CUENTOS · 12 MIN DE LECTURA
Zopor
El cielo estaba rancio y gris como una fría tostada seca en una mañana de julio, el viento desbocado avanzaba por las ventanas de toda la casa y la ausencia de todo ser era un espléndido vacío que llegaba a completar la frialdad devastadoramente suave que se arrinconaba entre los azulejos de un azul opaco que envolvían el suelo de la casa y la desnutría de los últimos rayos de vida que se arrastraban sedientos hasta iluminar levemente las habitaciones de la casa. La frescura era tan pesada que se caía sobre sí misma, se derrumbaba sobre más frío hasta dejar un incienso de aroma gélido vagueando al ras todas la pálidas paredes, en las que la misma pintura hubiera intentado taparse de aquel clima helado, hundirse debajo de más pintura para esconderse, para calentarse por un segundo infinito para intentar sentir la calidez, percepción que había quedado olvidada en esa casa hace mucho tiempo.
Zopor abrió la puerta de un golpe encendido, como en busca de una trifulca, el chasquido de la madera resonó en un eco afónico y eterno que se fundió en las hendiduras que se abrían entre los azulejos del suelo, fisuras hondas entre unos y otros que se esparcían titubeantes por todo el piso y en las cuales, mirando con precisión, se podía ver la tierra húmeda brotar en el fondo de ellas. La tarde estaba cayendo desflorada y él todavía tenía que llevar adelante los rituales cotidianos que lo ayudaban a soportar el frío durante las noches que avanzaban por los campos para vencer a los que no estaban preparados para vivir en trincheras de cementos, techos, habitaciones y baños, en huecos que por más que intentaban encontrar la calidez seguían en la continua lucha incansable con el vacío, porque no existe forma de luchar contra el frío, por eso batallar contra él es como servir agua en un vaso pinchado y verla desperdiciarse hasta que la botella se queda vacía y nosotros con sed. Del frío solo es posible resguardarse o huir, pero Zopor sabía que no había nacido para huir, jamás podría hacerlo porque su orgullo era mayor a su sensatez intelectual lograda con la ardua lectura de filosofía clásica.
Su primer encuentro con la búsqueda de la verdad entre las letras había sido a los quince años al toparse con un libro en el escritorio de su padre, lo tomó sin permiso y leyó el llamativo título El existencialismo es humanismo, en ese momento no entendió a qué se refería, pero la palabra existencialismo lo atravesó hasta posarse en la profunda pupila de su curiosidad y decidió no volver a salir de él. Unos años después ya había leído algunas de las obras clásicas de Platón, Aristóteles, Descartes y Kant, y así siguió hasta comenzar a entender posiciones lógicas de la realidad que abrían su mente hacia puntos de fugas que como él lo expresaba, lo transfiguraban con lo real.
- Es así – explicaba Zopor - después que leí una idea se me posa en la mente y la pienso, la pienso hasta el hartazgo, hasta la fractura, hasta que el pensamiento se quiebra y lo siento salir al bifurcado entendimiento, a las posibles certezas de la luz; y ahí es cuando rebelde, se escapa y se disuelve sobre mis manos para entrar en contacto con la realidad ramificada en la pura esencia -
Luego había seguido en la constante búsqueda de caminos desorbitados o orbitados hacia la desestructuración de las propuestas que el mismo consideraba que lo autolimitaban aunque fuera de manera idiota, así fue que cuando su juventud circundaba los veinte años comenzó a usar medias de diferente color, a comer arroz y fideos en tasas de café, a dormir en el piso frío sin taparse durante el invierno y a achatarse, o peinarse según él, el pelo con un almohadón; dejó algunas de estas prácticas con los años, pero en una ocasión había llegado a beber agua de su zapatilla y más.
Siempre le preguntaban - ¿Te levantaste dormido y le erraste a las medias Zopor? ¿Por qué estás comiendo en una tasa Zopor? ¿Por qué tus zapatillas tienen manchas de tuco Zopor? – el daba respuestas esquivas o simples repeticiones vagas – Es una forma de matar la rutina -, pero para Zopor estos rituales de su juventud eran mucho más que eso, eran una forma de expresarse hacia sí mismo, de llegar a un nivel de introspección e infracción de la realidad más allá de las palabras o los pensamientos y las relaciones entre estos dos con la realidad, sino que lo elevaba al nivel de sus acciones con la idealización de una búsqueda constante hacia la bifurcación de los caminos a los que lleva una brújula rota, hacia esos trozos de verdad que se nos perdieron cuando aprendimos a beber de la mamadera para pasar al vaso y a hacer caca en la pelela para pasar al inodoro, para transitar el otro lado que para él vivía oculto en la manera en que cortábamos el pan cada mañana en vez de desarmarlo en migajas y mezclarlo con el azúcar para echarlo al café (el cual creía uno de los mejores inventos de su juventud) y lograr atravesar esos pilares de seda que él sabía que era posible doblegar con un simple cuestionamiento ante cada cotidianeidad, pero hasta ahora, no había podido romper.
