora creo que lo doi por terminado.
- Claro, te acompaño hasta la salida – Dijo Martiz, y tras abrir la puerta lo vio al estudiante alejarse apresurado por la vereda.
Calen lo miro desde la puerta hasta que doblo en la esquina y su figura desapareció para sus ojos, las hojas secas amarillentas parecían frustradas en el bulevar Domo de Señorito, no había mucho para ver más que unos autos viejos y otras personas que caminaba. Se quedó pensando, siempre le había molestado el vacío de la cotidianeidad, el continuo hueco en el que sentía que vivía desde que había cumplido esos años de adolescencias en los que uno empieza a notar las faltantes en el paisaje que toda la infancia fue una caja de crayones en las que nunca faltaron tizas; porque a esa edad uno ni si quiera nota la diferencia, o no es importante, simplemente quiere colorear sin importar con que o como, pero años después empiezan los deseos divididos en demasiados caminos, y lo especifico mata al placer de lo genérico. Así se sentía el coleccionista cuando veía la calle desierta como todos aquellos días en que recorría las calles buscando algo que le llamase la atención, pero ante la decepción de la falta volvía a paso lento hacía su casa, donde al fin y a cabo se encontraba lo único en lo que él hasta ahora había encontrado algún significado para mantenerse buscando, su colección de osos de felpa sin ojos.
Tanta infancia en sus pensamientos que jamás logro crecer más de lo que se lo impidió, y el trabajo y la vida de socorros a la que tenía que volver todos los días para continuar lo cansaba siempre un poco más; la oficina, las ordenes, el baño, el colectivo y la vuelta en la que se sentía como una marioneta desarmada. Pero Robe le había transmitido una sensación totalmente diferente a lo que él sentía en esa eterna muerta vivía cada día y lo cansaba, se había percatado de una vida que con insistencia y concentración en un objetivo que él nunca había podido entender, el presente, el vivir el momento, y aunque Iniesta lo hacía a través de su lente lo podría haber sido de cualquier otra forma; Calen había percibido del estudiante de bellas artes una suculenta lentitud en la apreciación de los detalles que lo rodeaban, un interés personal en la constante en la que vivía que se bifurcaba en gracia y pasión, conceptos de los que él coleccionista nunca había podido apropiarse por habilidad, sino no más que por la acaparación de lo que el por alguna razón consideraba su preciado tesoro.
El coleccionista no soporto la espera y decidió llamar al joven Iniesta con un pretexto, necesitaba volver a sentir la presencia de él y su cámara, observarlo detenidamente, analizar lo que lo hace ser aquel muchacho cautivador de la realidad lo que es, tal vez así podría entender como apropiarse de aquello que le hacía al estudiante roer la realidad con las ganas de un conejo y no dejarse caer hacia el vació de invernar en un estante, quieto, duro, transparente, sin una profundidad real, tan escasamente vivo como un oso de felpa. El sol abasteció el cuarto por la ventana y sucumbió en los ojos de Calen, las agujas del reloj giraban y ahora con los ojos bien abierto él las miraba desde la cama, aunque todavía pensando en que diría al joven estudiante para que fuera a la casa, una y otra vez venía la misma excusa a sus pensamientos, que al fin y a cabo era cierta ¿Pero valía la pena? Nunca se lo había mostrado a nadie… ¿Acaso la posibilidad de verlo al muchacho y su cámara simétricamente relacionados como una sola y calma nube lo ameritaba? Pero jamás había dejado entrar a alguien a ese cuarto; Calen pensó para sus adentros que tal vez esa era la verdadera razón por la que quería volver a ver al muchacho, porque después de tantos años quería compartir su secreto con alguien, su tesoro más preciado de la colección, la verdadera razón por la que todo comenzó.
El teléfono y sus números, los dedos de Calen marcando, los tonos, la espera, los nervios y la mordedura de lengua, los segundos, finalmente la voz de Robe.
–Hola ¿Si? –
- Hola ¿Hablo con Roberto Iniesta? – Preguntó Martiz
- Si ¿Quién es?
