PROSAS · 2 MIN DE LECTURA
La voz de los acéfalos
El pueblo despierta acéfalo en una mañana de gritos rumiantes ¿Gritos? Bah, no gritos, sino cuerdas vocales en movimiento dentro de un vacío entrañal que emite chasquidos irreconocibles en un hueco que todos poseen del cuello hacia adentro pero nadie logra ver; un gran agujero de carne desgarrado y abierto a la lluvia que cae desde los brotes grises del cielo que tormentoso vomita gotas y humedece el interior de los cuerpos al surcar por el aljibe carnoso que se hunde donde alguna vez tuvieron la cabeza. Y las corporalidades fútiles corren en despistes auténticos desgranando los remiendos de ausencias que cargan sobre sus hombros, y todo es miembro devanado, faltante voluptuosa y errática introduciéndose en los comportamientos parapléjicos y rastreros de los pueblerinos debutantes de la acefalia; y no pueden observar, tampoco oír u oler, sólo queda el tacto fragmentado de lo que fue la unión del entorno penetrante a través de sentidos fornicadores del presente, y sólo quedan manotazos que yerran, caderas que se retuercen bajo una columna que no tiene fin más que el vacío airoso del mundo al que asoman tímidamente por el centro de los omoplatos. Y las manos tantean lo único posible que es el agujero que se yergue orgulloso en un trono hueco que cava hondo hasta los órganos que palpitan o se contraen ante el frío que se perpetua turbio desde afuera hacia dentro; y no existe más sentido que el absurdo de sentir los agujeros carnosos de los demás en el intento de comprender sí uno es el único o la acefalia se ha vuelto epidemia del pueblo, en el que las manos de la desesperación, se hunden en las vísceras de los otros hasta sentir los órganos y quedar envueltas en sangre, rodeadas por el seco golpeteo de las cuerdas vocales que continúan intentando fabricar un sonido mientras los amputados, moviéndose fútiles en una orgia de mutilaciones corporales buscan la forma de hallar la muerte.