Zopor intentaba evadir toda realidad predispuesta por lo que con el tiempo comenzó a aislarse, estaba cansado de las preguntas repetitivas de todos sus allegados (no los consideraba sus amigos), y en la profundidad que se encontraba instaurada como el fondo de un bol en su mente, sabía que si intentaba explicarse no solo le habría de llevar mucho tiempo sino que no lo terminarían de entender, o tal vez sí, pero solo desde un punto de vista lógico, y el paradigma aplicado en su vida no dividía lo lógico de la acción, pero tampoco de la pasión, eso era lo mágico que lo envolvía en su soledad que se perpetuaba al mismo tiempo que sus ideas, su práctica y su teoría se fundían en el enfoque en discordancia de sus pensamientos que lo tiraban para el lado donde la cuerda se deshilachaba en miles de direcciones diferentes, de las cuales, él, de un modo u otro, quería seguir todas, y sabía que acompañado jamás llegaría muy lejos.
Así fue que después de finalizar sus estudios decidió aislarse de la sociedad que según él, lo limitaba, lo aplanaba y después le cobraba infracciones mentales a modo de preguntas diarias de las personas que conocía por su extraño comportamiento. Pero al empezar a buscar destinos para aislarse llegó a la conclusión que si simplemente se aislaba estaría dando lugar a un orden predispuesto de sucesos de su vida que lo habían llevado a tomar tal acción, generalmente esto no le molestaba, porque entendía que este bucle es continuo y es una cuestión que conlleva vivir en una línea temporal permanente, pero esta vez sintió una fuerte molestia al sentir que sí tomaba la decisión sin más, esta giraría en torno a un sentimiento de levedad tranquilizador y liberador de toda presión, que luego arremetía contra él como un golpe de cólera al ser consciente de que este mismo sentimiento de tranquilidad podía llegar a adormecer un paradigma de vida que había cargado con orgullo para sí mismo durante tanto tiempo.
Así fue que decidió que para llevar adelante la decisión esta debería cargar con algún peso, con una característica que le dé una significación más allá de la necesidad de escapar de su vida actual para refugiarse en sí mismo. Por lo que entre desayunos de tostadas blancas y humos de café mientras hojeaba enciclopedias geográficas encontró un lugar que se asentaba apaciblemente sobre una chinche de hielo y el frío surgía como una molestia dolorosa como lo es el hilo dental cuando uno hurga entre los dientes para intentar limpiarlos y accidentalmente corta la encía y esta se va en sangre mientras intenta tapar el brote rojo con inservibles buches de agua.
Consultó en guías y llamó a diferentes inmobiliarias para averiguar precios de propiedades en aquel monte al borde del continente, en aquella última solapa del país que se asomaba como una isla que busca estirarse para escapar a flote hacia la zona más alejada y perdida del sur; pero después de varios días de búsqueda solo dio con dos casas en venta, todos los demás eran terrenos que se ofrecían a precios muy bajos por la escases de gente interesada en adquirirlos. Al fin concilió la compra de la casa que encontraba hundida en el centro del monte, luego vendió su antigua residencia, sus muebles, sus electrodomésticos, vendió todo y lo único que llevó consigo fueron sus libros y trabajos que había desarrollado a lo largo de su vida; el viaje se le esfumó entre los ojos como una milésima de silencio en la profundidad de una muchedumbre que grita.
Al llegar a la terminal y bajar había sentido el primer golpe de brisa rozar sus manos pálidas, la frescura se había entrometido mezclándose entre los cabellos de su barba pelirroja para helarle el mentón, el aliento del frío había endulzado de un soplido sus suaves pómulos, y en aquella vereda insulsa, él aún se encontraba parado con dos bolsos negros repletos de libros, una campera de gruesa de tela escocesa que embolsaba su cuerpo, un pantalón abrigado, una bufanda que rodeaba su cuello y dos medias de diferente color que empaquetaban sus pies enfundados en un par de zapatillas viejas. Se mantuvo quieto unos segundos cargando el equipaje, detenido, sintiendo el peso de sus huesos húmedos debajo de su piel y su ropa ancha, hasta que comenzó a caminar; al salir de la terminal percibió que el rocío aún quemaba los pastos y el clima presentaba su grisura con cierto desprecio hacia los habitantes de aquella ciudad, ahora solo le hacía falta comprar los víveres para todo el invierno y viajar cincuenta kilómetros hacia el monte en el cacharro viejo que adquirió en una agencia de autos usados para poder llegar hasta su nuevo hogar.