- Discúlpame que te moleste, soy Calen Martiz, el coleccionista – Aclaro Calen, y durante un segundo solo escucho un silencio del otro lado de la línea.
- Ah, sí si ¿Pasó algo? – Preguntó Robe extrañado
- No, para nada. – Dijo Calen – En realidad quería invitarte a que veas una parte de la colección que ayer no te pude mostrar, si estás interesado.
- Eee – Titubeo Robe – Si como no ¿Sera algo que me pueda servir para el proyecto de la facultad?
- Seguro – respondió el coleccionista
- Bueno, porque no.
- Perfecto, podes venir mañana luego de las 6 o 7 de la tarde.
- Muchas gracias por la invitación, ahí estaré – Dijo Robe, y colgó, aunque no del todo convencido.
El llamado inesperado impactando en los pensamientos de Roberto Iniesta, la duda y la curiosidad centrifugando en un torrente que va hacia el centro de la vorágine sin un parada previa; las imágenes grabadas de los osos con los rostros cocidos resonando en la mente de Robe, lo que pasó y lo que pasara, la posibilidad de conseguir aún mejores tomas para el trabajo, finalmente, la decisión.
- Hola Ani – Dijo Robe a través del tubo del teléfono - ¿Cómo estás?
- Todo bien Ro ¿Vos?
- Tranquilo, te llamaba por las tomas para la producción del trabajo.
- ¿Ajá, que pasó? – Respondió Ani
- El coleccionista me llamó, dice que hay una parte de la colección que él no me mostro ¿Vos decís que las necesitamos?
- Y nos vendrían bien ¿Cuándo vas a tomarlas? – Preguntó Ani
- Mañana, es un poco escalofriante pensar todos esos oso con los rostros cocidos ¿Queres venir conmigo esta vez?
Ana asintió, al fin y ha cabo estaban en el mismo grupo, y aunque ella se encargaba de la edición de video le parecía interesante asistir a lo del coleccionista, en la ciudad durante mucho tiempo habían corrido voces hablando sobre la colección, apenas unos pocos lo habían visto porque para conseguir entrar a lo del hombre no bastaba con pedírselo, además de que nadie tenía la confianza suficiente, se decía Calen Martiz era un solitario. Se corría la voz de que solo dos o tres veces los vecinos habían visto entrar personas a la casa de Martiz, y siempre se los describía como hombres excéntricos, directores de museos, coleccionistas, o filántropos culturales; por eso la duda había asaltado a Ana cuando Robe le comunico que había conseguido que Martiz le concediera una reunión para mostrarle la colección y dejarlo tomar imágenes con la cámara filmadora; y aún más se había sorprendido al recibir la llamada de Robe pidiéndole que lo acompañe a un segundo encuentro.
La noche desaparece bajo la luna que se vuelve brillo puro, blanquecino, deshabitado de luces que bajan como horas desde el sol, y bajo uno de los techos Ana Leila duerme tranquila, respira, se agita en los sueños, los ojos se mueven velozmente bajo los parpados cerrados, las manos se toman de las sabanas como garras desmesuradas, la transpiración cae de su frente y despierta de un sobresalto. Intenta tranquilizarse, se acuesta, su respirar se enlentece, la tranquilidad vuelve a tomarla hasta que la obscuridad se desvanece al acercarse la mañana, y cuando la alarma suena, ella despierta intentando recordar un sueño y recuerda; está soñando, siente que su cordura y su inocencia no existen en las fauces de la pesadilla que abren para engullirla, luces tenues en lo alto desfilan a lo largo de pasillos interminables e insaciables, parecen fauces eternas, pero en vez de estar rodeada de dientes la acorralan filas de largos estantes repletos de osos de felpa, y la baba cae desde lo alto de los estantes como liquido moco ardiente, y la cantidad de la espesura verde envuelve los estantes y los peluches con los ojos cocidos comienzan a gritar, la baba cae sobre el suelo y quema la superficie que se levante como una gran lengua ante el ardor y el vapor que se levanta fogosamente, Ana intenta equilibrarse ante movimientos repletos de locura y frenesí pero los osos caen de los estantes entre aullidos y babas ardientes como pequeñas aves fénix, y los destrozos sucumben ante el pasillo que se vuelve garganta y traga todo los restos del desastre mientras Leila cae hacia el fondo repleta de un sentimiento de impotencia.
