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PROSAS · 2 MIN DE LECTURA

Los trozos lunares ambulan

<Era luna, el sueño siempre fue luna> murmuró una niña de cinco años con dientes manchados por el mate un lunes otoñal a las seis de la mañana, subida a un camión que llevaba a ella y su madre a través de la frontera de Argentina y Chile en donde pronunció la frase que fue premonición.

Es seis de enero en Canadá, me despierto sobresaltado al escuchar un estruendo grave en el patio de la casa, me levanto apresurado para ver qué sucede pero tropiezo con los cordones mal amarados de mis zapatillas y me doy de boca contra el piso. Nunca es fácil arrancar con una caída y un fuerte un dolor en la mandíbula. Me recupero y corro hacia el patio, salgo afuera y ahí está el culpable del estallido, en el centro, pálido, insondable, lumínico en su blancura, apenas enterrado en el suelo de tierra húmedo yace un pedazo de luna que se yergue como el embrión más bello que he visto. Me acerco para sentirlo y al palparlo con la mano siento el frío imponente de un astro de los continentes polares del espacio, enseguida saco mi lengua y lo lamo y siento el sabor extraño, a plomo, a tierra, a hueso seco, a piel lunar. Abrazo el trozo de luna, lo embolso con mis brazos, lo siento en su entereza con mi cuerpo, es un deleite fúnebre, caucásico, casi desopilante, y una epifanía se devela en mí y me doy cuenta que estoy con lo que siempre busqué, que este trozo lunar es la otra mitad faltante de mi cuerpo, aquella que Zeus dividió con un rayo en la época del olimpo y que después tantos siglos vuelve a la tierra para completarme.

Esa noche duermo abrazado al trozo de luna, al salir el sol no está más, en su lugar solo quedan restos de un polvo pálido en el que despierto inmerso, con mis dedos zigzagueo entre el polvo y mis manos se ensucian en la ceniza gris y mi pelo también se mancha de luna al pasar mis manos por mis cabellos; me vuelvo un trozo de luna en el amanecer. Una voz distante susurra a mis pensamientos, es una niña que da murmuros a un vacío oscuro que parece ser el fondo de mis oídos <Era luna, el sueño siempre fue luna> murmura la niña en un cantar infante una y otra vez, y confundido, me sacudo la ceniza de mi cuerpo, de mi pelo, de mi ropa, y revivo como un fenix polar que despierta de un sueño antiguo, cubierto de un polvo blancuzco, de polvo de luna, que cubre mi piel y me lleva a escuchar el murmuro de una pequeña que también es hija de la luna, que canta premoniciones los nuevos hijos, y juntos, cubiertos de blancas cenizas, caminamos como trozos hacia la unión de nuestros destinos.