PROSAS · 1 MIN DE LECTURA
Paisajes de gigantes
Hay momentos en que solo quiero encontrar al gigante. Es grande, es un edificio de piel de cemento, posee tres ojos y dos orejas. Cada oreja es un vejestorio, un asilo de arrugas deformes y estiradas, las arrastra por el piso, raspando los lóbulos desgastados. Su nariz es pequeña e insípida, atravesada solo por un orificio. Los latidos retumban, truenan, suenan enormes y metálicos, es una máquina de piernas anchas y macizas. El solo camina, rueda aturdidamente vagabundeando las tierras de metales pesados, no posee nada, nadie, ni un significado, solo busca un lugar donde caer, pero no es posible, no cabe ni en la llanura más extensa del gomoso suelo marrón. Con sus uñas puede grabar su nombre en la luna, es lo suficientemente alto para tomar una estrella y partirla, comerla, digerirla y hacerla estallar como una lluvia de brillante melancolía; pero como un dios platónico, gigante, deforme, se encuentra solo, vagabundeando y solo hasta el final.