La pesadumbre en la que se siente inmersa le resulta rara pero sabe que la pesadilla ha sido la disparadora de esa emoción que ahora le pesa, es temprano pero dentro de unos momentos debe salir para encontrarse con Robe que le estará esperando en una plaza situada dos cuadras de lo del coleccionista. Ana se encamina hacia el lugar del encuentro, en lo único que puede pensar en los osos y la baba, jamás había visto la colección de Calen Martiz, pero en sus sueños la había imaginado y parecía tan real y gris como el pavimento mismo de la calle, como aquellos arboles otoñales que se abrían a su paso mientras caminaba por la vereda y movía los dedos impacientemente, para seguidamente acercarlos a su boca hasta posarlos sobre sus labios para morderse nerviosamente las uñas. Las cuadras y las calles, solo podía pensar en encontrarse con Robe para intercambiar incertidumbres, pero cuando se encontraba apenas a dos cuadras de la plaza vio cruzar a Bampi que se acercaba a saludarla, con su típico corte de pelo y su color castaño y el mismo morral de siempre colgando de su hombro.
- ¡Lei! ¿Cómo estás? – Saluda Bampi entusiasmada
- Bam que lindo verte
- Si, te extrañe esta semanita que anduvimos muy ocupadas – comentó Bampi
- Si, todavía sigo con lo del proyecto de la universidad – Respondió Ana – Ahora voy a encontrarme con Robe para ir a lo del coleccionista de osos.
- ¿A lo del loco? – Preguntó Bampi exaltada
- Si – rió Ana – estoy un poco asustada, tengo una sensación extraña, pero por suerte voy con Robe.
- Aaaa, bueno, voy a quedarme un poquito preocupada – Dijo Bampi – avísame cuando salgas, o llamame así me contas todo sobre ese loco.
- Dale – Dijó Ana, y sonrió apenas un momento mientras saludaba a Bampi y siguió su camino hacia la plaza.
Bampi siguió camino hacia su casa, en su mente quedaron resonando las palabras de su amiga Ana Leila, el coleccionista, los osos, los comentarios que circulaban sobre él y las historias que recordó, en especial la que le había contado la señora Dorapio unos años atrás pero nunca había olvidado. Durante seis meses la señora Florencia Dorapio trabajo realizando tareas de limpieza en la residencia de Martiz, aseando los pisos, lustrando los muebles y dejando las habitaciones a punto, en especial cuando en la casa se esperaban visitas, lo que sucedía con tan poca frecuencia que la señora Dorapio durante el tiempo que trabajo en lo del coleccionista sintió que la soledad jugaba a las escondidas en las habitaciones. en los manteles y cortinas de colores secos y opacos, en las copas de cristal impecables que se posaban como trofeos en los estantes antiguos, en la amplia biblioteca de libros que parecían formar una quieta enredadera olvidada en una pared vieja, hasta en el polvo obscuro que se amontonaba en las esquinas de las piezas formando montones de tierra de espesa negrura. Un día como cualquier otro ella estaba barriendo en la living de la casa, y el polvo y la mugre que se había amontonado durante las dos semanas que ella había estado ausente por enfermedad parecía nunca acabar; el señor Martiz había salido temprano y aún no había vuelto, ella no tenía llave de la casa porque él nunca accedió a dársela, por lo que ella debía esperarlo, aunque normalmente no tardaba más de una hora. Con el aburrimiento pujando sobre sus hombros la señora Dorapio comenzó a dar vueltas por la casa del coleccionista, casa de largos pasillos y muchas puertas, cierto aire lúgubre humedecía sus huellas tras sus pasos, siguiendo su curiosidad intento abrir la puerta donde el señor Calen guardaba su colección pero estaba con llave, por lo que siguió hacia la pieza del señor Calen y se sentó en un amplió sillón ubicado contra la pared contigua a… ¿A dónde? En ese momento la señora Dorapio