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PROSAS · 1 MIN DE LECTURA

Sueños de pinceles durmientes

El surrealismo crece hacía los faroles de la calle y habita. La luz explota, moja cada vereda, cada transeúnte, cada perro, cada árbol, cada auto, roza el movimiento y se expande.

Las personas danzan, sus dedos se transforman en crayones, bailando dibujan las mil calles y sus ojos estallan en alegría, los pantalones caen mientras de sus piernas crecen pájaros y vuelan lejos, repartiendo la locura azul por el universo gris de los perros callejeros, esos mismos que ahora bailan entorpecidos por la epidemia sin fin, atónita de fulgores, disparo del sentimiento infinito. Y sus colas peludas crecen hacía el cielo y revuelven las nubes, los dientes afilados muerden las pelotas destrozando el terciopelo de la libertad, sus pelos celestinos brillan en el reflejo de la noche y sus ojos salen de sus cabezas para danzar en la observación de la percepción sin cuerdas ni collares.

Los árboles crecen y de sus raíces nacen huesos plastificados en madera, compuestos por la anatomía critica de la ingeniería natural, rayando el intestino de la vegetación las hojas se vuelven rojas, liquidas, y gotean sangre luminosa, se vuelven vida, las ramas se mueven y los autos tiemblan, el surrealismo ha nacido de un furor palpable y el movimiento es el brillo deforme del silencio que jamás se volverá a oír.