PROSAS · 1 MIN DE LECTURA
Ku ku, kla kla, me duele
Ku ku, kla kla, me duele, arriba del techo el hombre, escondido, en cuclillas calamitosas, ku ku, kla kla, el hambre murmurando en la oreja de los niños que tratan de sacarse los ojos para usarlos jugando a las bolitas, siendo observados, por el hombre en cuclillas, ku ku, kla kla, me duele, las nubes partidas, en la mente de Cami, que lo conoció al hombre en cuclillas el día que fue al almacén y el hombre bajó por el poste de luz para saludarla, los chicos jugaban cerca, con sus ojos, a las bolitas, el ojo embarrado, sucio, iris de mugre negruzca que hace sangrar al miedo – me duele – dijo el hombre y Cami lo miró para ver que es lo que le colgaba de la boca y vio el anzuelo clavado en su labio con una piola negra que iba hacia arriba, levantó la cabeza, y vió que la piola llegaba hasta el cielo, se perdía entre las nube blancas y el azul parpadeante, ku ku, kla kla, - me duele – y de golpe el hombre voló para arriba a toda velocidad como si la cuerda se estuviera enrollando en algún lado del cielo y se lo estuvieran llevando porque el tiempo se le acababa al mismo tiempo que la cuerda desaparecía en ese azul insoportable bajo el sol; y los niños, sin ojos, olfatearon el dolor y levantaron los brazos hacia arriba, teniendo los ojos, en sus manos, para poder ver al hombre que se iba, arrastrado, bajo la mirada de ellos, de Cami, de un mundo, que dice: Ku ku, kla kla, me duele.