recordó y confesó a Bampi que siempre le había parecido extraño que entre el living y la pieza del coleccionista había un pasillo de seis metros en el que no había ninguna puerta, y entre tanto espacio estaba segura que podría caber una -habitación entera- había dicho la señora Dorapio. Estoy durante cierto tiempo había sorprendido y obsesionado a Bampi hasta tal punto que había imaginado como sería esa habitación miles de veces en su mente, y que podría guardar ahí el excéntrico coleccionista. Volver a esos pensamientos y recuerdos la adentro a ella en una túnel de miedo que a medida que lo recorría cada vez más profundo yendo más atrás en los recuerdos que tenía sobre los escenarios que alguna vez había imaginado, el terror y la preocupación se apoderaban cada vez más de ella, hasta sentir que Ana Leila podría estar corriendo un gran peligro por el solo hecho de acercarse a la casa del viejo Martiz, de la posibilidad de hurgar o conocer lo que para Ana y Robe, como para la mayoría de las personas del barrio, debía quedar solo en la incertidumbre de las suposiciones.
La noche atrapo a Bampi preocupada recordando las raras historias de la señora Dorapio, y el cansancio se mezclaba con el insomio y con lo que ella estaba segura que era una exageración de sus pensamientos y preocupaciones, pero aun así sentía una angustia sofocada en el pecho que había aumentado cuando una hora antes al intentar llamar a Ana Leila solo consiguió la respuesta del contestador. Las vueltas en la cama y la incertidumbre, el insomnio terminaba por ponerla nerviosa y sus uñas eran disgregadas por los mordiscos de sus dientes; intentando calmar su nerviosismo recurrió a usar un truco que usaba cuando era niña y tenía miedo detener pesadillas, comenzó a pensar que en realidad Ana estaría durmiendo pacíficamente, y por eso no debía haber contestado el teléfono, seguro se encontraba tranquila como un bicho de luz de ensueño acurrucada en las sabanas de su cama, envuelta en una plena calma, en una calma tan grande que poco a poco fue contagiando a Bampi hasta que finalmente cerro sus ojos y fue capaz de dormir.
A la mañana siguiendo se levantó sin las preocupaciones de la noche anterior, suponiendo que al llegar a la escuela encontraría a Ana Leila sentada a su lado en el aula como todos los días en la escuela; se vistió, unto uno o dos panes con mermelada, revolvió la leche que bebió de a pequeños sorbos, y luego de saludar a su padre se encamino a la escuela. Los árboles, las baldosas que superaba con sus pasos, el recorrido que se achicaba hasta divisar el portón negro de la escuela y los demás chicos entrando, saludo a las amigas y vio que Ana Leila no había llegado pero no le molesto, se había propuesto no preocuparse como la noche anterior y espero encontrarla al entrar al aula. Pero pasaron los asientos y por más que pasaba el tiempo Ana no llegaba, la profesora pasó lista y ella seguía ausente, Bampi volvió a preocuparse y con ello revolvió los pensamientos de la noche anterior, pero esta vez pensó que tenía verdaderos motivos por los cuales asustarse. Se levantó súbitamente, pidió permiso a la profesora y salió del aula, tomo el teléfono celular y deicidio llamar a su padre, que aunque trabajara como medicó en el hospital también lo hacia en la clínica forense de la comisaria y en su tiempo libre asistía como consultor para el detective Quil. Marcó el número de memoria y tras algunos tonos del otro lado respondió la voz gruesa de su padre.
- ¿Hola? – Dijo Leonardo, el padre de Bampi.
- Pa ¿Cómo estás? – Preguntó Bampi sin esperar la respuesta de su padre, y prosiguió – ¿Estás trabajando?
- Sí, pero por ahora estoy leyendo un rato, aún no llega ningún paciente – Dijo el padre con voz pacifica - ¿Qué pasa hija?
