PROSAS · 1 MIN DE LECTURA
Colgando luna menguante
Estoy colgando de la punta de una luna menguante, dentro de una caja metálica, llevo veintesiete años y no conozco las flores. En esta caja el hambre tiene sabor a hambre. El reflejo del brillo de la luna me quema los ojos y estoy a punto de caer. El hombre de cuernos negros está por morir. Suave brillo, satanismo inadecuado de los jinetes que sí tienen cabeza y comen carne con vegetales en los restaurantes de la ciudad cuando están aburridos; algunos días me olvido quién soy, pero siempre recuerdo, aunque no sepa quién soy, que no conozco las flores. Porque ella me lo preguntó, cuando subió a la luna y se paró cerca de mi caja, festín de piel suave con cachetes rojizos que hablaba de las películas de los setenta y el sabor del café después de las doce de la noche -¿Te gustan las flores?- y miré hacía abajo y hacía arriba dentro de mi caja y no le respondí y ella se rió y me dijo -No conoces las flores- y mi garganta se comió a si misma porque tragarse las palabras no era suficiente y en mi pecho se me hundieron los huesos y supe que ella estaba libre porque conocía las flores y que si algún día conocía las flores sería libre y que la libertad es una flor, muerta, o viva, o retornando sobre su renacimiento o arrastrada por un tornado que la hace volar a través de la tierra desierta de luna, no importa, porque el grado de libertad de las flores no lo decidimos nosotros, ni siquiera ella, que era libre, y me habló de las flores.