CUENTOS · 3 MIN DE LECTURA
Las doce polillas
Cuento premiado · Osvaldo Soriano · UNLP
Publicado en la antología del concurso realizado en 2013. Reconocimiento expedido en julio de 2015.
Eran nueve polillas, nueve girando alrededor de su cabeza, polillas y girando, aunque mantenían una distancia precavida a un metro de su cabeza parecía que solo se ocupaban de girar atravesando la habitación y sobrevolando siempre por detrás y frente a su rostro. La luz soplaba suave sobre el cuaderno y Julio intentaba concentrarse en las tres palabras fundamentales para finalizar su ensayo, solo tres, no podían ser más que eso porque se lo habían previsto así en el límite de caracteres <locura estúpida de profesores adictos a la estructura>, pensó.
“de terminaciones nerviosas” o “tras terminaciones nerviosas” o… y otras opciones más capaces de finalizar aquel ensayo rondaban golpeando los hemisferios de su mente, como la aguja de una brújula que viaja de un lado a otro, indecisa por la posición de sí misma sobre el eje dado por una unidad externa, en este caso, por la locura estúpida de profesores adictos a la estructura, a la que Julio no lograba saciar, y lejos, por fuera de sus pensamientos, el giro eterno de las polillas.
La silla se balanceaba hacía atrás y luego hacía adelante tras el rechinar del parqué de madera, una jadeo incesante, también llevado adelante por el ensayista preocupado a modo de suspiros huecos y continuos, soplidos mudos capaces de cansar con el solo hecho de oírlos a la distancia, suaves pero insoportables.
Bajo sus pies la silla castigaba la habitación con sus alaridos de madera, mientras Julio fijaba su mirada en la profundidad de la pared blanca que yacía en frente, con la seguridad de que allí encontraría un hueco y en el una solución, en ese plano imperfectamente logrado, liso pero a travesado por relieves sangrantes de pintura dura que sus ojos seguían hacía abajo, decididos que de esa manera llegarían a algún lugar donde estarían las palabras exactas y necesaria que buscaba. Pero las venas bajaban hasta perderse en el parqué de madera y este, en el rechinar de la silla sobre sus tablas, mientras las sombras del foco tambaleantes jugaban a perseguir la sombra de las polillas que devoraban el espacio de la habitación en vuelos amplios e insípidos que dibujaban figuras con sus sombras, reflejos de alas estiradas por la luz que devoraban la obscuridad cada vez que su vuelo alumbraba el lado oscuro de la pieza.
Pero no era solamente sobre su pared y en su escritorio donde buscaba la tres unidades que lo guiasen hacía la significación faltante y eficaz, si no en el fondo de la habitación donde se precipitaba la puerta para salir de aquel lugar era donde sentía que debía estar el cofre del entendimiento que tanto buscaba en su mente. Pero no quería estar fuera, si no dentro, terminar el rompecabezas antes que las piezas se extravíen oxigenadas por el exterior y al completarlo resulte que las palabras terminen encajando simplemente bien, y no de manera sublime.
Pensó nuevamente, “terminaciones…“, pero la frase no era la que buscaba, la que podía llegar a ser el final necesario y perfecto, la cantidad de hilo justo para la aguja, la costura y el nudo, sin sobras o residuos que después quedarían fluctuando a la vista de la locura estúpida de los profesores adictos a la estructura. Y como una puñalada de un cuchillo un dolor inminente le atravesó por un segundo el oído y lo obligo a clavar la vista en un hueco de revoque blanco en una esquina de la pared, tres palabras perfectas se afilaron por un segundo en sus desordenados pensamientos y vio como una pizca de cal de revoque cayo hacía el suelo y dio contra las tablas del parqué, que oprimidas por el movimiento del vaivén de la silla rechinaron como el filo de un cuchillo que se clavaba en el oído de Julio mientras se asomaban desde el interior de su oído tres polillas que alzaban vuelo alrededor de su cabeza, y el ensayista olvidaba nuevamente las tres palabras perfectas para el final de su ensayo, que por un momento habían revoloteado dentro de su cabeza.