- Estoy preocupada Papa, ayer cruce a Ana Leila y me dijo que iba a la casa del coleccionista con Robe, y no he vuelto a saber nada de ella – La voz de Bampi se escuchaba como si sonara a través una flauta angustiosa y agitada.
- A ver, tranquila hija – Dijo el padre - ¿El coleccionista?
- Si – Vocifero Bampi – el tipo raro que colecciona osos
- A claro – suspiró el padre - ¿Probaste llamarla?
- Si, y desde ayer no contesta, y tampoco ha ido al facultad, Robe tampoco pero no conozco su teléfono para llamarlo.
- Pero los padres hubieran avisado a la policía si hubiera pasado algo – La tranquilizo el padre – además Quil me hubiera puesto al tanto.
- Pero la madre tal vez no lo sabe, al teléfono de la casa no lo contesta, sabes que trabaja de madrugada, tranquilamente podría no saber que su hija no ha vuelto.
- Tranquila hija ¿Dónde estás vos?
- En la facultad – Murmuró Bampi
- Bueno, vuelve al aula y espera que te llame, podré ausentarme de acá un rato sin problemas así que voy a dar unas vuelta por lo de Ana y te hago saber si está en la casa.
- Bueno, muchas gracias Pa – Respondió Bampi afligida – avísame cuando sepas algo
- Como no hija, no te preocupes, es un pueblo chico tus amigos no pueden estar muy lejos – Aseguro Leonardo, y luego se despidió de su hija.
El día había empezado como cualquier otro tras el café de la mañana, por lo que el llamado de la hija sorprendió a Leonardo que en seguida salió de la guardia tras hablar con la secretaria del hospital y siguió hacia la vereda en busca de su auto. Saco el falcón viejo del estacionamiento y decidió salir a recorrer la plaza principal que estaba cerca de la casa de la amiga de su hija, pasó por la esquina de la calle Rivadavia y doblo hacia lo de Ana Leila, la casa por fuera estaba obscura, los postigos cerrados de par en par y un aire a vaciedad rodeaba el resto de la vivienda. Lo primero que pensó es en ir a la vivienda del otro chico que Bampi había mencionado, pero enseguida se dio cuenta que ni siquiera sabía la dirección. Como aún no había visto nada raro opto por seguir el recorrido él solo y dirigirse hacia la casa del coleccionista ubicado a no más de seis cuadras su ubicación actual; hizo dos cuadras por calle Perón y doblo otras cuatro bordeando Sargento Díaz, finalmente se detuvo contra el bordillo de la vereda cerca de la esquina, y desde ahí pudo ojear la casa del coleccionista. El sol daba de lleno contra el parabrisas del auto por lo que no le permitía ver con claridad, se bajó del auto, cerró la puerta y camino unos metros por la vereda observando hacía la casa del coleccionista, no había nada sospechoso en ella, solo que estaba todo cerrado, pero aquello era normal en esa casa, Leonardo recordó que anteriormente al pasar por ese mismo lugar le había llamado la atención que las persianas y la puerta siempre permanecían herméticamente cerradas, como si la casa no respirara o él hombre que vivía en ese hogar no se lo permitiera, la casa le transmitió una sensación de asfixia, como si estuviera rodeada por un chaleco de fuerza para contener la locura que llevara dentro. Leonardo cruzó la calle escéptico de que en verdad podía pasar algo, aún estaba seguro que Ana Leila estaría perdiendo tiempo en algún lado, o aún más se habría ido a pasar la noche con el amigo con el que hacían el proyecto, pero como padre soltero le costaba mucho hacer caso omiso a los pedidos de su hija, más cuando se trataba de algo que la preocupaba mucho. Al llegar se paró frente a la puerta, miro a ambos lados de la calle y como vio que no pasaba nadie acerca el oído a la madera para intentar probar si se oía algo raro desde adentro, pero lo único que inundo su oído fue el silencio y el frío áspero de la madera, bajo la cabeza e intento mirar a través del a mirilla pero lo único que vio fue una mesa y un artefacto apoyado arriba, al verlo le pareció que era una cámara pero la habitación estaba apenas iluminada por un rayo de sol que supuso que se filtraba por una ventana mal cerrada que no alcanzaba a ver. Por un momento estuvo por tantear el picaporte de la puerta para ver si estaba abierto pero se detuvo un segundo antes y decidió que era más oportuno tocar timbre, si atendía no iba a ser muy difícil