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CUENTOS · 3 MIN DE LECTURA

Dejé de fumar

Era de mañana y me encontraba sentado en el comedor fumando el cigarrillo diurno, lo sostenía entre mis dedos secos y entre exhalaciones de humo lo retiraba y lo volvía a posar en mis labios en un vaivén quebrado por la tos. Tomando mate y pitando cada algunos segundos me concentraba en escribir una carta a mi hermano en la que le contaba la muerte de nuestra tía a los sesenta años, mientras del otro lado de la mesa Romina garabateaba sobre un papel amarillento.

Di un sorbo a la bombilla del mate y me dedique a escribir las últimas palabras cuando la lapicera estalló por dentro y manchó mi mano cubriéndome la piel como una laguna de tinta negra.

- ¿Pá porque tú sangre es negra? –preguntó Romina levantando la cabeza para observar mi mano manchada.

- No no hija, eso no… -quise explicarle cuando me interrumpió.

- ¿Es negra porque está muerta? –pregunto Romi.

- No no hija –dije riendo- la sangre no puede morir.

- ¿Está muerta porque tiene cenizas? –me volvió a preguntar.

- ¿Cenizas? –pregunte sorprendido.

- Si papi, por el cigarrillo pá –dijo Romina convencida-. Tú sangre es negra como la ceniza, para mí que se te queda adentro.

- ¡¿Adentro?! –Exclame haciendo un gesto para restarle importancia-. No hija, esas cosas no pasan –termine por decir y haciendo un bollo la carta me fui a la cocina y la tire a la basura.

Pero esa tarde mientras trabajaba en la oficina la figura de las cenizas no abandono mis pensamientos y pude verla, sentirla hurgando mis venas y mascando mi sangre hasta convertirla en un surco negro de pura podredumbre muerta. Y los formularios llegaban a mi escritorio con renglones por llenar y las birome con la que los completaba parecían no acabarse nunca y eran de un color empetrolado que me recordaba a la espesura de mi sangre negra que a duros pulsos mi corazón bombeaba entre las cenizas que taponaban mis venas. Y así una y otra vez, los formularios, la tinta, el cigarrillo formándose en mis pensamientos como la cruz que pondrían sobre mi tumba y la de mi tía recién fallecida, los dos por el inevitable cáncer de pulmón.

Así termino el día y volví a casa estresado, arrastrando los pies, todavía imbuido en pensamientos mortuorios repletos de nicotina y otras sustancias venenosas en las que me hundía cada día más y corroían mi piel. Al llegar al auto saque la caja de cigarrillos del bolsillo de la camisa y la estruje con el puño, los sentí desarmarse como pequeñas armas de algodón inútiles e indefensas y en ese momento comprendí que ellos no podían complotar contra mí. Reconocí mí única debilidad, el vicio por estrés y placer, mental, corporal y espiritual; porque en ese lugar sentado sobre la butaca del auto pude sentir la baba seca y grasienta de los cigarrillos perforando el fondo de mi trascendencia contaminada y precipitándola hacia la muerte.

En el trayecto me encontré pensando en Romina y en el brillante color de su piel que devenía de la niñez que aún abrazaba. Al llegar y abrir la puerta la encontré haciendo sus garabatos con la misma voluntad de todos los días, con su cuaderno y su lápiz, borrando con la goma al hacer una línea torcida para continuar dibujando hasta agotar su última gota de concentración. Desde el pasillo observe detenidamente su rostro inocente y pensé en los cigarrillos que mancharon mis pulmones calcinándolos con huellas que nunca podría borrar, en el asco hacía mí mismo y en las profundidades de mi cuerpo calcinadas por el humo y por la sangre de cenizas negras bajo el inevitable crujido latoso de mi corazón. Agache la cabeza y camine hacia ella, me incline y la abrace y supe que mi cuerpo no merecía ser quemado hasta que la última ceniza de vida se extinga en lo que alguna vez fue el palpito oxigenado de mi corazón.