CUENTOS · 4 MIN DE LECTURA
Bengala
- Yo no vivo por ser feliz, vivo porque entendí que no sirve estar triste -dije.
- La tristeza no es voluntaria, solo sucede -respondió.
- Estás equivocado -retruqué.
- ¿Por qué? -dijo, y llamó al silencio.
- No sé porqué, pero es lo que pienso.
Nunca me interesó ser un hombre o una mujer, o una persona, ni tampoco luchar por mi género o por el de los demás. Siempre me contenté con ser sexual, aunque ahora llevo dos años sin tener sexo. Pero al fin y al cabo cuando me preguntan el santo grial de las boludeces les digo: Yo soy sexual, no me interesa en que sentido vivo mi sexualidad, no me interesa el ser o no ser, no soy Sheakpeare, no necesito dudar, hombre o mujer, me alcanza con saber que soy. Es una respuesta larga, pero no tengo la costumbre de acortar nada. Mi virtud es que tengo una paciencia ilimitada, por lo que disfruto cuando me encuentro habitando la lentitud sea en la cola del supermercado o en un embotellamiento corporal ¿Qué es un embotellamiento corporal? Eso no importa, porque estamos hablando de mí. En la mañana cuando me levanto me trasvisto de hombre o de mujer, lo que me venga al animo porque al fin y al cabo el disfraz me da igual, pero para salir afuera si o si me tengo que poner uno. La ventaja que tengo es que mi cuerpo no anuncia nada, se amolda, es un maniquí silencioso que nunca aprendío hablar o tal vez al contrario, no habla porque hace tiempo le cocí la boca. Siempre me afeito, me depilo, me acicalo para borrar la línea que me convierte en una esencia predefinida, me convierto en la confunsión y desconcierto a la gente, esa sensación es bella, me genera una placentera nulidad emocional que desplaza a la bengala: Ese fuego idiota que incendia la carne inmadura, ese deseo adolescente de reconciliarse con un amor que nunca sucedió, esa emoción primaria que golpea el pecho y los pezones y te hincha los ojos y te hace temblar la boca, eso es la bengala, el combo de emociones idiotas que propulsa el cuerpo hacia una altura de la que más adelante la inercia natural de la gravedad te hará caer, y que aunque pasen los años continua ocurriendo.
Los primeros 15 años de mi vida viví adicta al efecto de la bengala, ese goce imprompio que ni si quiera parecía brotar de mi misma sino del otro, ese otro que me producía enamorarme de la idea del amor hasta que la anemia mental me comía el cráneo. Pero en aquella época siempre fui un inútil, una estúpida, un insolente, una mujer carente de respeto propio, un hombre con tendencias depresivas, una persona amante de la fatalidad que llegaría siempre después de la bengala.
Pero ahora no me importa ni la bengala ni la fatalidad, tampoco las emociones, porque entendí que no sirve vivir para estar triste, así que ahora admito la manera más simple de vivir es carecerlo de todo: De género, de sexo, de conflictos y de pretensiones emocionales. La paz es la ausencia de disputa. Ese es el único principio que prevalece en mi vida y la más útil de todas las herramientas.
Salgo a la calle y camino hasta lo de Romina. Ella me espera porque todos los martes nos juntamos para charlar sobre activismo queer y aunque sabe que en realidad no me interesa la disputa de género, me invita a charlar porque le caigo bien. Cruzo la calle hasta la parada del colectivo y decido subirme, un hombre se para y me ofrece el asiento, lo dudo un momento, pero aprovecho su estupides para viajar sentado. El colectivo recorre las calles hasta que me deja a tres cuadras de la casa de Romina, bajo y le mando un mensaje de texto para que me espere en la puerta mientras camino hasta su casa. Las veredas de Buenos Aires siempre están atestada de gente, pero eso siempre me gustó, porque nos obliga a todos los transeúntes a caminar lento hasta nuestro destino; es como si todos fueramos parte de una ola pesada que apenas puede levantar su propio peso para empujarse hacia adelante. En la puerta del edificio está Romina, tiene puesto un par zapatillas de correr blancas y un short que le aprieta el culo. Está mirando hacia otro lado. No se da vuelta hasta que llego al lado de ella y le toco el hombro con el dedo.
- ¿Cómo estas? Esa carita.
- ¿Bien vos Romi?
- Vamos para adentro, en un minuto preparo el mate.
Romina intentó matarse dos veces, después se hizo lesbiana y no lo intentó nunca más. Está contenta, pero nunca habla de la felicidad, no cree ni en la felicidad ni en el amor, eso lo tenemos en común. Ella busca el mate mientras me tiro en el sillón y acaricio a Cicilio, el gato de las patas peludas. Pienso que me encantaría poder charlar con Jimo, mi gato, que él hablara, seguro a él disfrutaría de hablar del sabor del café o de cuanto goza por el solo hecho de quedarse en la cama sin hacer nada los días de lluvia. Sería un gato de conversación simple, pero eso es lo que me gustam, los que conversan sin hacer lio, sin entrar en detalles, sin hilar fino, los que hablan de las cosas sin importancia, porque así es más fácil no entrar en disputa.