poner alguna excusa o simplemente hacerse pasar por un evangelista para conseguir que le cierren la puerta rápidamente. Su dedo pulso el botón dos veces seguidas y el sonido histérico resonó por toda la casa, espero unos minutos pero no atendió nadie, cada vez se convencía más a sí mismo de que no había nadie; al tocar de nuevo y obtener los mismos resultados, no pudo contener el efecto reflejo que había adquirido con las andanzas junto al detective Quil y tanteo el picaporte, en las profundidades las trabas de metal crujieron y la puerta se abrió. Leonardo se encontró de golpe viendo la mesa y el resto de la habitación que antes se ocultaba tras el rayo luz, en esos escondites donde uno piensa que no existe más que la nada envuelta en papel para regalo, para que el inocente se acerca y la abra creyendo en lo que busca, y tal vez lo que encuentre no sea más que el vació del acantilado, es triste amanecer que se ahogó, el último día en que el silencio callo; callo los pensamientos por unos segundos y acerco a la mesa, sobre ella reconoció el artefacto que había visto antes, tenía razón, era una cámara filmador, y aún estaba prendida, a Leo le pareció raro y tomó para examinarla, enseguida se encontró que el aparato estaba grabando, por lo que paro la filmación y luego le dio iniciar, y así, comenzó a ver lo que hasta ese momento había grabado: Robe agitaba la cámara mientras repetía –Hola hola, probando probando- la grabación se entrecortaba rápidamente y en un parpadeo pasaba a mostrar el living en el que ahora se encontraba Leonardo, se escuchaba hablar al coleccionista pero no se le veía la cara, caminaba delante del chico hacia la cocina, luego se detenía en la cocina sin decir ninguna palabra mientras Robe respetaba su silencio y Calen Martiz preparaba lo que parecía ser tres tazas de té. Detrás del ruido de las cucharas batiendo los pocillos se escuchó un susurro de una voz de una mujer al chico, Leo no alcanzó a escuchar lo que decía, pero dedujo que era la voz de Leila, la amiga de Bampi; intercambiaron algunas frases mientras bebían el té y la cámara quedo siempre grabando desde un ángulo recto al coleccionista, ahora a través de la pantalla de la cámara podía ver sus ojos impregnados en misterio, demostraban una satisfacción absoluta en compañía de la soledad, una mirada seca que hace mucho tiempo había dejado de llorar. Las tasas se vaciaron en el tobogán de las gargantas de los dos chicos y una vez que Martiz terminó de beber su té los invito a pasar a ambos; Leonardo observaba a través de la pantalla de la cámara como los tres cruzaban del comedor al living y el coleccionista señalaba haciendo una señal a Robe para que firme unos cuadros antiguos que colgaban de la pared, eran pinturas con un tono de una cierta pesadumbre obscura, Robe acerco el zoom de la cámara para que quedara filmada, y Leonardo pudo ver en la imagen que se alzaba un demonio con piel humana y rostro deforme sobre una víctima agonizante, y en sus manos empuñaba dos largas lanzas de oro con símbolos grabados que atravesaba sin misericordia en las ojos sangrantes del sometido; la cámara continúa grabando y vuelve a enfocar la espalda del coleccionista que les pide que lo sigan y atraviesa el pasillo hacia su pieza, desde el parlante de la cámara vuelve a escucharse la voz susurrante de Ana Leila pero Leonardo no logra escuchar que dice, al llegar a la habitación Robe hace una rápida pasada sobre las paredes, la cama, y un par de estatuas antiguas que se encuentran sobre la cómoda, pero no tarda en volver a filmar a Matriz que sin volver el rostro hacia la cámara, se sitúa a un costado de la biblioteca que yace contra la pared frente a la cama y la empuja, Robe predice que algo estaba por quedar al descubierto, por lo que se mueve de lugar para poder enfocar de frente, y desde al lado de la cama observa como frente a él y su amiga queda al descubierto un pasillo muy obscuro; el coleccionista hace una seña para que lo sigan, y con toda calma, sin titubear, atraviesa el pasillo hacia la penumbra. Desde atrás de la cámara se vuelve a escuchar un susurro ciego dirigido a Robe, esta vez con claridad Leonardo puede dar cuenta que es la voz de Ana –No entremos- dice, y