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PROSAS · 5 MIN DE LECTURA

Quince o veinte golpes

Luens 7 de abril a las 8 de la mañana Pablo pasa la puerta, una ves más, rutinariamente, de la misma estación de trenes subterraneos que parece nunca evolucionar. Las mismas viejas y descascaradas paredes, los mismos subtes desgastados por la velocidad, las mismas caras en la boleteria que se confundieron una vez más y dejaron sus ganas, sus sonrisas, y su buen humor, perdido bajo las sabanas, la almohada, o tal vez se fue por el desagüe justo en el momento en que se lavaban la cara y junto a ella toda alegría o condescendencia existente. Pero Pablo no era distinto a los vendedores de boletos, estaba cansado, saturado del todo, de lo existencial y la existencia, había intentado encontrar su lugar en el mundo real desde que nació fallando una y otra vez. En algún momento de su vida se escabullo de lleno en lo metafísico pero no encontró las respuestas que buscaba, derivándose a lo espiritual y lo religioso investigo pero luego de dos años termino siendo ateo, así una y otra vez, continuaba buscando el camino en que algún momento había perdido su propio rastro. Esta mañana, Pablo venía malhumorado, histérico, atropellándose así mismo sin darse lugar a pensar lo que pasaba por su propia mente. Pero el no sabia que lo mismo le sucedía al boletero, que hacía una hora estaba mediando con personase que se encontraban igual que Pablo, que el boletero, y que el conductor del tren que se había averiado y por el cual todos se estaban quejando que no podrían tomar y llegarían tarde a sus deberes. Pero la vida de pablo no termina ahí, en sus problemas existenciales, en su no soy o quien debería ser, más allá del ergo, en alguna habitación perdida en su inconsciente, tras un sofá utilizado como una tapadera de sentimientos, bajo alguna alfombra de la mente, sentimientos pasados tapados por mugre para camuflarlos, una y otra vez, aquella habitación acumulaba lagrimas, sollozos, tristeza, furia, rabia, masoquismo, todo lo que mantenía escondido de si mismo, pero sabía que poseía porque en algún momento de su vida lo había sacado a relucir en momentos de soledad. Termino de atravesar la puerta, y se detuvo, a tomar dar un suspiro, venía acelerado y de golpe, a unos metros de el, en la boleteria, donde debía sacar su boleto diario, se había formado una cola de alrededor de cincuenta personas, rostros desconocidos, odiados por el solo hecho de estar presente alrededor de su ser. Todos quejándose, haciendo zumbar sus bocas, como abejorros productivos pero esclavos, luchando por un solo propósito, hacer miel y volver a sus casas, a intentar recuperar sus sonrisas e ingerir esa miel que ellos ayudan a fabricar, y de la que luego los atan, colaborando con un sistema que los sentara a fomentar una caja cuadrada donde no se lee, donde la poesía no tiene lugar, donde la felicidad es la tristeza de los demás, el sueño de un haragán. No paraba de maquinar su mente, en segundo, creando metáforas de odio comparando la masa quejumbrosa con abejorros, mierda y tal vez sangre, y muerte. Pablo era un poco maniático, y ese día se veía impulsado por el todo, por el contexto que no esperaba encontrar y lo había tomado por sorpresa dándole un golpe por atrás en la nuca y haciéndole soltar todos los pensamientos que guardaba para formar el lazo social, las ganas de destruir, las ganas de no encajar en el presente que llevaba guardadas hacía muchos años. Pasando por delante de toda la muchedumbre entre insultos y palabras sin mucho sentido, se abrió paso hacía la ventanilla donde el boletero le clavo la mirada fija y agresivamente. Pablo, callado, lo observo, y simplemente sucedio, cerro su puño derecho y golpeo con toda potencia contra el grueso vidrio del frente de la boleteria, el vidrio era blindando razón por la que solo se astillo, pero apenas fue el primer golpe enseguida lo presidieron muchos más, la gente automáticamente asustada retrocedió al igual que el boletero, sangre, puños cerrados, nudillos, vidrios astillos se incrustaban incomodamente en cada golpe en los nudillos de la mano izquierda y derecha de Pablo, su rostro mostraba furia totalmente legible, pero de sus ojos brotaban lagrimas que no concordaban con sus facciones. Pero el, en cada golpe que daba contra el vidrio astillado y la sangre bien marcada comprendía un poco más, finalmente lo había hecho, su camino, sus huellas, eran esas, los golpes, la furia, la rabia, la destrucción es lo que amaba y lo sentía por fin, placer, la agonía que sufría era la causante del placer, un sentimiento único, hermoso, por unos momentos, mientras estallaba sus dedos contra el vidrio, se había olvidado de todo, de la gente quejumbrosa, de las abejas, de su existencia jodida, de sus sentimientos escondidos entre el polvo, los sollozos, las tristezas, la saturación constante del contexto social, todo esfumado, olvidado y hecho trizas por unos instantes a través del hermoso sentido de la autoflagelación. Quince o veinte golpes después, sus brazos se fueron cansando y deteniéndose, su mente apagada por el momento de incontrolable locura comenzó a volver a razonar o entender que seguían ahí, por más que por un momento todo había permanecido inmóvil ante la recepción de del contexto exterior, ellos estaban, los transeúntes, continuaban parados, observando, desde cerca o desde lejos seguían existiendo, y eso le molestaba al punto de darse cuenta que por más que halla podido por un momento del todo al centrarse en si mismo, en su furia y en su sangre, había vuelto a la realidad, a la suya, a la de los demás, en la que el existir de los demás avería su presencia.