El invierno se asentó con lentitud sobre el cutis del bosque, los árboles de copas blancas se hundían ante la pesadez de la nieve y por debajo del suelo corría humedad eterna y blanca como una exaltación seca de la frialdad humana; el primer día de aquella estación fue emancipador para Zopor, el frío apenas llegaba a acariciar las ropas con un sedentarismo digno de una primavera diurna, los silencios envueltos por los sonidos de los animales hacían orquestas dignas de oír lejanamente mientras se zambullía en la libertad de sus lecturas y se dejaba tragar por una soledad de amor avasallante hacia sus condiciones de hombre libre.
Pero a medida que los días avanzaban irrumpían en batallas entre ellos por proclamarse únicos e irrepetibles, cada uno demostraba más su condición de invierno atroz y degollador, se convertían en verdugos de las mañanas con sus crueles copos de nieves disfrazados de hermosura tersa y volvían a sofocar con la caída del sol con vientos descarrilados que se estrellaban contra árboles, ventanas, y todo el resto de cosas que yacían a su paso; pero Zopor aguantaba la batalla atrincherado en la profundidad de sus libros de letras y quemando kilos de leñas que cortaba al mediodía para poder hervir el agua para hacer el café que lo ayudaba a soportar esas noches de interrumpibles ventarrones que parecían sonar como un tocadiscos de púas quebradas que arrollaba la notas musicales hasta empujarlas al suicidio.
Pero él no se dejaría vencer con tanta facilidad, había buscado una manera de darle peso a su decisión para quebrar la posibilidad de un simple acto de escape y la había encontrado al darle una significación mayor, convirtiendo el suceso en una complicación que para él, cada día, se volvía más compleja pero aunque realizable; y siempre había sido cuestión de puros principios impulsados a través de su desestructuración, pero ahora daba cuenta que las decisiones anteriores, las pequeñas, habían sido empujadas por su puro sentido de la lírica. Ahora, por más que llevase sus medias de diferentes colores y cada tanto realizara alguno de los ritos extravagantes que habían comenzado en su juventud, estos conceptos que buscaba dar jaque a la costumbre parecían desintegrarse en la lejanía perdiendo toda su importancia, como si todo este tiempo hubieran estado bajo una lupa que les otorgaba demasiada importancia, y ahora el lente se acercaba hasta empequeñecerlos y dejarlos sucumbir frente a la carga que imponía su última decisión, la de la supervivencia.
Y el peso del último principio fue lo que lo llevó a lograr abrir la puerta de un golpe encendido ese lunes a la tarde, luego de haber salido de excursión con la salida del sol y quedar atrapado en una tormenta de nieve que lo había desviado de su camino habitual, llevándolo a perderse entre las fauces del bosque que se abrían como un laberinto de mermelada de nieve blanca que se derrumbaba sobre sí mismo. Y durante esas horas su cuerpo había fornicado con el frío sin encontrar ningún lugar donde refugiarse, la nieve había embolsado una y otra vez su cuerpo con sus capas blancas por lo que su caminar se había hecho cada vez más pesado hasta el cansancio extremo, y aún desesperado mientras gastaba las últimas gotas de energía para prender el fuego intentaba entender cómo había logrado volver.
Sus pies estaban helados, cada paso dejaba caer una leve huella de humedad seca en el suelo opaco, se movía con la velocidad de la personas que solo poseen la mitad de su vida y se mantienen luchando con un pie en el umbral de cada puerta. En unos segundos amontonó los leños e hizo un fuego pequeño pero que podía calentarlo, se sacó las botas, las medias, y acercó los pies a la fogata para calentarlos mientras fregaba sus manos ferozmente, de pronto detuvo su mirada ante sus medias, las observó, quietas, húmedas, inservibles y de diferente color, pero aún así, muertas; tomó las dos y las lanzó al fuego, viéndolas arder, viéndose arder, sintiendo que se quemaba mucho más que solo sus medias sino toda una serie de conceptos de su vida que lo habían arrastrado finalmente hasta este punto crucial, en el que tras una vida de búsqueda había logrado entender la verdad más importante que sus ojos de búho habían buscado tanto tiempo cegados por su propia oscuridad; y que ahora finalmente había encontrado al sacrificar todos sus conceptos por uno mayor, por el último de los principios que le llevo toda su vida entender, el del impulso puro de vivir.