tras unos segundos en que los dos permanecen inmóviles lo vuelve a repetir, pero Robe no parece escuchar, nunca da respuesta alguna, y a tras la figura de Matriz que se adentra la cámara empieza a avanzar. La obscuridad cubre el lente y la pantalla se vuelve obscura, ambos atraviesan el corto pasillo detrás del coleccionista, en el parlante de la grabadora resuenan leves pasos, al pasar terminar de atravesarlo la cámara se detiene, Robe está quieto, de un segundo a otro se prende una luz y Leonardo puede ver a través de la pantalla de la cámara al coleccionista parado a un costado de la habitación, todavía con un dedo en el interruptor; pero enseguida la cámara gira para enfocar hacia el centro del lugar y tras el movimiento se escucha el grito seco de Ana Leila y un grotesco gemido como el de un jabalí atorado que sale de la garganta de Robe, atorado con la desesperación de las horripilantes figuras que se alzaban frente a él. Dos estatuas disecadas, reales de piel árida cubiertas por el aura de locura y desesperación que toma a un incauto en el instante antes de morir, y en sus ojos dos lóbulos de plástico de osos muertos en lugares de los propios, incrustados con la fuerza motriz a la que se someten a las cosas que no encajan, como un pequeño zorro muerto con los ojos de una lechuza torturada, y con rostros inocentes pero tan desfallecido como la última hoja del otoño, así se alzaban aquello dos cuerpos embalsamados como dos animales que hace tiempo dejaron de sentir la brisa del invierno, un niño y una niña endurecidos y erguidos en el centro de una mesa barroca como los trofeos más grandes de un coleccionista con los escrúpulos fracturados. Un ruido sordo y envolvente retumba dentro del video, la cámara cae al piso y por el golpe la filmación se corta, pero Leonardo en el mismo momento en que escucho el sonido lo reconoció como si hubiera oído el grito o el llanto su hija, soltó la cámara bruscamente y corrió hacia la pieza, siguiendo el mismo recorrido que había visto en la grabación. Empujó la biblioteca que se encontraba cerrada y el pasillo se abrió frente a sus ojos, su respiración se agitaba con velocidad como un ciervo perseguido por las explosiones de un fusible; entró precipitadamente en la misma obscuridad en la que anteriormente se habían visto envueltos Robe y Leila, pero no llego a hacer más de cinco apresurados pasos antes de tropezar con algo tosco en la negrura del cuarto. Toco el suelo con la perilla y el golpe repercutió en su cráneo, sintió el dolor esparcirse por su cuello provocándole un leve calambre en la espalda, se levantó pesadamente y mientras lo hacía no tardó en darse cuenta con lo que se había tropezado. Se arrojó sobre el cadáver y comenzó a buscar el cuello desesperado para poder palparlo y ver si aún tenía pulso, rodeado de plena obscuridad solo sentía la ropa entre sus manos, por los bolsillos dedujo que era una chaqueta masculina, siguió hacia arriba y llego al cuello frío de Robe, poso los dedos sobre el lado izquierdo del cuello y lo único que sintió fue el silencio y el helado e inmóvil persistir de la muerte. Saco las manos y se arrastró por el suelo pensando que debería estar cerca el cuerpo de Ana Leila, al mover el brazo hacia adelante se topó con un pedazo de cemento, pensó que podría ser la pata de una mesa y se paró lentamente tanteando la superficie subiendo hacia arriba, sus dedos palparon unos rasgos raros en sobre la piedra tallada, llego hasta el final y al mover las manos sintió que había algo apoyado pero lo sintió muy seco y artificial para ser el cuerpo de Leila, continuó tocando aquello hasta que dio un paso hacia atrás bruscamente al sentir que aquello tenía una pequeña mano humana y tropezó, al caer sintió su mano caer sobre el rostro del cadáver de Robe, sus dedos se tensaron por el asco y sin quererlo apretó el rostro del adolescente, sintió como sus dedos se incrustaba en los huecos donde deberían estar los ojos de Robe y ahora estaban tan vacíos como un frasco sin miel, se levantó horrorizado y no pudo evitar salir corriendo de la habitación y atravesar la casa hasta caer de rodillas en la vereda, llorando, mientras con un temblor incontrolable marcó el numeró del detective Quil.
