PROSAS · 2 MIN DE LECTURA
Nunca tuve tanta paz
Hoy vino a visitarme una epifania. Bajo por una escalerita caracol muy pequeña que iba desde algún lugar desconocido hacía mi oreja. No la vi descender, pero se que lo hizo, porque una vez cerca mio, me susurro al oido una novedad. Me dijo que si no dormía por esta noche, mi rutina cambiaría y sería todo un poco diferente. Cuando escuche su voz, y gire mi cabeza, ya se había ido, solo alcanze a ver desvanecerse la escalera en el aire. Alguien me dijo alguna vez que las epifanias viajan con el viento, por esto creo que simplente monto una brisa y partio. Yo no me quede solo, me acompañaba la idea que había fundido en mis timpanos, como un sonido fino que nunca para. Así que decidi llevarla a cabo sin dudarlo, buscando algo distinto en este mar de rutinas que influyen y contrainfluyen mi vida diaria. Finalmente funciono, bajo la tormenta de luz que irradia el foco ubicado a noventa grados encima mio, estoy en paz, desvelado y escribiendo, sonriendo y contento, sin miedo a que venga una brisa fría y anuncie el invierno antes de tiempo, o que se cuele alguna hoja seca por la ventana equivocada. Todo el clima me sienta bien, y yo me siento bien con el clima que me rodea, más allá del cielo, del viento, y las olas de asfalto que sucumben bajo mis pies. En desconcordancía con lo verdico, me gusta pensar que no soy más que un viejo sillon que busca comodidad y compañía. Un sillon rasgado por niños que han jugado encima de el, por una infancia que arrazo gran parte de mi vida, pero aun así, joven pero roto, sigue sirviendo. Me paro nuevamente y diviso mis ideas, alguna que otra epifania perdida, un sueño allá a lo lejos, todos en la misma canaleta, la de la buena vida, la de la paz.