PROSAS · 1 MIN DE LECTURA
El reflejo
Tomo un arma y disparo, no murió. Desesperado vio que la sangre corría por su abdomen y el agujero lo había perforado de lado a lado. Se apunto a la cabeza y ejecuto el gatillo. No murió. El dolor era insoportable y la sangre comenzaba a cubrir gran parte de los azulejos de la oficina. Puso la pistola dentro de su boca y volvió a disparar. Un pedazo de masa encefálica salio por el agujero de salida de la bala bañada en sangre. No murió. Ni siquiera sentía dolor, no sentía nada, no sentía el ser, el porque estar ahí, en ese lugar, con esa arma disparando contra si mismo. Se puso de pie atolondrado y vio que la sangre había desaparecido de sus manos y su abdomen. Rápidamente abrió los ojos de par en par y giro hacia el espejo de pie para corroborar los disparos que había ejecutado sobre su rostro. Su reflejo yacía muerto sobre el suelo envuelto en sangre, con tres disparos, uno en el abdomen, y dos en la cabeza.