- Es horrible Quil – Murmuró la voz de Leonardo – Es horrible, ven rápido, una masacre en lo del coleccionista – Dijo tras dejar caer el teléfono al piso y dejarse caer en pleno llanto.
Los pasos perturbados a toda velocidad hacia el auto, el estruendo de la puerta, el arranque del auto de Quil, el acelerador a fondo, el ruido del motor calentándose, las palabras de Leonardo resonando en la cabeza del detective, la preocupación feroz tronando en sus pensamientos, las cuadras pasando como rayos espesos que desaparecen en el fondo de la ventanilla.
Quil tomó el radio y pidió refuerzos, comunico la ignorancia sobre la situación y doblo en la plaza, frenó con brusquedad y la primera imagen que vio fue la de un grupo de personas intentando entablar una conversación con Leonardo, averiguar que le pasaba, pero él permanecía en un estado casi catatónico. Se acercó apresurado y lo tomo al hombre por los hombros y lo levantó -¿Qué pasó Leonardo? ¡Contestame! – gritó Quil y le dio un cachetazo con todas sus fuerzas para hacerlo entrar en razón. Su amigo lo miro a los ojos con terror y solo dijo unas pocas palabras –Los mato Quil, el coleccionista mato a dos niños- Quil lo sentó contra la pared y entró en la casa, al entrar empezó a avanzar con cautela hasta llegar al cuarto y ver el pasadizo de la biblioteca abierto, saco su linterna de bolsillo y alumbró hacia el interior. La luz ilumino como un torrente de agua brillante el pasadizo, Quil hizo los primeros pasos y la luz no tardo en mostrar la sufriente mano de Robe tendida en el suelo, los dedos con sangre, su muñeca tensa, la puñalada a campo traviesa sobre su pecho, enterrada hasta cortar el último hilo de carne y la tormenta de sangre; el detective continuo subiendo la vista y sus ojos se tensaron al ver aquel rostro destrozado, los dos huecos cóncavos y vacíos como cuevas parecían inmensos a la vista, como si una tremenda e infinita negrura los hubiera perforado y engullido hasta el último gramo de carne útil de ese par de huecos vacíos. La obscuridad rodeaba el foco de luz, y dentro del circulo que alumbraba el horrendo escenario yacía una figura muerta y gris, a Quil le costaba creer que lo veía dentro de los ases de luz era real, la negrura que rodeaba aquel pequeño foco de luz le hacía pensar que aquello no era más que una impotente pesadilla. No tardo en descubrir tirado un metro más allá del cuerpo de Robe el cadáver de Ana Leila, cesado de toda posibilidad de pulso, de vida, envuelto en una grisura de arcilla descascarada, sin el más mínimo latido dentro de su pecho, pero a diferencia de Robe, su rostro conservaba sus inocentes ojos color verde. La sirena de la policía sonó en la distancia cuando el detective la escucho, aún permanecía atontando por las figuras sangrientas y desopilantes que había visto en esa obscuridad apesadumbrada, salió a la vereda tomándose la cara con las manos, se sentó en el cordón a unos metros de Leonardo que aún estaba en estado de pánico lagrimeando, y hecho a llorar.